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Martes, 15 de Octubre de 2019

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Nadie se fija en nadie

Me senté ayer a escribir pensando que tenía el artículo hecho, que con las anotaciones de mi libreta bastaba para organizar todo lo que quería decirte hoy y resulta que, al mirar mis notas, solo tenía escrita una frase: “nadie se fija en nadie”. Lo curioso es que, en su momento, debió de ser algo muy significativo para mí, porque anoté eso y me quedé con la sensación de tener ya el artículo escrito, pero, cuando me puse a escribir anoche, esa frase ya no me decía absolutamente nada. Vale, nadie se fija en nadie, ¿y qué? ¿qué tiene eso de especial? ¿Acaso sabes tú por qué aquella frase me resultó tan intensa como para ponerla en mi libreta y pensar que contenía todo lo que hoy te querría contar?

Por más que le doy vueltas, no consigo concretar la escena en la que efectivamente nadie se fija en nadie y casi me invade la sensación contraria, la de que todo está tan expuesto, tan a la vista, que sabemos todo de cualquiera. Quizá fuera esa mi intención, la de reflexionar sobre el hecho de que la sobreinformación hace tanto ruido que ya nadie se fija en nadie, como en el vídeo del gorila que se pasea entre los jugadores de baloncesto sin que lo veamos. El fenómeno se llama ceguera al cambio, o al menos así lo bautizaron los neuropsicólogos americanos que alimentaron estas investigaciones. Hay muchos vídeos en internet y muchos artículos científicos, también mucha “basurilla” y algún que otro libro serio, aunque tenga título chusco, como El gorila invisible. En general, por lo que sostiene esta teoría, no es que no nos fijemos, sino que estamos tan acostumbrados a la continuidad de la experiencia que normalizamos esa continuidad y omitimos los pequeños cambios. Tenemos tanta costumbre de ver las cosas como las vemos, que nuestro cerebro se niega a apreciar los pequeños cambios, de manera que, si esos cambios se van produciendo de manera gradual, al final puede que las cosas ya no sean para nada como eran, pero no nos damos ni cuenta. Tienes el ejemplo delante de ti: mírate al espejo y ahora busca una foto tuya de hace veinte años. ¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Qué es lo que ha pasado? ¡Y tú sin enterarte! ¡Si es que nadie se fija en nadie! ¡Ni en nuestros propios cambios nos fijamos!

Por eso es necesario, a veces, propiciar un cambio abrupto, para que nos fijemos bien en lo que pasa y para que la costumbre no consiga mantener esa continuidad inercial de las cosas. Hoy es un día para echarse a un lado. Un día para dejar que solo hablen las mujeres, porque a la mayoría de los hombres se nos puede tapar siempre la boca, por mucho que nos salga estar donde la razón y el sentido común y el corazón y el sentimiento nos colocan. Por mucho que estemos, como una más, en la convicción de la igualdad real y efectiva entre hombres y mujeres, tenemos que comprender que no estamos a la altura. Al menos yo. Hablo por mí, que, aunque sé que hoy no hay más tema en el mundo que este, sé que no puedo ser ejemplo de nada, pero eso no me impide decir que para mí es imposible pasar sin fijarme en que todavía hoy la realidad no es la misma para unos que para otras y que eso tiene que cambiarse, que no podemos permanecer ciegos al inmovilismo de la costumbre. Ni ciegos, ni mudos, ni sordos, como monos invisibles que se esconden en que las cosas siempre han sido como han sido. Pues, si siempre han sido así, hay que cambiarlas y el cambio no puede ser gradual, porque eso solo es una manera sutil de mantener las cosas más o menos como estaban.

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