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Martes, 20 de Agosto de 2019

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Posfelicidad: asedio y conquista

Estamos asistiendo al ocaso de la felicidad tal y como la conocíamos y entrando en la era de la posfelicidad. La potencia de la globalización, el imperio de lo que Lipovetsky denominará la Omnipantalla, facilitando un exhibicionismo egocéntrico, la entronización de faceta emocional del ser humano a través de la fusión entre la economía y la psicología positiva, como postula Illouz en Happycracia, la mutación de las categorías temporales y el auge de las circunstancias virtuales frente a las reales están forjando un nuevo modelo de felicidad que parece haber perdido referencias históricas y vive una desorientación, dando paso a la posfelicidad.

Una posfelicidad que bien podría tener sus antecedentes, como señala Luisgé Martín, en la Declaración de Independencia de los EE.UU. donde la felicidad se convirtió en un derecho a la misma altura que el derecho a la libertad o el derecho a la vida. La posfelicidad ha pasado de ser una búsqueda a un conquista. Con la felicidad se producía un asedio abierto y flexible que se focalizaba en la fase eterna de búsqueda; no se requerían grandes inversiones de energía y por lo tanto era de menor desgaste. Al no tener la seguridad del hallazgo (buscar no requiere encontrar), el cerco era flexible. El asedio de la posfelicidad, por el contrario, es un asedio cerrado, fácil y placentero, cargado de ilusión porque el objeto asediado está al alcance de la mano, se siente próximo y se sabe accesible. El objetivo es que el sujeto perciba la dinámica de la conquista de la posfelicidad como un bien necesario (si bien no suficiente) que implique un proceso de actividad constante donde no haga falta buscar, puesto que el objeto de conquista adquiere múltiples formas y muta cada vez que es conquistado. La posfelicidad sin embargo, exige al sujeto una implicación total y permanente de cara a conquistarla porque ha eliminado el factor suerte de la ecuación y marcha teledirigida por un liberalismo que asocia el éxito al pensamiento positivo, de este modo la posfelicidad ha logrado responsabilizar al propio sujeto de su fracaso y ha impuesto la voluntad como eje de control.

Al mismo tiempo somos testigos de un cambio en la dinámica del enfoque laboral hipermoderno del individuo que experimenta una intrusión de la posfelicidad en el trabajo. La alienación del trabajador postulada por Marx, que provocaba la despersonalización y la enajenación del sujeto, está viéndose sobrepasada por una segunda alienación mucho más sutil y seductora: la alienación laboral de la posfelicidad. La dinámica invasiva y totalizadora de la posfelicidad ha entrado en el campo laboral para imponerse como condición. El mundo laboral se ha plegado a la demanda de posfelicidad social a la vez que ha instrumentalizado dicha demanda a nivel productivo.

Y finalmente, pero no menos significativo de este nuevo paradigma de la posfelicidad es el lugar que ocupa entre los intelectuales y el academicismo filosófico. Una posfelicidad que no recibe el beneplácito del mundo académico de la filosofía, que no encuentra amparo en la investigación “indexada” (salvo excepciones) pero que, por el contrario, se impregna de la cotidianidad como sujeto mainstream como éxito de ventas o como elemento de tertulias mediáticas.

Estamos experimentando una posfelicidad globalizadora y deslocalizada capaz de modificar los rudimentos que cohesionan una sociedad tradicional como la de Bután o de adquirir el máximo estatus legal posible. Por eso es necesario que nos pongamos manos a la obra con el análisis de la misma tratando de comprender mejor los elementos que la componen de cara a extraer el mejor provecho posible para esta vida hipermoderna que ha venido para quedarse.

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