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Cádiz Noir

CÁDIZ NOÍR

 En caso de guiarnos por el número de novelas publicadas en los últimos tiempos cuya acción se sitúa en Cádiz, debería dar miedo vivir en esta ciudad. Porque todas –o casi todas- pertenecen a ese género convertido ya en pandemia que es la novela negra. Invariablemente sus truculentos argumentos nos muestran una urbe poblada de asesinos en serie y de matones a sueldo, un marco incomparable en el que situar muertes violentas y por el que pasear a gánsteres de variadas especies a los que persiguen tipos siempre exóticamente acabados que hacen de detectives y que encuentran la redención con la resolución del enigma. Todas son iguales. Y aunque se reivindiquen por la crítica social no pasan de costumbrismo estrambótico. Lástima que, a diferencia de lo que sucede con los rodajes de cine, no se pueda cobrar un canon por ambientación de novelas en Cádiz. Con lo bien que le vendría al Ayuntamiento. La verdad es que uno se pasea tan divinamente por nuestras calles sin otro riesgo, quizás, que el de cruzarse con una procesión, pongamos por ejemplo.

Lo que sí da miedo es que podamos acabar convertidos en los habitantes de la ciudad deshabitada. Que no quede nadie. Que llegue a ser todo como en la escena inicial de «Abre los ojos», aquella película de Amenábar. Salvo en este caso con un casco urbano lleno de turistas ocupantes de los nobles y vetustos edificios a los que una escasa población envejecida contemplará pasar desde los escasos bancos que hayan para entonces sobrevivido al vandalismo. Digo esto porque doy por hecho que habrán leído o escuchado estos días las informaciones sobre la alarmante pérdida de población que sufre la ciudad desde hace veinte años. Esto sí que da para un buen argumento de esos distópicos, en plan Black Mirror. Algún día atravesaremos las plazas y calles vacías y recordaremos los tiempos en que los políticos se tiraban los trastos a la cabeza, enfangados en la meritoria tarea de culparse unos a otros. Coincidirán conmigo en que identificado el problema no parece esa la mejor manera de solucionarlo.

Porque lo cierto es que las últimas décadas han sido la historia de la ciudad que veía pasar los trenes. El de la Universidad, el de la construcción naval, el de la industria, el del puerto, el de la zona franca, el de la alta velocidad. Todos esos que nuestros gobernantes han dejado pasar. En fin, que como dicen que dijo el rockero Silvio: «aquí todo el mundo va a lo suyo, menos yo, que voy a lo mío». Y no tendría que ser ese nuestro sino

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