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Jueves, 21 de Noviembre de 2019

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Doce días que conmovieron España

Se cumple un año de la desaparición y asesinato del pequeño Gabriel Cruz Ramírez

Se cumple un año de la muerte del pequeño Gabriel Cruz. /

Artículo del director de SER Almería, Pedro Manuel de la Cruz.

Hoy se cumple un año del secuestro y asesinato de Gabriel. Su desaparición pasará a la historia más conmovedora de la sensibilidad de este país. Durante doce días millones de españoles miraron hacia aquel puñado de casas encaladas de los campos de Níjar esperanzados en que la sonrisa del pequeño volviera a recorrer sus calles junto a sus padres.

El texto que sigue a continuación es un relato libre pero basado en datos y circunstancias reales de lo que sucedió en aquellos doce días que conmovieron a España.

Martes 27 de febrero
Apenas pasaban unos minutos de las once y media de la noche y el móvil sonó mientras cruzaba el puente de Triana. Era Simón Ruiz, redactor jefe y responsable de cierre esa noche.
- Tenemos la noticia de que ha desaparecido un niño en unos cortijos de Níjar. Nos ha llegado por un wasap. No tenemos nada más, ¿cómo lo ves?
- Bah, será una escapada del pequeño enfadado, la gente se alarma y ya sabes, todo lo que nos llega sobre desaparecidos son falsas alarmas provocadas por la inquietud de los padres; en cualquier sigamos el tema, pero no le demos mucha importancia, no alarmemos a la gente. Seguro que es una chiquillada.


Pasada la medianoche volvió a sonar el móvil. Era Simón Ruiz otra vez desde la redacción.
- He hablado con Antonia y estamos viendo que esto… no sé, no sé, puede que estemos ante algo más que una falsa alarma.
- Vale, como ya hemos cerrado la edición de papel, súbelo al digital.


En el amanecer del Día de Andalucía La Voz llegó a los kioskos abriendo portada con la noticia de que habían sido “hallados 25 cadáveres de una necrópolis en pleno centro”. Lo que no sabían los agentes de la Guardia Civil y los cientos de vecinos que a esa hora ya comenzaban la búsqueda del niño desaparecido en los alrededores de Las Hortichuelas, era que el pequeño Gabriel ya había dejado de respirar y había sido escondido en una tumba cavada de forma apresurada por las manos de una asesina fría, despiadada, calculadora y carente de empatía.


Aquella mañana, en el Teatro Maestranza, el protocolo del acto de entrega de las Medallas del Día de Andalucía nos situó juntos a varios directores de medios andaluces. De todos, solo Inés Alba, directora de Canal Sur Radio, se detuvo en la noticia - oye, qué pasa en tu pueblo con lo del niño- Inés, siempre cálida, intuyó, quizá sin saberlo, que podríamos estar en el inicio de una noticia importante. Mientras sonaba, solemne, el himno de Andalucía nadie de los que asistíamos al acto, desde la presidenta de la Junta a los máximos responsables de las fuerzas de seguridad de Estado o los centenares de invitados, éramos conscientes de que en una pedanía del campo de Níjar abrasada de sol y rastrojeras había comenzado a brotar uno de los mayores caudales de solidaridad compartida que se recuerdan en España.


La plácida monotonía que habitaba desde siglos en ese puñado de casas nijareñas se convirtió en una geografía endiablada. La soledad permanente de sus calles se convertía desde aquel día en el espacio que más atención iba a concentrar de todo el país. La capacidad de comunicación de una madre por recuperar a su hijo conmovió tanto y a tantos que Gabriel entró a formar parte del paisaje de millones de sentimientos compartidos.

 

Desde el primer momento el impecable trabajo de la Guardia Civil se vio acompañado por centenares de vecinos en una búsqueda desenfrenada pero no desesperanzada. La convicción de Patricia de que el niño estaba vivo, de que podía ser un secuestro, alentaba la esperanza y derrotaba la presunción de un final infeliz. Por tierra, mar y aire, drones, buzos, perros y un helicóptero trabajaron día y noche tratando de evitar lo que ya era inevitable pero nadie sabía. Había que buscar, había que encontrar hasta en el borde de una piedra milenaria algún resto que llevara a Gabriel.


El primer destello de esperanza apareció en el atardecer del sábado 3 de febrero. Ana Julia, la pareja del padre de Gabriel, encontró una camiseta mientras paseaba por una zona que solía frecuentar con Sergio, su expareja, cuando sacaban a su perrita.


Aquella tarde paseaban Ángel y Ana Julia por ese lugar. De forma aparentemente espontánea ella se separó un momento de Ángel y minutos más tarde comenzó a gritar que había encontrado una camiseta. La prenda estaba seca, algo que sorprendió, sobre todo, a los agentes que investigaban el caso desde hacía días porque, qué raro, las horas anteriores había llovido en la zona. Se especuló entonces que Ana Julia la puso allí para inculpar a Sergio, su anterior pareja.

 

La camiseta, de manga corta y “con dibujitos”, fue identificada como la que Gabriel llevaba debajo de la sudadera roja con capucha que vestía en el momento de su desaparición. Ana Julia, con una frialdad que espanta, puso allí la prenda después de desnudar al niño tras haberlo asesinado y antes de enterrarlo. El hallazgo de la camiseta era una pista, pero era una pista falsa que la investigación siguió con minuciosidad, pero en la que nunca creyó. La Guardia Civil ya buscaba en otros escenarios la salida del laberinto y la secuencia de la aparición de la prenda corroboraba aún más la hipótesis con la que ya trabajaban los investigadores.

 

La convulsión de aquellas horas estuvo salpicada por el hecho de que a un joven con orden de alejamiento de Patricia por acoso, le falló o se alejó del dispositivo de alejamiento durante cinco horas. Un hecho que ya se había producido en alguna ocasión. Ante esta circunstancia se le detiene por incumplir nuevamente la orden de alejamiento y así se le informa al detenido y a su familia. Esta detención, la fantasmal aparición de una furgoneta blanca en la calle donde desapareció Gabriel, la dos inexistentes detenciones del padre, la aparición del cuerpo del niño, fueron rumores, todos falsos, que provocaban una acumulación de confusiones que acababa entorpeciendo la investigación.


En el mediodía del domingo, mientras seguía las conexiones en directo del telediario, apenas 24 horas después de la aparición de la camiseta, recibí la llamada de Juan Ignacio Zoido, ministro de Interior.

- Pedro perdona que supongo que estás comiendo. Te llamo para que tengáis la máxima prudencia. Se están difundiendo en algunos medios bulos que dificultan la investigación. Confiad solo en la información oficial.
- ¿Y la camiseta aparecida?
- Un señuelo falso, está puesta ahí para despistar. Pero su aparición ha consolidado una vía de investigación que quizá nos lleve hasta el pequeño.
- ¿Pero tú crees que sigue vivo?
- Quiero creerlo.


El lunes por la mañana volví a contactar con el mando de la Guardia Civil con el que ya había hablado varias veces durante los días anteriores.
- Estoy en Madrid y, aunque estoy informado, el no estar sobre el terreno me impide conocer todos los detalles, pero trabajamos en una pista sólida.
- Entonces las sospechas sobre el detenido en Antas se van consolidando.
- No, no, no. El chico de Antas está descartado. Ahora trabajamos en una dirección más cercana.
- ¿Del entorno de la familia, no me digas que puede ser…?-me interrumpió, no me dejó acabar la frase.
- No, otra persona cercana. Pero bueno, ahora estoy ocupado y con gente, ya hablamos más tarde.


Esa misma noche volví a hablar con el ministro.
- Vamos en la buena dirección Pedro, el tema parece claro, pero hay que esperar a que sobre quien recaen todas las sospechas cometa algún error. Estamos controlando cada uno de sus movimientos. Hay que esperar, hay que esperar y no cometer errores. Debemos dejar que se confíe, que no note el control. Si no comete un error es posible que no lleguemos a ningún sitio.
- ¿Pero el niño está vivo o no, tú que piensas?
- Yo siempre voy a creer que sí, tenemos que tener fe en la investigación.

 

En aquellos días, quizá desde el segundo o tercer día de la desaparición de Gabriel, Patricia ya intuía – una madre ve muchas cosas, muchas cosas- quién estaba detrás de la desaparición de su hijo. La intuición cercana a la certeza, ese sexto sentido de Patricia nunca fue verificada por los agentes. ¿Por qué no trabajaban con esa hipótesis? Todo lo contrario: estaban tan seguros de sus sospechas que alejaban a Patricia de las mismas para que no cometiera el error de un gesto, el infortunio de una frase, el desahogo de un reproche o la súplica desesperada que brota del sufrimiento.


Durante los doce días que duró la búsqueda Patricia no cometió ni un solo error y ese autocontrol, tan difícil emocionalmente, no provocó alarma alguna en la sospechosa. La certeza de Patricia era tan sólida que todas sus llamadas emocionadas y emocionantes tenían como objetivo la búsqueda de un resquicio de sensibilidad, de un destello de arrepentimiento en la autora de la desaparición del pequeño. Todo fue en vano. En el corazón de quien es capaz de matar la sonrisa limpia de un niño no puede habitar más sentimiento que el del odio.


Durante los días siguientes decenas de ojos seguían cada uno de los movimientos de Ana Julia, cada uno de sus gestos. Si salía o no de la casa, dónde iba, cuánto tiempo tardaba, la dosis de sedantes que administraba, la forma de comportarse cuando se sentía enfocada por las cámaras de televisión o cuando participaba en actos solidarios, su desmesurada exhibición de dolor en las concentraciones. Todo estaba controlado al segundo pero cada hora era un mundo y cada día una eternidad.


Hubo días, incluso, que la presencia de los medios allí desplazados imposibilitaba que la sospechosa pudiese moverse en libertad poniendo aún más difícil que pudiera dar algún paso que llevase a encontrar al pequeño Gabriel con vida.


Nacieron los ¨pescaditos¨, como símbolo de hermanamiento y, como dijo Patricia en algún momento, para poder ablandar la conciencia de quien pudiese tenerlo. Miles de personas de dentro y fuera de España se solidarizaron e inundaron las tierras de este país de una mar de peces donde la solidaridad y la esperanza por encontrarlo hacía imposible pensar que el desenlace ya no fuese posible.

 

Hasta la mañana del domingo 11 de marzo a las 10 horas y 22 minutos

Ese día Ana Julia y Angel salieron del interior de la vivienda situada en la calle Mayor de Las Negras. Se dirigieron hacia el Nissan Pixo estacionado allí e iniciaron la marcha. Cuatro minutos mas tarde, a las 10:26, el vehículo, conducido por Ana julia, se detiene en la calle Sotavento, número 5. Ángel baja del coche y se dirige al encuentro con Patricia en un hotel cercano donde habían quedado para un encuentro con los medios y reforzar la búsqueda de Gabriel. Todos los ojos, como en días anteriores, están puestos en Ana Julia.


A las 10:27 la sospechosa reinicia la marcha y llega a la finca situada en Rodalquilar a las 10:40. Los agentes captan, fotograma a fotograma, cada uno de sus movimientos. Dos minutos más tarde baja del coche e intenta con insistencia abrir la puerta de la vivienda sin conseguirlo. A las 10:54 realiza una llamada telefónica mientras se distrae tirando piedras a un perro. Da por finalizada la llamada y se dirige hacia una piscina moviendo maderas de un lado a otro. Trece minutos mas tarde, a las 11:07 vuelve al coche y saca de debajo del asiento del conductor una toalla de colores y regresa hacia la piscina. A las 11:09 Ana Julia, después de estar agachada junto a la piscina, se levanta, tapando con la toalla de colores lo que, por su morfología, los agentes deducen que es el cuerpo de Gabriel. Lo lleva en brazos hasta el Nissan y lo introduce en el maletero.


A las 11:13 sube al coche junto al perro y reinicia la marcha.


Después de recorrer un itinerario ilógico, totalmente errante y a veces en sentidos contradictorios por la Autovía, Almería capital, Aguadulce, El Parador La Gangosa y Vícar es interceptada en la calle Horacio de ese municipio. El niño que había depositado en el maletero era Gabriel. Son las 12:31 de un domingo que pasará a la historia como el del final de la escapada de una asesina cruel que acabará sus días en la cárcel por haber borrado para siempre la sonrisa inmaculadamente limpia de un niño, por haber matado a un ruiseñor.

 

A cuarenta kilómetros de allí, en la espera desesperanzada del escalofrío y del espanto, Angel y Patricia fueron ´requeridos´ por los agentes a salir del hotel para evitar que pudieran enterarse en el encuentro con los periodistas, a través de las redes sociales o por alguna llamada de teléfono de la noticia del fallecimiento del pequeño y de la detención de su asesina, ofreciéndoles, así, el derecho a conocer tan dramática circunstancia en la intimidad del hogar que Patricia había habitado durante todos esos días.


Los agentes responsables de la búsqueda les dieron, conmovidos, la noticia que nunca y nadie hubiera querido dar. Fue entonces cuando Patricia volvió a regar con las lágrimas de su infinita ternura, de su inmensa sensibilidad, el corazón herido de millones de españoles que amaron, que amamos tanto a Gabriel porque vimos su alma a través de los ojos doloridos de su madre.


Después de aquellos doce días que conmovieron España, Gabriel quedó inmortalizado, junto a la ballena donde solía jugar y donde, espontáneamente y a petición popular, le realizaron dos homenajes que perdurarán para siempre en el mejor rincón del alma de aquella inmensa marea de la ´buena gente´ que recorrió España.


Gabriel había aparecido muerto. Pero “el pescaito” había alcanzado la eternidad en el paisaje imperecedero del alma donde habita el recuerdo

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