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, 17 de de 2019

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Teratología

La presencia del mal, la monstruosidad, la imperfección. La constatación de la existencia de la oscuridad para comprender el brillo de lo luminoso no me hace pensar que el mundo sea peor de lo que es. Me está costando, pero me parece que voy dando pasos ciertos en el camino de asumir que yo mismo pudiera ser perverso, imperfecto e inmoral. No en un sentido absoluto, pero sí monstruoso para alguien; incluso indeseable o digno de odio para personas a las que quiero o a las que admiro. Es fácil asumir el desprecio de quienes tú mismo no aprecias. Lo difícil es entender que personas a las que aprecias pudieran considerarte un engendro, un error de la naturaleza, un fallo inaceptable.

 

Ese contubernio alevoso que descubres a tu espalda solo te descentra cuando te miras en el espejo y ves señales de aviso sobre ti mismo que pudieran dar pábulo a la maledicencia desde tu propia mirada reflexiva. Se me está cargando de adjetivos la cuchara y empiezo a pensar que este jarabe no hay quien se lo tome. No obstante, me siento hoy de traca fin de fiestas y no me apetece corregir ninguno de mis desmanes. Por eso te sigo contando que ayer, con todo el calor, había gente muy leonesa por la calle con una “chaquetina” en el brazo por si acaso. Ahora que nos ha llegado el infierno a un paso del invierno, ya sabemos que no es ni endotérmico ni exotérmico, que sencillamente es la olla en la que se cuece el mal. El infierno es este calor que alimentas cuando te ves en el espejo las arrugas de tu propia personalidad, cuando descubres en una vaharada de calor enrojecido que tú mismo eres la anomalía, lo podrido, lo que se debería de poder extirpar, como los adjetivos innecesarios y sobrecargados que te estoy regalando y escuchas sin parpadear.

 

Esta cucharada de jarabe contra el engreimiento hay que tomársela con los sentidos bien alerta, para que no se te escape nada de su poder curativo. Ya sabes que, en la boca, tenemos más bacterias que habitantes hay en León. Sí, no lo dudes, por muy bien que te hayas cepillado, por muchas gárgaras que hayas hecho con colutorio de colores rojo, verde o azul, tienes en esa boca que parece limpia más bacterias que almas pululan por este infierno de principios de verano en que se ha convertido la ciudad.

 

Tenías que ver la cara de alegría de la vecina del cuarto diciendo que venían del pueblo y que allí sí que se estaba bien. ¡Aquello es el cielo!, dijo. No. No venían de Villaquilambre. Ya sabes que allí el alcalde ha dicho que para el trabajo que hace le sale muy barato al pueblo. A veces se malinterpretan las cosas. Apuesto a que, en el fondo, las bacterias saben que no dijo tal cosa: ¿Quién habita un cielo tan seguro de sí mismo?

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