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Telecinquización de España

LA TELECINQUIZACIÓN DE ESPAÑA.

No sé cómo en esa especie de concurso absurdo en el que la Fundación del Español Urgente elige las palabras del año, ese en el que la última elegida ha sido «microplásticos», no se ha considerado el palabro «telecinquizarse». En realidad ni siquiera sé si lo habrá acuñado ya alguien. Si es que no, pues aquí lo hago yo ahora. Porque si tuviera que ponerme estupendo y ensayar un diagnóstico epocal, este no aludiría al fenómeno de la ultraderecha emergente, ni a los riesgos de una posible nueva crisis financiera de cuya gestación hablan ya algunos, ni al inminente juicio oral contra los acusados del llamado «procés». Nada de eso.

Mi diagnóstico sería el de afirmar que asistimos a lo que se podría denominar la telecinquización de España. Telecinquización. Del verbo «nos vamos a volver todos carajotes». Telecinquizarse. Un verbo reflexivo que, resulta curioso, lo que precisamente exige es desechar cualquier tipo de reflexión. Que nos convirtamos en masa acrítica. Eso sí, salvo para cuestiones sin importancia como la pública vida privada de mindundis variados, las discusiones elevadas de tono en debates en los que personajes banales próximos al encefalograma plano alzan airados la voz –con zeta- y se interrumpen atropelladamente para defender cualquier chorrada como si no hubiera un mañana o esos concursos de cantantes fotocopias. Ahí sí se nos insta a opinar y hasta a votar. Previo pago, naturalmente. Pero es que todo empieza a parecerse a eso. Ya no es únicamente la tele, es que es la vida.

Sabíamos que la vida no era una tómbola de luz y de color, por mucho que lo repitiera Marisol, a la que mi amigo Luis García Gil le ha dedicado hace poco un libro tan esclarecedor como esclarecido. La vida era un Gran Hermano, un «reality» desbocado en el que, como en el Instituto Benjamenta de Robert Walser, «la enseñanza que nos imparten consiste básicamente en inculcarnos paciencia y obediencia».

El objetivo es que ni más tarde empiece uno a comprender que la vida iba en serio. Y de este modo aunque gestionar la insatisfacción tendría que ser la primera disciplina, acaba resultando en realidad la eterna asignatura pendiente. Porque de lo que se trata es de hacer rentable nuestro descontento. Tal es el fin de esta «lucha de clases invertida», como la llama Thomas Frank, en que -imponiendo su discurso- aquellos que lo generan obtienen finalmente los beneficios a costa de los propios intereses de la gente que los aúpa.

En los próximos meses tendremos más indicios de esto que ahora apunto. Continuará, por tanto.

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