Sábado, 15 de Agosto de 2020

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Mario Ocaña

'Corazones grandes'

Cuando yo era niño, Algeciras vivía más cerca de la mar. Los vientos marinos se colaban por las rendijas de las ventanas y el ruido de los temporales llegaba hasta los patios interiores de las casas

Cuando yo era niño, Algeciras vivía más cerca de la mar. Los vientos marinos se colaban por las rendijas de las ventanas y el ruido de los temporales llegaba hasta los patios interiores de las casas antiguas agitando las hojas de los helechos y las aspidistras. La mar siempre formaba parte de las conversaciones familiares, bien por que mi abuelo tenía que cruzar todos los días la bahía en el Aline para ir a trabajar a Gibraltar o por que, cuando llegaba marzo, la sudestá provocaba accidentes y naufragios en la costa de los que siempre, los niños, evocábamos imágenes fantásticas que por las noches, a veces, se convertían en pesadillas llenas de monstruos marinos.

Hubo un tiempo en el que algunos llamaban a las aguas del Mediterráneo la mar maldita y durante siglos los hombres se jugaron la vida, perdiéndola, en muchos casos, ante la fuerza, la soledad y el silencio de la mala mar.

La solidaridad y la ayuda mutua ha sido siempre un principio básico entre los marinos y prestar auxilio a quién lo necesita un principio general de solidaridad humana y marítima – hoy por ti, mañana por mí - mucho antes de existiese la declaración universal de los derechos del hombre.

Por eso, hoy que estamos a principios de diciembre, el mes de la solidaridad por excelencia, quisiera recordar en esta columna el gesto del patrón José Durá, que lo es del pesquero Nuestra Madre de Loreto con base en Santa Pola. Uno de esos muchos barcos españoles que faenan en aguas inquietantes, en la frontera perdida de los horizontes planos, donde los que huyen, los que buscan asilo, los que aspiran a vivir como personas, los que se juegan la vida, los que sufren acoso, los que padecen en sus carnes las miserias de la guerra, los que esperan que sus hijos sean acogidos por el Primer Mundo han tenido la buena suerte de encontrarse, en medio de la nada, en medio de la noche, en medio del frio con el gran corazón del Patrón José Durá y la gente de su tripulación. Para esas doce personas, como usted y como yo, la amura del pesquero ha sido la tabla de salvación ante un incierto futuro inmediato, donde las opciones se dividían entre irse a morir al fondo del mar o ser apresados por la patrullera libia que los acosaba.

Creo que situaciones como estas dignifican al género humano por encima de normas o fronteras y hacen que uno se sienta orgulloso de ser compatriota de gente como José Durá y su tripulación. Feliz Navidad.

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