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Veteado

Ya hace siglos que se nos metió en la piel aquello de que la arruga es bella. Se lo inventó Adolfo Domínguez y para mí que ese es su mejor verso. Ayer estaba aquí en León hablando de su libro y no de sus prendas. No sé si has escuchado la entrevista que le hizo Chelo aquí en la radio, en la que no hizo ni una concesión a la moda. Solo literatura, solo sus lecturas, sus obsesiones, su complejidad, su novela. También algo de su vida, el cine, la curiosidad, la inspiración. Me quedé pensando que es un hombre veteado. Me gusta esa metáfora, un hombre lleno de vetas que se suceden y contraponen.

Me imagino su cara encetada de arrugas mientras le escucho decir que “Dios no castiga las maldades, sino que castiga solamente los errores”. Entendamos Dios cada uno como pueda y centremos la idea del castigo, porque ese es un asunto que interesa. Cuando era pequeño necesitaba el castigo para compensar mis errores o mis maldades, que eso después lo discutimos. Necesitaba pasar página con el castigo para poder estar en paz y, si rompía una maceta jugando al fútbol en el patio, por error o por maldad, ya digo que ese es un tema de después, salía corriendo a buscar a mi madre para que me castigase. Lo prefería mil veces a la incertidumbre de esconderla y pasar horas o días pensando en si me descubrirían. Siempre me pareció mejor cobrar el castigo y poder seguir viendo tan contento los dibujos de Vicky el Vikingo. Seguramente es porque soy muy tonto. La mayoría prefiere esconderse y escapar. Pero, en el fondo, nos han educado en el castigo y parece que no podemos vivir sin él. Ahora veo, sin embargo, que Dios no debería castigar en absoluto, ni a los que yerran, ni a los que causan el mal por propia voluntad, porque yo seguí jugando al fútbol en el patio. Me dicen que tengo ese síndrome de “hiperresponsabilidad” —perdón por la palabra—; quizá me venga de la mano del castigo divino. No me hace feliz, te lo aseguro.

De lo otro, de si lo que hay que castigar es el error o sencillamente el mal, se cae por su propio peso: no hay que castigar. ¿Y qué hacemos con los que hacen daño, con quienes se portan mal, con los que se equivocan y causan sufrimiento a los otros? Es algo que me produce mucho desasosiego porque nunca me quise ver verdugo. Esa frase definitiva del primer episodio de Juego de Tronos es fatal para mí: “el hombre que dicta la sentencia debe blandir la espada”. Quien dicta una sentencia tiene que estar dispuesto a ejecutarla por su propia mano, tiene que ser verdugo y yo con eso no puedo. Cada vez me cuesta más blandir la espada, porque no es solución. He dictado muchos castigos y los he ejecutado por mi mano, pero nunca he conseguido arreglar nada. Decía en la entrevista Adolfo Domínguez que la violencia no existe, que es biología, incluso más, pura física. En ese nivel de determinación fisicalista yo me pierdo. En la jungla del bien y del mal no puedo quedarme a calcular la velocidad de las partículas y me siento con más incertidumbre que el propio Heisenberg —otra maravilla de serie americana, ¡qué le vamos a hacer!—, y no creo que la ética sea un invento para sobrevivir. Por cierto, que la idea de que Dios escribe el libro de la naturaleza con caracteres matemáticos ya es de Galileo, si no queremos decir que eso mismo fue pensado de otro modo por Pitágoras o por el propio Platón. Me quedo con la imagen de hombre veteado. Esa sí que me gusta. La arruga es muy bella. Lo digo de corazón.

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