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Humo, más humo y nada más que humo

El Sporting firma un nuevo ridículo en el Wanda Metropolitano, demuestra que más que evolucionar involuciona y deja sin argumentos a los optimistas

Álvaro Jiménez se retira, abatido, del Wanda Metropolitano. /

Las mentiras tienen las patas muy cortas. El problema es cuando se trata de sobrevivir a base de humo, medias verdades y falsas esperanzas. Es lo que le viene pasando al Sporting desde hace tiempo. Intenta ver brotes verdes en lo que muchas veces no deja de ser más que musgo. Y no. No se puede vivir permanentemente en el engaño, ni siquiera para motivarse. Hay que asumir la realidad. El Sporting no es un equipo de fútbol; es un proyecto forzado y antinatural, construido tarde y parece que mal, que en la jornada 8 sigue haciendo el ridículo cada vez que juega fuera de casa y que ya no es que no ataque, es que ahora también defiende fatal. Lo verde no son los brotes; es el propio Sporting. La frase de Rubén Baraja tras la derrota por 2-1 contra el Rayo Majadahonda es peligrosamente interpretable. Quizás el equipo aún pueda caer más bajo de lo que lo hizo este lunes. ¿Hasta dónde? Quién lo sabe.

El Sporting visitó por primera vez el Wanda Metropolitano, un estadio impresionante, con el deseo de que la próxima vez que lo haga sea contra el Atlético de Madrid y no, con todos los respetos, el Rayo Majadahonda. Pero tiene muy mala pinta que ese deseo se pueda cumplir. Porque el equipo sigue sin jugar a nada. En un escenario colosal, el Sporting se hizo pequeño. Más de lo mismo, en realidad. No sería, desde luego, por la presión ambiental, porque el equipo casi jugaba en casa. Pero no puso fútbol ni (salvo al final y a la desesperada) la intensidad necesaria. Y así, es imposible.

No se debe elevar la anécdota a categoría, pero algunas situaciones son reveladoras. A este equipo, además de fútbol, le falta espíritu. Cabía esperar, construyendo una plantilla casi de la nada, sin arraigo alguno y con jugadores que ni se sonaban hace tres meses ni ahora parece que se conozcan demasiado. Es preocupante pararse a pensar quién va a tirar de ese vestuario si la situación se pone aún más cruda. ¿Podrán hacerlo los Carmona, Canella o Diego Mariño? La realidad es que en el campo son prácticamente los únicos que en el campo muestran arranques de furia, de intensidad y de rabia. Carmona marcó el gol que maquilló el marcador gracias a eso, a acompañar la jugada, a no cejar en el empeño y, al menos, intentarlo.

Pero la anécdota a la que nos referimos llegó ya cuando el partido agonizaba. Con todo perdido, Diego Mariño quiso sumarse al ataque para rematar un córner. Desde el banquillo se le frustró, de forma muy evidente, su arrebato de orgullo y ambición. El gesto puede ser discutible. Incluso, esmerándose, Rubén Baraja podría convencer al personal de que no era conveniente que el portero se fuera al área contraria. Pero lo que hizo fue negar la evidencia, asegurando que no había visto la intentona de Mariño, quien minutos después reconoció que la consigna había venido desde el banquillo. No mencionó específicamente a Baraja, pero la intentona fue tan llamativa que cuesta mucho creer que no lo viera. Lo que no se puede es negar la evidencia. Y la anécdota no va mucho más allá, porque posiblemente no hubiera cambiado el partido la presencia de Mariño en el área rival, pero puede interpretarse en el fondo y en la forma como lo que pasa en este equipo y en este club desde hace tiempo. 

Y si el entorno no debe elevar estas anécdotas a categoría, tampoco deben hacerlo los protagonistas. No deben justificarse en que el marcador iba 0-0 al descanso para afirmar que estaban metidos en el partido. Porque el Sporting ya había hecho el ridículo en la primera parte, sin haber tirado a puerta, engordando una estadística demoledora. No puede ampararse en la tímida reacción final para tapar el nefasto juego hasta ese momento. Ni debe seguir recurriendo al proceso de adaptación para explicar el horrible partido de Robin Lod, Cofie, Peybernes o Sousa, que no dieron pie con bola. Y no son chicos que estén formándose y con los que haya que tener paciencia; son futbolistas fichados para ofecer rendimiento inmediato y marcar la diferencia. Eso por no hablar de Djurdjevic, que ya no es que no marque goles, es que ni siquiera toca la pelota. Solo es noticia por sus gestos: cuando no se encara con un juez de línea por un inocuo saque de banda se dedica a lanzar reproches a sus compañeros. Con poco, hizo más Blackman en un cuarto de hora que el serbio en todo el partido.

Y así, con este panorama y otra imagen esperpéntica, el Sporting volvió a perder fuera de casa, esta vez ante un equipo recién ascendido y con muchas limitaciones pero que fue mejor. Y así lleva seis meses el Sporting, sin ganar y sin saber cómo jugar lejos de El Molinón. Rubén Baraja no encuentra soluciones y cada vez gana más críticos. Ayer el partido requería algo, un gran remedio a un gran mal, y Baraja solo acertó a cambiar a partir del minuto 60 y a un delantero por otro delantero. Los jugadores no pueden salir inmunes porque la imagen es intolerable. Quien les ha fichado debería dar bastantes explicaciones porque no parece que el fin justifique los medios. Y quienes han permitido que este equipo se convirtiera en esto, cada vez tuviera menos arraigo, pero a la vez menos fútbol, también. Pero nadie explicará nada y, como mucho, Baraja caerá si no es capaz de frenar pronto la sangría (salvo que Miguel Torrecilla, director deportivo fichado con toda pompa, entienda que si su segundo proyecto también debe rectificarlo, igual también él tendría que caer). Y se escucharán nuevas milongas para tapar la deriva.

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Cadena SER

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