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Viernes, 24 de Enero de 2020

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‘La madre de una mochilera’

Me siento feliz, muy feliz. Por varios motivos, pero muy especialmente porque dentro de cinco días regresa mi hija a casa

Me siento feliz, muy feliz. Por varios motivos, pero muy especialmente porque dentro de cinco días regresa mi hija a casa. A principios del mes de septiembre del año pasado vi, con cierta inquietud aunque también con casi tanta ilusión como ella, cómo se subía al tren Altaria con destino a Madrid. Dos días después tenía que coger un avión que la conduciría a su primer objetivo: Santiago de Chile. A su espalda llevaba su mochila, la que se iba a convertir en su equipaje durante los próximos diez meses.

En casa siempre hemos sido bastante viajeros. Nos ha gustado ir de allá para acá y esa huella fue imprimiendo carácter en ella, quien desde muy niña comenzó a aprender a poner kilómetros entre ella y nosotros. Campamentos de idiomas, universidad y sobre todo un año de Erasmus, ese gran proyecto europeo que enseña a los jóvenes a abrir mentes mostrándoles a convivir con otras culturas, idiomas y formas de afrontar el día a día.

Después de haber residido en los últimos años en diversos países europeos y ciudades de España, le tocaba al continente americano. Sí., las ganas de viajar y conocer otros rincones del mundo se aliaron con la atracción que esos países latinoamericanos provocaban en ella. El verano pasado decidió unirse a los cientos de jóvenes que a lo largo y ancho de este mundo hacen del verbo viajar ley de vida.

He de reconocer que cuando nos comentó sus intenciones, sentí cierto revuelo en el estómago. ¡Viajar con mochila, de país en país! ¡Sin destinos concretos! ¡Por esas carreteras... que a saber cómo están...! A pesar de todo, me pareció una idea estupenda que en casa apoyamos cien por cien. Iba a afrontar una maravillosa y enriquecedora experiencia que le iba a permitir visitar a amigos que ha ido haciendo en sus distintas estancias, compartir trayectos con otros amigos, pero también conocer a gentes de muchas nacionalidades, a estupendas personas de los países que ha ido visitando, porque el mundo está lleno de gente maravillosa.

Por supuesto, a medida en que iba haciendo kilómetros yo he ido viajando virtualmente con ella. He conocido ciudades maravillosas, pueblos encantadores, rincones de ensueño, personas singulares. El mapa se iba haciendo cada vez más extenso y mis conocimientos sobre esos países me iban enriqueciendo también a mí. Aunque siempre me han encantado los libros de viajes, si duda durante estos meses he sido asidua de estas lecturas, también de programas, blogs y reportajes de esa temática.

Asimismo he mirado con otros ojos a cuanto mochilero se me ha cruzado por el camino. Jóvenes estupendos que buscan nuevos retos y que, sobre todo, no se sienten extraños en ningún lugar porque aprenden a conocer y a valorar a personas diferentes, con formas de vida distintas, a mirar al otro por igual, y a relacionarse con quienes sufren la desigualdad por el hecho de haber nacido en un país determinado. ¡Qué pena ver ahora cómo una amplia parte de Europa mira para otro lado y se parapeta frente al migrante, al que teme sin razón! ¡No se da cuenta de que todos podemos serlo! Muchos ya lo han sido.

Tras los cuatro meses de mochilera, mi hija ha vivido expatriada en Costa Rica -y en eso sí que tiene experiencia. A mí me gusta saber que allá donde vaya va a encontrar gente que le abra sus puertas, que le eche una mano. Por eso, aunque ya sé que no es lo mismo, creo que Europa debe comprometerse y consensuar una política de apoyo y atención a los miles de migrantes que día tras día arriesgan sus vidas en la mar, ya sea viajando desde Libia o desde Marruecos. Todos son iguales y todos buscan un futuro.

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