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Viernes, 20 de Septiembre de 2019

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Sobre el caso Alba

Con el cambio de Gobierno, las vicisitudes judiciales del magistrado Salvador Alba han pasado a un segundo plano en la atención mediática. Este pasado viernes, el TSJ concluía el juicio contra el magistrado. Como no hay mejor defensa que un buen ataque, en su informe final, el abogado de Salvador Alba ha dicho que el proceso “es el mundo al revés”, que no tiene sentido que su defendido se encuentre a las puertas de una sentencia condenatoria por haber investigado si la magistrada Rosell había tomado decisiones como juez influida por la relación empresarial que Carlos Sosa, su pareja, mantenía con Miguel Ángel Ramírez.

En medio de una guerra sin tregua en la que se ha podido determinar la existencia de intereses enfrentados, testigos sorprendentes –como Héctor de Armas, antiguo segundo de Miguel Ángel Ramírez, denunciado por éste y ahora enemigo suyo-, o jueces que fueron compañeros y amigos de Alba y de los que Alba grabó sin autorización conversaciones comprometidas, lo cierto es que los asuntos a los que se refiere el abogado de Alba ya fueron archivados por el Consejo General del Poder Judicial y el propio Tribunal Superior de Justicia de Canarias, y que a a Alba no se le juzga por investigar una presunta colisión de intereses de Vicky Rosell en uno de los recurrentes asuntos del dueño de la Unión Deportiva con la Justicia. A Alba se le juzga por haber conspirado para perjudicar a una magistrada; por haber dictado a sabiendas resoluciones injustas; por haber ofrecido a Ramírez que se prestara a declarar falsedades contra Rosell… Se trata de delitos muy serios, pero si eso no fuera suficiente, a Alba habría que juzgarle por haber dejado a la Justicia en Canarias a la misma altura del betún. Jamás antes se habían conocido apaños, tejemanejes y desvergüenzas como las que se vivieron durante los días en los que Alba se paseó por los despachos de la Ciudad Judicial de las Palmas, grabadora en mano, intentando encontrar la forma de chantajear a sus compañeros. Si todos los delitos de los que se le acusa no existieran, Salvador Alba debería salir de la carrera judicial, sólo porque su comportamiento esos días fue indigno de lo que se espera de un juez.

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