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Pasarse de la raya

En realidad, no era al clan gitano a quien quería molestar cuando escribí aquel artículo. A los que de verdad quería irritar era a los de la Policía Nacional: cada año celebran una reunión con vecinos y comerciantes a la que los medios de comunicación tienen prohibida la entrada. En aquel acto informan de los progresos realizados durante el año donde aportan datos que nunca nos facilitan y eso me saca de quicio. Afortunadamente, había conseguido averiguar algunas cosas. Por ejemplo, que habían declarado desmantelado un punto de droga situado en unas viviendas ruinosas de la periferia, en San José, ocupadas por aquel clan desde hacía diez años y donde habían irrumpido una semana antes los agentes del 091 para poner patas arriba aquello.

Yo había estado allí. Cuando llegué a la rotonda de Meicende, me topé con unos policías regulando el tráfico. No permitían el paso a ningún vehículo hacia A Coruña, excepto los camiones que se dirigían a la refinería, así que aparqué en Meicende y continué a pie. Los policías locales estaban demasiado ocupados dirigiendo el tráfico, así que no se fijaron en mí mientras bajaba la cuesta. A medida que me acercaba a aquellas casas semiderruidas, podía distinguir a los agentes moviéndose de aquí para allá. Cuando estuve cerca, saqué el móvil y empecé a tomar fotos. Inmediatamente me abordó un policía con un pasamontañas, que me acusó de saltarme la barrera.

Es una sensación extraña hablar con alguien cuando solo puedes verle los ojos. Además, el tipo me conocía, lo que aumentaba la desventaja: "El 20 de junio ya le advertí que no podía atravesar el cordón policial y ahora vuelve a hacerlo". Aquello había sido durante la gran operación de Orillamar, cuando había recibido un chivatazo que me permitió acudir al lugar de la redada incluso antes de que se produjera, así que saqué pecho y usé mi tono más pedante: "Me permito recordarle que ese día yo estaba allí antes que ustedes, así que no pude saltar el cordón. Si lo hice, fue para salir. Y aquí tampoco lo hice: simplemente caminé hasta llegar aquí". Los demás agentes miraron al del pasamontañas. Seguramente les hubiera gustado ver qué cara ponía. A mí, desde luego. "Gracias por su aclaración –respondió- pero ahora le pido que se marche". Yo levanté las manos y me marché, no sin sacar un par de fotos más.

Dos semanas después, volvía a estar allí, delante de aquellas casas al borde la carretera. La gente seguía entrando y saliendo, y el negocio parecía tener buena salud, no como sus clientes. Era un artículo fácil: solo necesitaba una foto y podría titular que el punto negro volvía a estar activo dos semanas después de la intervención policial. Llamé al fotógrafo y me tachó de imbécil. Me preguntó, con el sarcasmo rezumando del auricular, si había hablado con los traficantes y si había pedido permiso. Suspiré y le respondí que no. Él me recordó que vigilaban el lugar y controlaban los coches. Yo le sugerí que empleara un teleobjetivo. Él me sugirió que sacara yo la foto.

No parecía haber más remedio, así que colgué el teléfono y me dirigí caminando hacia las casas. Quizá fuera porque tres de ellos seguían en prisión, y no había distribuido el turno de guardias, pero no me encontré a nadie. Me detuve delante de una de las casuchas y saqué unas cuantas fotos. De repente, de la parte de arriba asomó un tipo mayor, con una barba gris, que comenzó a increparme. "¡Eh, eh! ¡Borra las fotos!". Le ignoré. Pero a dos metros de mí, apareció otro tipo. No era muy grande, ni parecía tener tendencia al sobrepeso de la raza calé, pero por la puerta de enfrente apareció una mujer joven en chándal, con el pelo recogido en el inevitable moño, y decidí irme de allí, justo en el momento en el que aparecía otra mujer. Comencé a caminar deprisa de vuelta al coche. "¡Ven aquí, cara cona!", gritó un hombre. Nunca me había dado cuenta del efecto tranquilizador de un tipo con pasamontañas hasta ese momento. Seguí caminando a grandes

zancadas. La chica trató de cerrarme el paso, pero me moví rápido. "¡Borra las fotos!", me exigió otra vez. Yo me negué. "Te voy a denunciar", me amenazó. Le animé a hacerlo antes de cruzar la carretera, echar una corta carrera y subir al coche.

El fotógrafo llamó poco después para decirme que había hecho las fotos de lejos. "Tú lo que quieres es que te den el Pullitzer", me recriminó. Según él, cuando la Policía viera el titular, se vería obligada a realizar una nueva redada y los miembros del clan me matarían o me darían una paliza en represalia. "Eres un inconsciente", insistió. Yo repuse que no era para tanto y él me desafió a publicar el artículo con mi nombre, y no solo con mis iniciales. Y me recordó que no firmara su foto. Aquello era un "no hay huevos" en toda regla, y si algo aprendí en el patio del colegio es que cuando alguien te lo suelta, ya no hay marcha atrás. Es una regla básica para no quedar mal, como no incluir gerundios en el titular. Así que firmé. Incluso puse una de las fotos que había hecho yo y añadí el pie de foto con mi nombre, por primera vez.

Al día siguiente no hubo ni redada ni represalia, pero recibí una llamada en la redacción. Creo que era la chica joven. Me anunció que en ese momento estaba saliendo por la puerta hacia la comisaría de Policía para interponer una denuncia contra mí. "¡Qué le vamos a hacer!", respondí. Ella debió notar mi incredulidad, porque sacó el tema de la foto: había tomado imágenes de un menor. Yo le recordé que no salía nadie en la única instantánea publicada y ella respondió que el crío estaba detrás del muro. Mostré mi sorpresa. Luego me preguntó por qué no escribía en otros lugares donde se traficaba (ellos no lo hacían, me aseguró). Mencionó algunos y yo expresé mi interés. Empecé a hacerle más preguntas, a pedirle cada vez más detalles. Notaba como crecía su desconcierto mientras me respondía. Yo, por el contrario, ganaba confianza y seguía atosigándole hasta que un hombre gritó al fondo, al otro lado de la línea. Ella me cortó y amenazó con denunciarme si volvía escribir sobre el tema y me advirtió de que no volviera por allí, pero debió de darse cuenta de que no había sido muy contundente. "Deja en paz las viviendas de San José, o puedes resultar herido", remató. Le respondí que no se preocupara. Como le había dicho a quel policía, nunca me paso de la raya.

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