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Serendipia

SERENDIPIA.

Hace unos dos mil quinientos años, chispa más o menos, a un grupo de tipos majaretas les dio por ponerse a aplicar el pensamiento para reflexionar de manera racional acerca de cosas como la existencia, el ser, la naturaleza, la ética o la política.

Lo que viene siendo un empeño por tratar de comprender el mundo. El que se produjera ese fenómeno no fue una cuestión de mera casualidad, ayudó mucho el contexto sociocultural, político y económico de la época. Pero lo cierto es que aquellos fulanos fueron capaces de liberarse de las supersticiones y de las ataduras del pensamiento mítico o religioso y mostraron al ser humano el camino de la libertad.

Que no es otro que el de ser capaces de pensar por nosotros mismos. Sin rémoras. Que en eso consiste la vida buena. No confundir con la buena vida, aunque también esta está muy bien.Hoy, paradójicamente, las cosas son mucho más complicadas. Muchísimo más difíciles, diría yo.

Para empezar porque los planes de estudio –los de unos y los de otros-, con el descuido de las humanidades, olvidaron aquel objetivo de tratar de formar ciudadanos críticos. Inclinados mejor a moldear mansa mano de obra para el desempleo o el trabajo precario. Dóciles marionetas de fácil manejo. Después porque, mientras peligra el periodismo riguroso en el tiempo de las redes sociales, se extienden las estrategias de intoxicación, la manipulación informativa, la pura desinformación disfrazada de noticia. Todo ello entraña un riesgo serio para la democracia. Y favorece la estupidez global o sistémica que padecemos. Habla Trapiello en uno de sus libros de un tipo que poseía una extraordinaria habilidad para equivocarse. «Se equivocaba siempre a la primera», dice. Al paso que vamos, todos adquiriremos pronto esa destreza. De la que ya disfrutan muchos, por cierto.De modo que conseguir hoy día pensar por uno mismo es cuestión de serendipia. Ya saben, algo valioso que se produce de manera accidental o casual. Aludo a todo esto porque suele decirse que son tres las cosas que llevan a las gentes al voto: las razones, las emociones y los intereses. Pues entre las emociones no es la menos importante la ira. El cabreo. Observo mucho y de distinto signo. También agria tristeza. Inducido, casi siempre, lo uno y lo otro. Por puro provecho político. Y se me ocurre que dentro de muy poco, y en las varias citas electorales que se avecinan, vamos a tener ocasión de comprobar cuál de esas motivaciones se impone. Seamos capaces de no equivocarnos.

 

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