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Miércoles, 16 de Octubre de 2019

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Polillas

En la fiesta de la entrega del premio Leonés del Año había mucha luz. No lo digo por las lámparas, tan exquisitas; ni por la mañana, tan luminosa; ni por las antorchas de las cámaras de televisión o los fogonazos de las fotos, tan cegadores. Lo digo por las presencias en un mediodía de martes —tan acostumbrados estamos a la fiesta en fin de semana que nos suena diferente, pero los hay que somos de martes— tan de parar y seguir, tan de brillar.

Hacer la fiesta en martes es una voluntad de compromiso con lo cotidiano, me parece. Es como que no hace falta señalar el día señalado, sino estar, reconocerse, reconocer y apreciar. ¿Que es en martes?, pues en martes. Pero yo iba a lo de la luz, porque somos electrones agitados, si es verdad que somos lo que somos porque el azar nos compone y debe de haber algo de eso, porque uno se mira en la mañana —la luminosa mañana de martes— y se encuentra, por despiste, como saliendo de un azar de años en un mar de suelos y de ondas, una tristeza de días en la espalda cargada de los trajes ya no grises, sino azules, de ese azul tan marino, tan de corbata, tan del paso uniformado de los años. Esa pasión por el traje azul de la gala, alguno más oscuro, muy oscuro, puede que negro. Azules de gama alta en el salón de la fiesta, la elegante sobriedad del día señalado, un martes cualquiera. Azar misterioso de la belleza de los colores de ellas en rayas multicolores, en negros de estampa perfecta, en vuelos de rosa y cortes secos de verdes muy oscuros. Una fiesta en martes de día cualquiera. Fiesta iluminada por las presencias. Quizá también con la luz de aquellos que brillaron por su ausencia.

Y lo que pasa con las luces es que atraen con su brillo. Ya, ya sé lo que me dices, que por aquí no voy bien, que la siguiente frase es inexacta, porque voy a decir que ese brillo de la luz atrae siempre a las polillas, que vuelan alrededor en sus locuras de insignificante pirueta, pero no debe parecerte mal, porque yo me sé más polilla que farola, yo me veo del revés y del derecho alrededor del brillo, mirándolo todo con los ojos admirados ante tanta maravilla. Es verdad que pude ver —ese martes tan de azul y fiesta— otras polillas que danzaban alrededor de luces emergentes; alguna polilla de años que se afanaba por encontrar el calor de alguna nueva luminaria. Me gustó en el fondo. No me produjo repulsa, lo confieso. Será porque yo soy una polillita más zumbando ante cualquier destello de belleza.

Lo interesante es que las polillas se guían sin problemas por la luz de las estrellas. Son capaces de orientarse en el cielo verdadero sin tener ningún problema, pero se desorientan torpemente en la artificial luminosidad de las farolas. Y, ¡ay de aquellas que se acercan demasiado! Las que se acercan demasiado se achicharran en el calor incandescente de la lámpara. Pero no tengas miedo: puedes creer que yo solo danzo alrededor del brillo frío de las que son de LED, aunque enseguida me dirá mi amigo, ese al que llamamos Buzo, que ningún brillo es del todo frío, que todas las bombillas se calientan, sean de LED, incandescentes, halógenas, fluorescentes compactas o lo que sean. Pero es que él solo sabe de las fiestas de los martes —martes de rincón en la ventana, martes de blanco inmaculado, martes de alivio del luto, martes de entraña— y del brillo en el fondo del mar de alguna estrella. Azul fiesta. Luz.

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