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Peor, imposible

Hasta que leí el titular "Los protagonistas del rescate imposible de Totalán" no supe de verdad que todo había acabado. Aquella palabra había sido tabú durante trece largos días pero ahora estaba allí, escrita en blanco y negro. Al releerlo, el dolor que sentía la gente al saber que había aparecido el cadáver, la náusea por la cobertura mediática, se parecían más a una resaca que a cualquier otra cosa. "Imposible". Como soy redactor de sucesos, había prestado cierto interés a lo que ocurría en esa pedanía dejada de la mano de Dios y, como siempre, lo que más me fascinaba era la reacción de la gente cuando se transforma en un ente colectivo. En la entrada anterior de mi blog ya comenté lo que pensaba sobre el tema, pero lo de Totalán había alcanzado una nueva cota.

En realidad, la historia me sonaba bastante. Cualquier periodista que haya cubierto la búsqueda de alguien en el mar sabe que, o se rescata a alguien en la primera media hora, o se rescata su cadáver. He visto como la bahía del Orzán se tragaba a gente en unos segundos: les cubre le espuma de una ola y ya está, o se ahogan o la hipotermia acaba con ellos. No hay más. Pero "cadáver" o "cuerpo" es una palabra prohibida. Nadie se atreve a pronunciarla. Ni el director de Emerxencias, ni el delegado del Gobierno, ni en la torre de Salvamento, ni el socorrista de turno. Nadie. Y menos que nadie la familia llorosa que contempla el mar como si esperaran que de repente apareciera chapoteando aquel ser querido, la madre, el hijo o quien sea abrazándose mientras son atendidos por psicólogos, y las autoridades nos piden que respetemos su dolor. La búsqueda continua durante tres días, con el helicóptero dando pasadas por las aguas durante esas jornadas, hasta que las autoridades consideran que ya han cumplido y pueden sentarse a esperar los seis días de rigor a que el cadáver salga a flote.

Lo peor había sido en 2012, cuando lo de los "héroes" del Orzán: habían muerto tres policías tratando de rescatar del agua a un estudiante Erasmus al que había arrebatado una ola en plena noche, en medio de un temporal que generaba unas olas inmensas y negras. Al día siguiente, muy temprano, la coraza del Orzán se había convertido en un campamento: los periodistas chupábamos frío y lluvia y los policías y sus familiares formaban un grupo compacto y compungido. El primer cadáver apareció a las pocas horas y el resto, día a día, hinchados y pálidos, cuando el Orzán se cansó de jugar con ellos. Al estudiante eslovaco, un tal Velicky, lo encontraron el último. Aquella vez la búsqueda duró mucho más de tres días, pero nadie fingió que se buscaba nada más que cadáveres.

En cambio, lo del niño Julen ha sido muy distinto. Creo que porque se sabía exactamente donde estaba, y aquello enloquecía a la gente, y también porque se trataba de un niño de tan corta edad. Parecía que hubiera aprendido a caminar solo para poder caer en aquel maldito agujero. Fueron 71 metros a plomo, golpeándose con las paredes y provocando un derrumbe que le había sepultado, pero nadie quiso aceptar ni por un momento lo que era evidente. El padre dijo que estaba seguro de que se hallaba con vida porque tenía un ángel velando por él, refiriéndose a su otro hijo anteriormente fallecido, pero era un hombre destrozado, aferrándose a una ilusión. Resultaba más difícil de explicar por qué reaccionaba así el resto de la gente: los escolares se dedicaban a hacer dibujos con muchos corazones de un niño durmiendo plácidamente en un pozo, lo del triciclo intacto a la puerta de su casa, que nadie quería tocar para que se lo encontrara igual a como lo había dejado, la aparición de Juan José Cortés, lo de llamar "titanes" a los mineros asturianos... Vi a mi propia madre con los ojos húmedos clavados en el televisor. Todos parecían rezar por él, en una especie de comunión.

A medida que aumentaba la tensión, la deserción se castigaba con más dureza, como si la esperanza fuera lo que mantuviera a aquel pequeño vivo. Pablo Carbonell hizo un comentario en televisión que era más que nada un llamamiento a la cordura "Yo no quiero ser mal agorero, pero, ¿Un niño, siete días, en un sitio oscuro con ese oxígeno? ¿Y sin alimentos? ¿Y sin bebida?". Horas después, tuvo que pedir disculpas por la reacción que provocó en las redes sociales. La gente parecía haber confundido la fe con la física cuántica, al niño Julen con el gato de Schrödinger. Hice un chiste en el Ayuntamiento, mientras esperábamos al alcalde, y una de mis colegas, madre de dos hijos, me recordó que hay cosas con las que no se bromea. La cobertura era ya mundial: salía en los telediarios de Méjico y de Japón. El chavo Julen, Julen-san. Para los mineros que cavaban sin tregua, el guaje Julen. El último y decimotercer día, Ana Rosa había jurado no abandonar el plató hasta que lo encontraran. Se fue una hora antes de que así fuera. Los memes sobre el instinto carroñero de la estrella de la televisión no tardaron en llegar, pero eran pura hipocresía. Hacía tiempo que aquella solidaridad y preocupación habían sobrepasado todo límite para convertirse en algo obsceno que hacía de la esperanza un delirio paranoico. En aquel pozo sí que se había caído todo el mundo.

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