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Miércoles, 24 de Julio de 2019

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Fruta de la pasión

Fruta de la pasión

 

Me gusta de la mañana el olor del gel en la piel de quienes te cruzas. Pero me gustan esos olores sencillos, a jabones y crema hidratante, algún champú poco agresivo, olor a limpio. Y no puedo soportar esos desodorantes que tapan todo, el after shave del tipo “atufa o no macho” o las colonias que impregnan el mundo con su esencia. Como decíamos ayer, es dudosa la necesidad del estado, es dudosa la extensión y alcance del ámbito de lo privado, es dudosa hasta la existencia del propio individuo como “yo” independiente de todo lo otro, si es que lo otro existe, porque, puestos a pensar en términos siderales, lo mismo da ocho que ochenta. Y es verdad, y lo observo, pongamos por caso, en los bares.

 

Sé que te has fijado, porque es inevitable, que los bares de siempre se reconvierten o desaparecen. Pienso, por ejemplo, en ese que estaba a la entrada del Húmedo, ese que pisaba la grieta que se abre en el punto más alto del suelo de León, ese que se cerró hace ya algún tiempo y ha estado en obras y que debe estar a punto de abrirse, si no es que está abierto ya, bajo la reforma de las nuevas modas del estándar decorativo de los bares: esa invasión de maderas y cristales, esa luminosidad de marcas comerciales, cervezas la mayoría, que franquician locales intercambiables entre cualquier ciudad de España, no sé si del mundo. Un bar de León con las señas de identidad de la misma cervecera que decora uno de Torrelodones o la franquicia de bocata rápido y barato que llama a los clientes por su nombre: Paul Newman, Miss López, señor Mazinger, Afrodita. Los mismos bocatas en el mismo entorno y en todos los locales que quieran animarse a extender el éxito de una fórmula que triunfa, sin importar la idea de lo que significa el espíritu local: “aquí se vende morcilla y se vende así; ¿No te parece bien? Ahí tienes la puerta”.

 

En cambio, frente a la rudeza leonesa que es más una pose de fiereza que una realidad, la franquicia te regala el mismo olor en un centro comercial de Miguelturra que en su gemelo cazurro, algo que ya inventaron las hamburgueserías en otro siglo y que se extiende como la gangrena. Lo que decíamos, que no hace falta estado, pero el estado —en toda su extensión— es lo único que hay y su presencia devoradora devasta toda aldea. ¿Toda? ¡No! ¡Aún hay reductos que resisten todavía y siempre al invasor! Hace unos días traté de llevar a unos amigos a algunos de estos héroes resistentes y me los encontré todos cerrados. Quise creer que era por descanso.

 

Por cierto, que, como te decía al principio, me gusta el olor de gel fresco en la mañana. Es una pena que la uniformidad sea el estado que también conquista nuestra higiene. “Hueles a gel de Mercadona”, nos dijimos en el ascensor.

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