Miércoles, 12 de Agosto de 2020

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Mario Ocaña

'Bulla de feria'

Es verdad que eran otros tiempos y otros espacios, tanto que Algeciras se acababa detrás del parque María Cristina y el que les cuenta esto vestía pantalones cortos, cuando llevarlos era declaración de pertenencia a la infancia

Es verdad que eran otros tiempos y otros espacios, tanto que Algeciras se acababa detrás del parque María Cristina y el que les cuenta esto vestía pantalones cortos, cuando llevarlos era declaración de pertenencia a la infancia. La Feria venía precedida por la bulla de feria que en nuestro caso – mi padre tenía una sastrería en la calle Castelar – suponía un enorme aumento de trabajo. Muchas personas gustaban de estrenar algo nuevo y en mi casa había patrones, entretelas, sargas, ruido de tijeras y olor a telas húmedas recién planchadas por todas partes. Los más chicos nos ganábamos unas perritas entregando pantalones, chaquetas o trajes a domicilio. Las propinas iban a morir al tren de los escobazos, a los caballitos que suben y bajan o a los coches que chocan, sin perdonar los algodones de azúcar, que eran sagrados.

Mi abuelo Sebastián, que siempre añoró los campos de Jimena, donde nació, no se perdía nunca la feria de ganado que se celebraba, más o menos, por donde ahora está la Politécnica. Y allí me llevaba a ver caballos, mulos y borricos que, a principios de junio, encontraban todavía por aquellas lomas, pastos verdes con los que alimentarse y algún regato de agua fresca donde beber. Íbamos también a los desencajonamientos de los toros que se hacían la tarde antes de las corridas. A él le encantaba esa reproducción artificial de las faenas del campo: el toros, los cabestros y los mayorales mostrando las cualidades del animal y la pericia de los ganaderos. Yo, que nunca soporté ver como se mataban a los toros en la plaza, iba con gusto a esos espectáculos incruentos en los que se rifaban entradas y me compraban chucherias. El griterio de la gente hacía salir por miles, o eso me parecía a mi, a vencejos y golondrinas de los soportales de La Perseverancia, que llenaban el aire rosa de los atardeceres con sus trinos fenéticos y con las filigranas de sus vuelos acrobáticos.

La ciudad se llenaba de gente forastera y las madres, la mía por lo menos, nos decían que tuviésemos cuidado no fuese a pillarnos el sacamantecas, un tipo que debía ser auténticamente peligroso pero al que nunca llegamos a conocer. Los turroneros abrían sus comercios ambulantes en las calles y teníamos acceso a productos exóticos como los cocos, la sidra dulce y el turrón, que no pillábamos desde Navidad. Tenderetes y puestos callejeros en los que se vendían todo tipo de cachivaches y juguetes - ¿quién no recuerda aquellas máquinas de fotos de plástico de las que salía un payaso cuando le dabas al disparador o aquellos bastones de mimbre pintados a mano – inundaban las calles engalanadas con banderines de colores y farolillos en algunos casos. El ajetreo era permanente y las calles de lo que ahora llaman despectivamente la parte baja de la ciudad era un hervidero de gente yendo y viniendo, los comercios y las tiendas llenos de gente trabajando con ganas de acabar la jornada, comer, echarse un rato para ir a la feria por la noche que era la única que había entonces. No había que ir muy lejos, ni hacía falta coche, aunque entonces poca gente lo tenía. El Real estaba en la Avenida de las Fuerzas Armadas. Íbamos y veníamos andando. Es verdad que eran otros tiempos.

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