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Lunes, 21 de Octubre de 2019

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Compartiendo odio

Han pasado ya varios días del ataque terrorista a dos mezquitas en Nueva Zelanda, pero todavía continúa coleando la masacre a cuenta de las imágenes que captó el asesino de extrema derecha y que refleja la sinrazón y el odio de una acción tan inhumana como recurrente en los últimos años; y sigue coleando por el afán de muchos de compartir unas imágenes con un fin que se me escapa. Facebook eliminó un millón y medio de vídeos y fragmentos de la matanza en solo 24 horas. ¿Qué ganamos al compartir unas escenas sacadas de la peor de las pesadillas imaginables? ¿No nos damos cuenta de que estamos precisamente cumpliendo el objetivo del terrorista?

Internet ha mejorado nuestras vidas, es indudable; ha provocado una revolución social que continúa y cuyo desarrollo está por ver, pero también ha abierto la puerta a comportamientos que difícilmente conoceríamos. El intercambio visto estos días es un ejemplo. El terror y el salvajismo es la mejor propaganda de terroristas y grupos extremistas. No es muy diferente el objetivo -en su momento- del ISIS al distribuir vídeos de descuartizamientos y mutilaciones a través de la red, y el del ultraderechista Brenton Tarrant con su retransmisión en directo del terror más sanguinario.

Si no queremos convertirnos en propagandistas del odio, de la muerte y del terror, ¿por qué seguimos compartiendo esas imágenes? No son ficción, no pertenecen a un videojuego. ¿Qué ganamos enviándole a un amigo o a un familiar el vídeo del asesinato indiscriminado de 50 personas? ¿En qué momento antes de dar al botón de compartir dejamos la humanidad y la empatía a un lado?

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