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Cinco kilos

Cometí el terrible error de ojear el móvil y leer el wasap de mi jefa antes de tomar el primer café, y lo pagué caro. El mensaje me comunicaba que la competencia había publicado la incautación de cinco kilos de cocaína en San Pedro de Visma. Cinco kilos era mucha farlopa, y por un momento, me invadió el pánico, como si realmente hubiera perdido toda aquella coca tirándola por el retrete. Sentí una especie de corriente eléctrica que me recorría la espina dorsal y chisporroteaba en mi nuca. Lo peor era que había estado allí, en San Pedro de Visma, había hablado con el tipo en cuestión, y me había engañado como a un chino. El pánico dejó paso a la ira y decidí descargarla con alguien: llamé a un contacto.

El tipo me respondió con un alegre saludo al otro lado de la línea, lo que no hizo más que incrementar mi indignación. "¿Cómo te atreves a preguntarme qué tal? ¿Qué pasa con mis cinco kilos de coca?". El poli esperó a que me quedara sin aire para responder: "Es mentira". Aquello bastó para hacerme callar, pero solo un instante. "No juegues con mis sentimientos", le advertí. Él se rió. Le pedí que me lo confirmara. Lo hizo. Había habido un error. Parece ser que el periodista de la competencia había sumado dos y dos le había salido cinco, al confundir lo que era una actuación rutinaria de violencia de género con una importante operación antidroga. El tipo en cuestión me explicó los pormenores. Se llamaba operación Parsifal e implicaba a un tipo de Viveiro, un gordo con mucha pluma que iba por ahí con su novio y un perrito ridículo que se llamaba como el personaje de la Ópera de Wagner, de ahí el nombre de la operación. El detenido vivía en Sada y lo habían trincado con los cinco kilos en Bilbao. En Bilbao, no en San Pedro de Visma.

Estaba tan contento de oír aquello que, por segunda vez en mi vida, le dije a un hombre que le quería. La primera vez había sido a mi padre, justo antes de que se sometiera a una operación a vida o muerte. Podía haber sido la última vez que hablara con él, así que sentí que tenía que hacerlo. Fue un error, porque sobrevivió, y ahora ya no podemos mirarnos a los ojos cuando estamos juntos. Resulta demasiado embarazoso. Casi tanto como el error de la competencia aunque, para ser sincero, yo también he cometido errores de bulto en ese campo.

Una vez colgué el teléfono, pude atar cabos. Para empezar, yo había llegado allí después de que tuviera lugar la acción de la Guardia Civil y hablé con el tipo, lo que no podría haber hecho de haber sido sorprendido con cinco kilos de coca, porque habría sido detenido. De hecho, me había caído bien. Había entrado en el primer bar que encontré para preguntar por la Guardia Civil y me habían señalado una mesa ocupada por cuatro señoras, obviamente gitanas, vestidas de negro y con moños, y un tipo con barba. En cuanto les abordé, él me invitó a sentarme a su lado y me explicó de qué iba la cosa: era chatarrero de profesión y si había venido la Benemérita a su casa es porque había orden de alejamiento solicitada por su mujer. Según su versión, se había casado hacía unos años con una paya y la cosa no había salido bien (a veces pasa) y después de tener dos hijas, se habían divorciado. Ella vivía en el piso que había sido de ambos, en Arteixo, pero había cambiado de opinión después de denunciarlo y pedir la orden y ahora quería retomar la relación (eso también pasa a veces). "No quiero saber nada de ella", aseguró. Y me preguntó si podía publicar algo al respecto. Le respondí que no.

Él insistió: "Dice que me va a quemar los coches si no vuelvo con ella". Aquello era un titular interesante y lo sopesé durante un instante antes de rechazarlo. Se me ocurrían un par de chistes al respecto y eso siempre es buena señal. Algo en plan "trata de reavivar la llama de su amor" o "hay que ser positivo, si te quemara los coches aún podrías venderlos como chatarra". Pero me dio la impresión de que él no apreciaría mi sentido del humor, mi jefa desde luego no lo haría y puede que el abogado de su exmujer, tampoco. Además, si la orden de alejamiento que ella misma había solicitado no la había detenido, no creo que un artículo que escribiera yo fuera hacerlo y es posible que solo sirviera para añadir combustible al fuego. Lo mejor que podía hacer era comprarse un extintor. Un día después, y estando de un ánimo mucho más optimista tras descubrir que no era yo quien había metido la pata, pensé que si aquel tipo realmente hubiera tenido cinco kilos de coca en casa, como aseguraba la competencia, estaría en la cárcel, a salvo de su mujer. Y si la Guardia Civil no le hubiera pillado, probablemente podría haberse comprado otro coche.

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