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Un 17 de Enero cualquiera

Un 17 de Enero cualquiera

 Si el calendario de mi teléfono no me engaña, hasta el año 2030 no volverá a caer en jueves el 17 de enero. Supongo que a ustedes no les llamará la atención. Pero a mi sí, porque un 17 de enero vine al mundo. Como no sé si en 2030 seguiré teniendo espacio en estas columnas, me van a permitir que hoy vuelva mi mirada atrás y, excepcionalmente, les cuente algunas cosas personales. Y otras que probablemente no lo son tanto.

 Nací en un Cádiz aún floreciente por la industria naval, aeronáutica y automovilística pero eso duró poco. La primera reconversión llegó antes de que yo llegara a la escuela. Porque soy resultado del baby boom de finales de los 70 y principios de los 80, de los que tuvieron una ratio en la escuela pública de 40 estudiantes por aula.

 Me crié en una familia de clase obrera que me inculcó la cultura del esfuerzo, pero la de verdad, no la de los master de Casado sino la de quienes se levantaban a las ocho y no volvían hasta después de cenar. Con su sudor, mis padres consiguieron que mi hermana y yo lográramos un doctorado universitario, que no tengamos callos en las manos y que miremos a la misma altura a los hijos de los que los miraban a ellos por encima del hombro. Por eso creo en la universidad pública y a la universidad dedico mi vida profesional.

 Soy un afortunado porque hago lo que me gusta y tengo cierta estabilidad en mi trabajo. Ello a pesar de pertenecer a la primera generación de la diáspora gaditana. En contraposición, no sé lo que es un contrato fijo ni la propiedad de una vivienda. Me he acostumbrado a vivir desprendiéndome de esas certezas. Como me he tenido que desprender del machismo con el que me impregné en mi vida y de la idea de que la familia solo tiene una forma de ser y vivirse.

 También he abandonado las banderas y he descubierto que las buenas personas no entienden de nacionalidades. Tampoco las malas, pero a mi me ha gustado, desde siempre, ayudar a los más débiles.

 Sin duda, lo mejor que he hecho en este tiempo son mis dos hijos aunque siempre que los miro pienso que no estoy ni estaré a la altura de mis padres. Tampoco creo que el mundo que les estamos dejando sea mejor que el que recibimos nosotros. Y, ¿qué quieren que les diga?, cuando miro adelante y pienso en lo que está por venir temo mucho más por mi hija que por mi hijo. Porque por más que ella tenga las mismas o mayores potencialidades, por más que sus predecesoras hayan tirado muchos muros y sigan en la calle para que caigan los que quedan, aún tendrá que sufrir mucho más que él. Será observada, censurada por vivir en la libertad que espero que viva. Será discriminada por ser niña, por ser mujer. Y, ojalá, pueda alejarse a tiempo de aquellos hombres que le quieran hacer el mal. Ojalá todos alejemos de a aquellos hombres que no entienden esto.


 

 

 

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