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Jueves, 24 de Octubre de 2019

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Tomás Cruz, el conquense que puso una pica literaria en Madrid con los Premios "Sésamo"

En su bar, que fue un lugar de encuentro para los conquenses en la capital, creo un certamen que fue trampolín para jóvenes escritores

Tomás Ruiz, de pie y con bigote, en una de las tertulias literarias del local Cuevas de Sésamo en Madrid. /

Los críticos literarios coincidían en señalar que el Premio “Sésamo”, tanto de novela corta como de cuentos, fundado por el conquense Tomás Cruz, era como una antesala de los grandes premios como el Nadal o el Planeta. Esta semana en el espacio Páginas de mi Desván que coordina José Vicente Ávila, y que emitimos los martes en Hoy por Hoy Cuenca, rescatamos la figura de este insigne personaje de Cuenca que puso una pica literaria de libertad en las madrileñas Cuevas de Sésamo, en la calle Príncipe, con la creación de un certamen que durante 40 años contó con la participación de jóvenes escritores que en su mayoría alcanzaron la fama. El Sésamo era un pequeño bar con cafés y frascas de vino, unas mesas para la tertulia y un piano en el que el propio Cruz tocaba Et maintenant y otras melodías.

'Páginas de mi desván' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

Tomás Cruz Díaz, el impulsor de los “Premio Sésamo”, nació en Cuenca en 1917 en la calle de Colón, como a él le gustaba recordar, enfrente de un garaje que se llamaba la Catalana y al lado de cuya casa, que era de la familia Cebrián, había un colegio de graduados que dirigía el maestro Alarcón. De sus recuerdos infantiles comentaba que iba a una escuela cercana a la calle de Colón donde había unos montecillos –junto a los Pinillos— “donde la gente iba a buscar greda, una arcilla gris que se empleaba para limpiar ropa; los chicos –decía--, íbamos a ese mismo monte a buscar cuarzo, que coleccionábamos y nos entretenía su búsqueda”… Tomás recordaba aquellos años infantiles en los que recibía clases en el colegio regentado por los hermanos Melero y su bachillerato en el Instituto de Palafox, donde conoció a Federico Muelas, que era siete años mayor que él. Cruz evocaba igualmente la vida conquense por Carretería y las sesiones de cine en el “Ideal Artístico”, yendo todos los domingos a ver a Charlot por quince céntimos.

Hablamos de esa infancia en Cuenca de Tomás, a quien por edad le debió tocar vivir la guerra civil ya con 19-20 años. “La tragedia del estallido de la guerra civil es el suceso trágico que más me impresionó en mi vida”. Así se lo contaba Tomás Cruz a la escritora María del Mar Arias Aisa, que firmaba sus trabajos como Mármara, tanto en “Diario de Cuenca” o en “Gaceta Conquense”, donde la tuvimos como excepcional colaboradora desde Madrid. Tomás Cruz falleció con 70 años en agosto de 1987 y por tanto la amplia entrevista que Mármara le hizo en mayo de 1985 para la “Gaceta” se puede decir que fue la última. A Cruz no le gustaba mucho hablar sobre la contienda, pero en aquella última entrevista para los lectores de Cuenca comentaba con dolor en sus palabras:

“Entre finales del 36 y principios del 37 me fui a hacer la guerra como era casi normal hacerlo, unos de una manera y otros de otra; ingresé en la aviación republicana y me sorprende el final de la guerra en la batalla del Ebro. Estaba en Reus en un campo, me dieron órdenes de evacuación, camino de Barcelona y luego pasé a Francia donde estuve un año y pico, primero en campos de concentración en Argelés y después en Gurs”.

Tomás Cruz Díaz, el Bogart conquense, en las Cuevas Sésamo. / José María Árias (Gaceta Conquense)

Una vez que volvió a España, con el grado de comandante de la República, Tomás Cruz fue considerado como prófugo y tuvo que cumplir tres años y medio en el campo de Gibraltar. Concluido ese proceso estudió Derecho y volvió a ser detenido, y sin poder terminar la carrera, y ya con 33 años trabajó haciendo seguros, contrayendo matrimonio un año después con María del Carmen Ponte, que era la propietaria de un local donde se vendían condecoraciones y objetos militares, que dada su poca rentabilidad convirtió en la pequeña cafetería Sésamo. Estamos en 1950 y Tomás descubrió que bajo el suelo del bar existía una cueva; así que descendiendo de piso y aprovechando los abovedados techos del sótano hizo una pequeña reforma; los jóvenes pintores que por allí pasaban comenzaron a llevar cuadros, montó un piano y sobre los muros de la cueva los escritores y artistas iban dejando sus huellas con frases o dibujos y Tomás colocó un piano. Había nacido las Cuevas de Sésamo. Este inquieto conquense lo explicaba así en Gaceta Conquense: Decidimos montar la cafetería, que era una aventura que no veíamos muy claro que saliera a flote, pero la aparición un año más tarde de lo que hoy son las famosas Cuevas, hizo que empezara a ser conocido por la gente. La estructura era original, con un románico muy bonito, y el viejo estilo de cañón con que se construían las antiguas casas, cimentadas sobre esa base de arcadas.

Así se inauguran y enseguida se empieza a dar cita lo mismo músicos, o pintores, hechos o en ciernes, que venían de la Academia de Bellas Artes de San Fernando; escritores jóvenes, mayores, críticos, actores… A la gente le dio por venir, quizá porque estaba un poco harta del Madrid saturadísimo de veladores y de cafeterías con nombres más o menos exóticos, explicaba Cruz.

Aquel lugar, a veces tan apretado de gente por su estrechez, era como un oasis de libertad en el Madrid de los 50 a los 70. Dado que existían locales como Nebraska o California, Tomás Cruz decía que aportaba una novedad en esa terminología, dado que “el nombre de Sésamo era más eufórico y vinculado a nuestra tradición literaria arábigo-andaluza”. Dado el ambiente que existía, la primera idea fue crear en 1952 el Premio Sésamo para obras de teatro, dotado con 1.000 pesetas, que ganó el escritor Jesús Fernández Santos, quedando segundo Evaristo Acevedo, que era habitual en “La Codorniz”. La obra se leía, pero no se podía representar, así que en 1955 se cambió el premio para cuentos, teniendo entre sus ganadores a López Pacheco, Antonio Ferrés, Isaac Montero o Juan José Millás. Dado el éxito, al año siguiente se crea también el Premio de novela corta. Contaba Cruz que creó esos premios en aquellos años porque eran géneros en disminución… y recordaba que de niño había leído la novela semanal por 20 céntimos, y de ahí salieron muchos escritores, como el conquense-asturiano González Blanco. “Éramos ecólogos de la Literatura, defendíamos una especie a extinguir”, señalaba Cruz en la entrevista con Mármara.

Crónica de Jesús Sotos en Ofensiva, 1955. / Archivo José Vicente Ávila

¿Cómo era este conquense, que fue capaz de invertir su patrimonio en revitalizar la literatura, la novela o el cuento en una época donde la censura mandaba? A mí me impresionó la primera y única vez que le conocí, allí en las Cuevas, gracias al periodista Jesús Sotos, que fue uno de los más escribió de él en “Ofensiva”, en sus crónicas “De Sol a Mangana”. En una de ellas, de 1956, titulada “Sésamo es Cuenca”; “la cava más famosa de Madrid se descubrió como las Cuevas de Altamira, por pura casualidad”; “sus pinturas y sus rótulos se cambian por temporadas, aunque sean verdaderas obras de arte”. Era alto, bien trajeado, con bigotillo, con pinta de abogado, y sobre todo “muy de Cuenca”, preguntando por nombres y apellidos. Te daba las bases de los premios, que ya en 1977 estaban dotados con cien mil pesetas- Sotos escribía que Tomás Cruz era el vicecónsul de los artistas de Cuenca en Madrid, pues lo mismo iban a pedirle consejo que tres pesetas de café con leche. A mí me recordaba un poco, salvando las distancias, a Bogart de la película “Casablanca”, con su piano y todo.

El crítico literario Florencio Martínez Ruiz se preguntaba en El Día Cultural: ¿Quién era el hombre que en una España a media voz conseguía tal capacidad de convocatoria? ¿Cómo podía conseguirse en “Sésamo” lo que, pese a su empeño estaba vedado a la promoción oficial o incluso a premios privados de mucha mayor cuantía?

Nosotros, que sabemos de las energías ocultas no siempre con oportunidad de aflorar de un hombre conquense, no tenemos duda. Tomás Cruz cargaba desde sus inquietudes del Instituto de Cuenca con una alta dosis de imaginación.

Fachada de Cuevas del Sésamo. / Archivo José Vicente Ávila

Y sin despertarse, con las notas de un piano que tocaba siempre “El maintenant” o cualquier otra canción francesa y un atuendo cercano al de Bogart de “Casablanca” convirtió lo que en otras manos habría terminado en un garito de mala muerte en una inquietante tertulia literaria”.

Coincidía Florencio con Jesús Sotos al conceptuar a este mecenas conquense de las Letras: “Cualquiera que sea el ángulo desde el que Tomás Cruz enfocaba su generosidad, hay una cosa cierta: su conquensismo exacerbado que le llevó a ser, más o menos informativamente, un cónsul de Cuenca, en la calle del Príncipe. Las Cuevas del Sésamo eran el inevitable meridiano por el que era inevitable darse una vuelta para adquirir la ciudadanía mendicante en la vida literaria”. “El “Sésamo” nació libre en una secuencia independiente que arranca con el primer fallo del premio de cuentos el 30 de junio de 1955”, apostillaba Florencio. Al hilo de estas definiciones, es obligado sacar a la luz lo que de Tomás Cruz escribió Antonio Burgos en Abc, en 1980, tras la muerte de este cónsul conquense en Madrid, bajo el título “Cuevas de Sésamo”:

“Allí estaba Tomás Cruz, siempre en la misma esquina, ante la misma mesa del mantelito de lunares bordados para ocultar la quemaduras del “chester”. Alto, delgado, recortado el bigote, parecía que más de dar un premio a un relato social de carboneo iba a dar un recital de boleros…

Era elegante. Contrastaba con aquel Madrid. Estaba nimbado de todo el prestigio de la novela. Tomás Cruz era a la narrativa del realismo social como la Antología Consultada había sido a la poesía social. Tomás Cruz te daba las bases del premio que tú siempre quisiste ganar y te daba el mito de la literatura”.

En el amplio listado de aquellos premios de novela corta entre 1956 hasta 1991, figuran escritores que comenzaron a labrar su fama con el Sésamo, incluso algunos de Cuenca. Han pasado 28 años del último premio, en 1991, a José Antonio Biosca, pero el historial tiene nombres muy conocidos, tanto en cuentos, como novela corto o incluso algunas ediciones de pintura. Del apartado de cuentos podemos citar a Jesús López Pacheco, Ferrer-Vidal, Fernando Quiñones, Luis Goytisolo, Isaac Montero, el conquense Raúl Torres, Juan Marsé, Jaime Borrel, Alfonso Grosso, Carlos Murciano y Pedro Crespo, los dos con premios Ciudad de Cuenca o Mauro Muñiz, que estuvo en Cuenca como redactor del diario durante poco más de un año y se casó con Paloma Urquiza, que era redactora de “Ofensiva”.

Cabeza de caballo en las Cuevas de Sésamo. / Archivo José Vicente Ávila

Entre los ganadores del premio de novela corta se encuentran Vicente Carredano, que fue el primero, Daniel Sueiro, Ramón Nieto, José Tomás Cabot, Juan José Millás, Eduardo Chamorro, Eduardo Mendicutti, Jorge Segovia, Juan José Ruiz, Luis Alfredo Béjar, Marián Izaguirre y Soledad Puértolas. Además de los Premios, las Cuevas de Sésamo era el lugar de las más variadas tertulias y el primer lugar donde en esos años cincuenta entraban los “barbas”, mal vistos en aquella época.

Conociendo la idiosincrasia conquense muchos paisanos pasarían por la Cueva a ver a Tomás Cruz. Yo recuerdo el 90 de Atocha, que era una portería, donde iba la gente de la Puebla que vivía en Madrid a ver si le habían dejado algún recado o algún paquete. Y claro, por la Cueva de la calle Príncipe pasaron muchos, como bien recordaba Tomás Cruz: “Sobre todo jóvenes, estudiantes, chicos que a veces no conocía y que eran hijos de familias conocidas de Cuenca como Cebrián, Benedicto, Carrillo, Roibal, Arias, en fin mucha gente y algunos escritores. En una ocasión se presentó al concurso de relatos, sin mucha suerte, aunque estuvo muy bien clasificado, Eduardo Zomeño, que era un escritor muy asiduo con sus cuentos y relatos en la prensa local, sobre todo en los números extraordinarios. Hubo conquenses que ganaron el Premio como Raúl Torres y Luis Crespo Leal, y otros relacionados con Cuenca. Yo hubiese querido que algún año ganase Zomeño, pero ya no se presentó y perdí su trayectoria”, comentaba Tomás con cierto desencanto, pues le gustaba la escritura de Eduardo. Lo que sí me ha sorprendido es que Federico Muelas, en tanto escritos, apenas dedicase alguna línea a la labor de este desprendido conquense, máxime en ese apoyo a la cultura.

En alguna ocasión has comentado que José María Cruz Novillo es sobrino de este personaje que hoy estamos recordando. Además de Jesús Sotos, que decía que allí tenía su “oficina” el tiempo que estuvo en Madrid, un asiduo visitante de aquel emblemático café-bar-piano fue nuestro reconocido diseñador José María Cruz Novillo, sobrino de Tomás. Su tío hablaba mucho de “Pepe”, como así le llamaba, y sentía orgullo de lo que hacía. El propio Cruz Novillo recordaba sus inicios alternando con artistas en las Cuevas de Sésamo y ayudando algunas veces a su tío, quien decía que ya que se llama “Sésamo” que sugiere lo de “ábrete”, pues aquí la puerta no se cierra ni de día ni de noche. Entre las anécdotas curiosas estaba la que publicaba Jesús Sotos de que las únicas barbas de Madrid, en esos años, sólo se veían en los sótanos de “Sésamo”, pues Tomás le había contado al oído que “para dar ambiente a los que tienen barba larga no les cobro el café…”

El Premio Sésamo desapareció pocos años después de la muerte de su creador. Tomás Cruz Díaz falleció el 27 de agosto de 1987 y el último Premio se concedió en 1991. Muchos escritores salieron a la palestra para que se fuese convocado, e incluso se pensó asociarlo a Cuenca y su Ayuntamiento, como se hizo con el Premio Café Gijón y el ayuntamiento gijonés. Siete años antes de su muerte, en 1980, se celebró el Veinticinco aniversario de los Premios, con actos de tertulias y conferencias durante los meses de noviembre y diciembre, que tuvieron gran eco en la prensa nacional, y escritores regionales o enconquensados como José López Martínez, Juana Salabert o José Manuel Fajardo le dedicaron espacios, incluso recordando que por aquella Cueva de la libertad también pasaron personajes como Ava Gardner o Luis Miguel Dominguín.

El “Sésamo”, como decía Florencio Martínez Ruiz en 1990, en un intento de evitar su desaparición tras la muerte de su fundador, “ya está en los manuales literarios y su significado comienza a estudiarse en tesis doctorales, porque su calado en la narrativa social y existencialista de los últimos treinta años ha dejado huella”.

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