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Sábado, 04 de Abril de 2020

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El estilita

Ni Vox ni voto

Vox les produce pánico a muchas de mis amigas. Para ellas, representa una amenaza de regresión a una época franquista. Una de ellas mencionó "El cuento de la criada". Yo no comparto sus miedos, y no solo porque no tenga útero. Cuanto más les escucho, más me parecen una parodia, como si a la escopeta nacional le saliera el tiro por la culata, aunque puede que no esté siendo justo. Con los años, me vuelvo cínico. El problema de las nuevas formaciones políticas es que están seguros de que si las cosas no se hacen como se debe es porque no lo ha intentado alguien con las ideas adecuadas y el altruismo que a ellos les sobra. Es un comportamiento infantil que me enerva, sin que importe la ideología. Recuerdo el 15M, la gente sentada en el Obelisco, empeñándose en votar todo por unanimidad y tomando la palabra para expresar lo emocionados que se sentían. Todos estaban encantados de estar allí. Yo no, y sin embargo era el que más sonreía. Así que cuando fui el otro día a una mesa informativa de Vox, no me sorprendió lo que me encontré.

Habían estado recogiendo firmas para presentarse a las elecciones por esta provincia, y habían conseguido el doble de las que necesitaban: unas dos mil y pico. Tenían una mesa con folletos y la inevitable bandera española junto a los antiguos cines Equitativa, mientras un furgón de la Policía Nacional vigilaba a distancia que un piquete antifascista no convirtiera aquella tranquila mañana de sábado con niños jugando en la plaza de Vigo en un campo de batalla. Yo habría dado gracias si hubiera ocurrido algo así. Me había llamado un tipo al que conocía, un antiguo guardia civil, para que les sacara en el periódico. Me saludó en cuanto me acerqué y me presentó a los dos individuos que se suponían que estaban al cargo. No recuerdo sus nombres: eran dos señores de mediana edad, uno más alto y delgado, con el pelo a lo Punset, y otro bajito con escaso cabello negro y nariz enrojecida. Los dos llevaban un pin con la bandera española en la solapa de sus chaquetas. Aquello era un cuadro.

Saqué la grabadora, dispuesto a recoger unas declaraciones, cuando apareció un chico nervioso y delgado, de veintimuchos años, que les recordó que la dirección central había dicho que nada de declaraciones. Creo que aquella fue la primera vez que me encontraba con unos políticos que no querían que publicara sus palabras, pero en cuanto comencé a hablar con ellos lo entendí. No hablaban como políticos de verdad, adoptando un tono institucional mientras recitaban lo que habían memorizado en el argumentario del día, sino que se dirigían a ti con el entusiasmo del converso, como esas viejecitas de los Testigos de Jehová que insisten en comunicarte la buena nueva. Consiguieron que ser sincero resultara más inquietante que la buena y vieja hipocresía de un político tradicional. Me comentaron que les habían insultado llamándoles "fachas" en la calle Real y la plaza de María Pita, pero que creían que les convenía porque les convertía en víctimas a los ojos de los presentes. Me aseguraron que les apoyaba toda clase de gente, no eran solo una piña de cazadores, taurinos, militares y guardias civiles. Estaban ahí para defender la Unidad Patriótica (tal y como lo dijeron, sonaba con mayúsculas). Para acabar con el despilfarro. Para proteger las fronteras de la inmigración ilegal que le quitaba el trabajo a los españoles. Incluso se había acercado a su mesa un miembro de Podemos que había prometido que les votaría porque estaba harto de que su partido no protegiera a los trabajadores españoles. No llegaron a sacar el tema de los abortos. Supongo que simplemente no salió a la luz.

Muchos están incluso en contra de que se hable de Vox en los medios de comunicación, como si darles espacio fuera colaborar con lo que consideran que es una nueva ola de fascismo que amenaza los derechos conseguidos con tanto esfuerzo. Para mí, ignorarlos supone demostrar al público que los medios de comunicación tiene su propia agenda política. Yo, desde luego, no la tengo: mientras Punset y los demás me recitaban su credo, me di cuenta que llevaba tanto tiempo quejándome de las tonterías de la nueva izquierda de Marea Atlántica que había olvidado lo irritante que era el ideario de la vieja derecha. Ese es mi problema: la mayor parte de las veces mis ideas no coinciden con las de ningún partido y cuando lo hacen, es por las razones equivocadas, y eso hace que me resulte difícil identificarme con ninguno de ellos. Así que pensaba no votar en estas elecciones por primera vez en mi vida, pero una amiga mía, de las que están preocupadas por Vox, me pidió que votara al PSOE, por aquello del voto útil. Puede que tenga razón pero si fuera cínico diría que, cada uno a su manera, tanto Pedro Sánchez como Abascal tratan de desenterrar a Franco.

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