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Viernes, 18 de Octubre de 2019

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Bandos, pregones, dimes y diretes del peculiar Carnaval de Cuenca

Rescatamos prohibiciones, costumbres, ritos y disfraces de unas fiestas que han pasado por distintos altibajos a lo largo de los últimos cien años

Carnaval en Cuenca, 1935. Gaceta Conquense, 1986. Foto cedida por Pepa Pérez. /

Los carnavales de Cuenca, como los de toda España, tuvieron siempre esa participación espontánea de poder llevar a cabo durante cinco días lo que a cada cual le viniese en gana en desfiles callejeros, bailes de casino o populares, tras la jornada del jueves lardero, de rancia tradición en nuestra ciudad y provincia. En vísperas de las jornadas de carnestolendas, José Vicente Ávila recupera bandos, pregones, dimes y diretes del peculiar carnaval conquense que, a lo largo del tiempo, ha tenido en contra, por nuestros lares, las distintas prohibiciones, amén de las bajas temperaturas de los meses invernales, que son las fechas movibles en los que se celebra esta tradicional fiesta, en la que se da rienda suelta al humor más desenfadado. Lo hemos contado en Páginas de mi desván, como cada martes en Hoy por Hoy Cuenca.

Se pierden en la noche de los tiempos los primeros datos, pero queda claro que entre las fechas movibles de jueves lardero, los carnavales, la cuaresma y la Semana Santa, las tradiciones se sucedían en Cuenca entre el lardo de la grasa del cerdo, la máscara y el alhiguí, el resoli y la vela, más enraizadas sin duda en los días cuaresmales de la levítica ciudad. En el repaso de la prensa de 1800 y del más reciente siglo XX hemos podido observar que Cuenca celebraba el carnaval con mucha imaginación y sentido del humor, aunque el silencio de “los cuarenta años del franquismo” dejó tantas secuelas que costó mucho arrancar la antigua tradición de bailes y máscaras. En el comienzo de la década de los 80 fueron las discotecas y bares nocturnos los que hicieron revivir el carnaval y de manera especial la barriada Fuente del Oro.

Remontándonos a los comienzos del siglo XX los Bandos municipales ponían el acento sobre la permisibilidad de lo que podía ocurrir en la calle entre los “enmascarados”. Aquellos bandos son auténticas “perlas” vistos más de un siglo después, como el que publicó en 1906 el alcalde de Cuenca, José Gómez Madina, con fecha 23 de febrero, que hacía saber a la población que “siendo costumbre practicada y consentida de tiempo inmemorial celebrar anualmente las fiestas de los Carnavales, circulando las personas aisladamente o formando comparsas, con antifaz o máscara, permitiré el ejercicio de actos que la tradición de nuestro pueblo sanciona sin fijar limitaciones desusadas… evitando excesos que denotan siempre una falta de cultura lamentable…

Y así, en nueve puntos o preceptos, como indicaba Gómez Madina, destacaban los adjetivos no se permitirá, serán perseguidos, se prohíbe, no se podrá ostentar, se recomienda y los que infrinjan… serán sancionados con una multa de una a cincuenta pesetas… Y ello además afectaba también al “trafico” (de 1906) por decirlo de alguna manera, como se puede leer en el punto octavo:

“Los automóviles, carruajes, motocicletas, bicicletas y cualquier otro vehículo, así como también las caballerías, circularán por las calles Cervantes, Mariano Catalina (así se denominaba Carretería) y Calderón de la Barca con marcha moderada y adopción de todo género de precauciones en evitación de desgracias personales”.

Trece años después, en 1919, es decir hace un siglo, el Bando Municipal lo firmaba el alcalde, Eduardo Moreno, con fecha de 28 de febrero, y su lectura no tiene desperdicio y nos da idea de cómo se vivía hace un siglo el carnaval en Cuenca:

“Hago saber que tendrá efecto la tradicional fiesta del Carnaval, permitiéndose circular enmascarados por la vía pública en los días 2, 3, 4 y 5 de marzo y aun cuando la cultura del vecindario hace inútil toda advertencia regulando el normal ejercicio de aquellas expansiones, habré de recordar reproduciendo en este bando los principales preceptos, relativos a la fiesta indicada, de nuestras Ordenanzas Municipales.

Se prohíbe el uso de vestiduras que simbolicen cualquier clase de instituciones civiles, militares o eclesiásticas; utilizar como disfraz túnicas o capuces de Nazareno, llevar armas u objetos que molesten al transeúnte, sean contrarios a la moral o de cualquier modo se oponga el uso de ellas a las costumbres del vecindario.

Asimismo queda prohibido penetrar con disfraz en las iglesias, edificios donde estén constituidos los Tribunales de Justicia, Autoridades y Corporaciones; en los cafés, tabernas o cualquier establecimiento público y el uso de aquél por la vía pública después de las seis de la tarde.

Igualmente se prohíbe con todo rigor el uso de disfraces, comparsas y canciones alusivas a naciones beligerantes.

Cualquier infracción de las Ordenanzas Municipales, en los apartados relativos a la fiesta del Carnaval, escándalo o falta de respeto a la moral y buenas costumbres públicas, se castigarán con multas de cinco a cincuenta pesetas si el hecho no constituye delito, en cuyo caso será puesto el delincuente, por los agentes de la Autoridad, a disposición del Juzgado de Instrucción”, terminaba diciendo el Bando Municipal de 1919.

Como se podrá observar, el importe mínimo de la multa había subido de una a cinco pesetas. Entre dimes y diretes, otras notas en prensa venían a mostrar cómo se celebraban los carnavales en aquellos años del primer cuarto del siglo XX. El 31 de enero de 1902 el obispo Sangüesa, publicaba una circular a toda estopa:

Aún no son llegados los días del Carnaval y ya parece resonar en nuestros oídos el eco desatentado de esa infernal batahola con que los hombres mundanos renuevan, durante los mencionados días, usos y costumbres del torpe gentilismo, entregándose frenéticos a los más lamentables excesos Ya que no podemos impedir unas fiestas cuyo fondo está saturado de paganismos debemos anatematizarlas con todas las fuerzas de nuestra alma”.

El Correo Católico, del 17 de febrero de 1912: “Mañana darán comienzo esas mal llamadas fiestas de carnaval, que con mal justificada razón, pudieran definirse días de la licencia desenfrenada, paroxismo de la humana locura y desbordamiento de concupiscencias atroces y estado frenesí de todas las pasiones más degradantes”.

En La Voz de Cuenca, también de 1912, la versión era distinta: “Por la medio embarrada Carretería paseaban las máscaras, con los guachos detrás del “tío alhiguí”, intentando recoger los dulces que lanzaba con su caña. Las serpentinas y el confeti ponían el colorido de aquella típica celebración, cada día más celebrada”.

En su sección cómica “De la Ventilla a Mangana”, Julián de Velasco, el Tío Corujo, iniciaba así sus ripios en 1915: “Carnaval, días de farsa, / días de amor y de intriga; / se da el bromazo a la amiga / mientras bulle la comparsa. / Todo el año es carnaval, / ya que a vicios y pasiones / les ponemos capuchones / y caretas de moral”.

En 1919, el año de la gripe, el Tío Corujo escribía en su “Carnavalina”: “Aunque no lo parezca, hemos entrado en Carnaval, en esas fiestas de Momo, en que los pocos años y aun los muchos, cortan la rutina de la gravedad del pesaroso vivir, para hacer como que se divierten”. “Ayer fue tarde de zarrias más que de máscaras. Llovió como si no lo hubiese hecho nunca, y a última hora asomó el sol sus ojazos, para ver lo que pasaba por Carretería. Nada de nada”.

Concluía El Tío Corujo en sus coplejas: “Ya pasó el Carnaval / y en Cuaresma hemos “entrao”, / y de Cuaresma saldremos / sin probar el bacalao…”

El Día de Cuenca, 8 de febrero de 1922: “Con un tiempo espléndido, del que no gozamos en años anteriores, ha transcurrido la tradicional mascarada en Carretería con extraordinaria animación. El pueblo se paseó de arriba abajo como le vino en gana, sin registrarse el menor incidente”.

El carnaval perdura --escribía Juan Giménez de Aguilar en el semanario “La Lucha” del 1 de marzo de 1925--; las máscaras son cosa imprescindible en toda la sociedad burguesa. Periódicamente, / entre turba abigarrada / de chiquillos y mozuelas / que grita y aplaude o silba / sin motivo ni conciencia / payasos y mascarones / van por las calles de Cuenca…”

Los carnavales tuvieron su mayor esplendor en los años de la República en los que destacaron personajes y comparsas con tambor y dulzaina, y los bailes en el Casino, la Diputación y representaciones en los teatros “Liceo”, “Principal” y Cervantes, incluso con algunos festivales de máscaras, además de la constante animación en los bares “El Ideal” y “El Negresco”, destacando el tío del alhiguí, que portaba un mástil con cintas de colores y regalos para los niños, personaje que protagonizaron, entre otros Julián Lázaro Real “Realete” y Antonio Aguilar “Pataco”, sin olvidarnos de las coplillas del sanantonero Marcelino Real.

Tras la guerra civil el carnaval de Cuenca quedó para el olvido durante cuatro décadas. Un repaso a la prensa de los años cuarenta a los setenta nos da idea de ese silencio hacia una tradición ancestral, pero un tanto peculiar en Cuenca. A partir de 1977 fueron las discotecas y bares nocturnos los que hicieron revivir el carnaval, de manera especial el emblemático “Otema”, con sus divertidas fiestas de disfraces, tanto en Princesa Zaida, que llegó a ser conocida como “la calle del Carnaval”, como en “la calle del doctor Galíndez”. En 1984 se pronunció el primer pregón en el Casco Antiguo, leído por el Rey del Carnaval, personaje que en alguna ocasión interpretó Albert Jaén, del Grupo teatral Bufons, impulsado, entre otros, por Elisa Lumbreras y Enrique Trogal, con desfile desde la Plaza de la Merced hasta la Plaza Mayor. En verdad que costó poner en marcha el carnaval en Cuenca, después de tantos años de silencio, y en ese aspecto la barriada Fuente del Oro fue la principal impulsora.

Fueros años de pregones en los que te tocó participar de una manera activa, según la hemeroteca. ¡Cómo pasa el tiempo! En los años 1990 y 1993 tuve el honor de pregonar esta costumbre popular gracias a la Asociación Pro Carnaval de Fuente del Oro, y del concejal José Luis Chamón, amén de colaborar en otras ediciones con Enrique Buendía y Javier Semprún. Mis dos pregones los hice en versos y ripios un tanto sui-géneris, pero mira por donde voy a recordar un fragmento de lo que dije hace 29 años, en la Plaza Reina Sofía, a ver si te suena algo:

“…De aparcamiento hablamos ahora,

no hay donde dejar el coche,

ni aún pagando la ORA,

ni de día ni de noche.

No hay mejor solución,

con la venia de la población

(y el voto en contra de la oposición)

que hacerle un homenaje,

al concejal que consiga,

hacer de Cuenca un garaje.

¡La cosa tiene su miga!

En los carnavales de 1993 me volvieron a llamar de Fuente del Oro y de nuevo en verso hice un repaso a la actualidad conquense, con sus pocos logros y muchos problemas, en los que las comunicaciones eran la “madre del cordero”. Ahí va este párrafo tras decir cn el índice en alto: “Y seguimos con las quejas”

“El problema de Cuenca con Renfe

a nadie ya le convence:

la cosa viene de largo,

cuando quitaron el Talgo

y dejaron de espetera

los vagones de tercera.

Aún nos sacan la hiel,

con un viaje menos a Utiel,

dejándonos en consecuencia,

a la Luna de Valencia;

para luego quitar a dedo

el tren que iba a Toledo;

seguiremos en cáscara de nuez

con parada en Aranjuez.

Conclusión: Aquí ya sólo cabe

que por Cuenca pase el AVE,

aunque si Borrel desvaría,

seguiremos con el Avemaría.

Y aún podemos todavía,

hablar de la autovía,

que en Cuenca nadie sabía,

los problemas que tendría,

con ministros discutiendo,

por donde la vamos poniendo,

que si por Valencia o Talavera,

nos quedamos a la espera;

pues en la provincia la carretera,

sigue siendo de tercera,

con pasos entre barreras

y postes con calaveras…”.

Además de personajes locales hubo en aquellos años pregoneros famosos como Ivonn Reyes y Quique Camoiras. En 1996 uno de los debates de la ciudanía conquense seguía siendo el del trazado de la autovía Madrid-Levante, a su paso por la provincia de Cuenca y la necesidad de que se acercarse a la ciudad, de ahí que en el pregón de Carnaval, la actriz venezolana Ivonne Reyes, que entonces tenía 28 años, dijese en el abarrotado Pabellón “Luis Yufera”: “He leído en los periódicos que la autovía Madrid-Valencia, por fin la llevarán a efecto por Bilbao y Barcelona, ya que es el mejor trazado “medio ambiental” para los conquenses… Os felicito, porque así tendréis a tiro de piedra dos grandes ciudades… (como si no las tuviésemos entre Madrid y Valencia) pero no preocuparse, estamos en carnaval…” El caso es que la actriz venezolana, que había coronado a Lucía Cosías como primera Musa del Carnaval, dejó de leer los folios que llevaba, viendo que lo que el público guasón quería, sobre todo la gente más joven, que se moviese en el escenario, al que subió haciendo gala de su simpatía y de su admirado porte, escasamente oculto bajo un corto vestido negro. Y así, entre frases entrecortadas de simpatía, interrumpidas con “Más Ivonne y menos pregon”, la actriz, sonriente en todo momento, sorprendió a los asistentes diciendo:

“Yo ya había venido a Cuenca como turista, y en casa tengo hasta una botella de resoli, y la verdad es que es una ciudad como para una luna de miel… pero ahora he descubierto a la gente de Cuenca, especialmente su amabilidad”.

Ni la megafonía ni el cargado ambiente ayudaron a mejorar el mensaje, atendiendo finalmente Ivonn a la pícara petición de “un bote, dos botes, tres botes… Al año siguiente, en 1997, fue Quique Camoiras quien se subió al escenario para decir entre otras cosas:

Qué bonita luce siempre Cuenca y qué bonita luce en los carnavales. Luce tan bonita que ojalá se me pegue algo… ¡Más vale tarde que nunca! Está Cuenca tan brillante que se queda uno más colgao… que las Casas Colgadas”.

Abundando sobre el carnaval, el genial humorista aconsejaba: “Olvidaros de los recelos y entregaros a la reconquista de este mundo trastornado, que intenta pulverizar nuestros mejores sentimientos. Entregaros a la risa, la alegría y la ilusión”, terminando Camoiras su pregón carnavalero con esta frase de agradecimiento:

“Nunca un señor tan bajito ha sentido un orgullo y un honor tan alto y tan mágico de encontrarse entre vosotros”.

Ese año de 1997, Quique Camoiras actuó dos tardes en el Teatro Auditorio, con una de sus más celebradas interpretaciones, manifestando que era uno de los mejores teatros en los que había estado, y bien que recordaba sus actuaciones en el Xúcar en años anteriores, poniendo siempre el cartel de “no hay billetes”. Por cierto, tanto Camoiras como Rafael Farina comentaron en su día que el resoli era un buen licor… para la afonía.

No podemos olvidar, para terminar, el carnaval en la provincia y de manera especial en Tarancón. Y en la Mancha conquense donde se mantuvo y se mantiene la tradición con todo entusiasmo y desparpajo. Recordaba en Gaceta Conquense en 1985, Juan de la Hontanilla, pseudonimo del infatigable compañero y amigo Jesús Gabaldón, que “ni en tiempo de la censura, ni durante la guerra civil, y pese a las prohibiciones tajantes, Tarancón siempre celebró sus fiestas de carnaval. No de una manera oficial, ni formal, sino que ha sido y lo continúa siendo, como de tradición que pasa de padres a hijos, como auténtica fiesta popular. En los difíciles años 40 y 60 del siglo XX, en plena dictadura, Tarancón era centro en las fechas del carnaval de gran cantidad de personas que llegaban de puntos dispares de España para presenciar estas singulares fiestas.

En ocasiones, por la calle no se podía ir con la cara cubierta, pero siempre con ayuda de los propios vecinos, pendientes en todo momento, salían “máscaras” que burlaban la vigilancia. En los casinos había grandes bailes con disfraces y concursos.

“Ni la más rigurosa censura –recordaba Juan de la Hontanilla-- pudo evitar jamás que “María la Campanera”, la “familia Zaca”, “el tío Periga”, “las Vindelas”, “la Escá” o “la Gita” salieran con su disfraz a la calle. A cara descubierta con su careta, para asistir a los bailes del Regio o del Casino”.

Carnaval de antaño y hogaño, que mantiene su pujanza, tras la comida o merienda que nos aguarda el obligado jueves lardero… con tajá y “güevo”.

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