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Martes, 17 de Septiembre de 2019

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El comentario de Ángel Núñez

Realidad ficción y viceversa

REALIDAD Y FICCIÓN Y VICEVERSA.

Se lo leí a Lipovetsky allá por el lejano año de 1986 en una obra que me cargué en los traslados en autobús de camino a Jerez a la Facultad de Derecho y que llevaba por título «La era del vacío».

Advertía ya allí el filósofo francés que vivíamos rodeados de una suerte de «tenue surrealismo», que a él le parecía «desprovisto de cualquier misterio, de cualquier profundidad», pero que indefectiblemente nos conducía –ese era su diagnóstico- «a la embriaguez desencantada de la vacuidad y de la inocuidad».

Ya ha llovido desde entonces, pero esa niebla ligera de los años ochenta no ha hecho sino adensarse con el nuevo siglo. Lo que era un sinsentido de poca sustancia, casi delicado, ha mudado en grueso despropósito, en densa sinrazón, en engrosado sindiós.

Hoy llamaríamos realismo al teatro del absurdo y sus rinocerontes, sus cantantes calvas y los que esperan a Godot yacerían en el cementerio de automóviles de este tonto tiempo nuestro. Respiramos disparate y del mismo modo en que los peces ignoran qué es el agua ni siquiera reparamos en ello. De manera que resulta mucho más fácil engañarnos. «Fueraparte» de que parezca que nos guste que nos engañen.Y no me refiero a toda esa gente, desde los terraplanistas hasta los que sostienen que jamás estuvimos en la luna, que se tiran de coco a la piscina de las doctrinas estrambóticas.

Es todo mucho más banal. Los ejemplos nos asaltan a diario. Nos contaba los otros días El País que buena parte de los desencuentros en la negociación –llamémosla así- para la frustrada investidura se produjeron porque los socialistas se manejan con WhatsApp y los podemitas con Telegram. Y, claro, habitando universos paralelos no hay forma de establecer comunicación, digan lo que digan Asimov o Richard Hawkins. ¿Es más absurdo eso que la aparición en el mercado de unas patatas fritas con sabor a berberecho? No lo tengo yo tan claro.

He visto esta semana un documental en Netflix de un tipo que pasó de policía a presentador de un programa sensacionalista de televisión sobre asesinatos y demás hechos luctuosos. Los tíos eran siempre los primeros en llegar a la escena del crimen y ofrecían exclusivos pormenores de la noticia. Escalaron a las más altas cotas de audiencia y hasta el presentador dio el salto a la política. Hasta que se supo que el individuo había montado una banda criminal para cometer asesinatos con los que asegurarse exclusivas y más audiencia.Dicen unos: con tanta loca realidad quién necesita de ficción. Pero yo es que creo que ya todo es ficción.


 


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