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Domingo, 22 de Septiembre de 2019

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Amarga medicina

Hace unas semanas estaba a punto de finalizar la jornada cuando me contaron que un tipo había amenazado con suicidarse tirándose desde la pasarela peatonal de la ronda de Outeiro. Incluso había un vídeo grabado desde uno de los coches detenidos en medio de la calzada ante el riesgo de que el potencial suicida se estrellara contra un parabrisas. Podía distinguirse al sujeto caminando por la parte exterior de la barandilla, gritándole a la gente que no se acercara y amenazando con saltar. No lo hizo. Pero el día anterior, según me contaron, sí se registró un suicidio consumado: un sujeto aparcó con su coche en la avenida de la Universidad, metió una manguera en el tubo de escape y se gaseó allí mismo. Era su segundo intento, porque hacía pocos días que lo había intentado en la avenida de Oza.

Ninguno de estos casos salió a la luz. Una de las razones por las que no se hace eco de los casos particulares de suicidio es por miedo a dar ideas y porque se considera una tragedia personal, privada, que no tiene ninguna repercusión pública, aunque en Galicia se suicide prácticamente una persona al día y en España muere más gente por esta causa que por accidentes o muertes violentas, por ejemplo. Los hombres mueren más, pero las mujeres lo intentan más a menudo. Hay mucha gente por ahí a la que le ha abandonado su pareja, o perdido el empleo, o diagnosticado una enfermedad y se cree que todo se reduce a eso. En realidad, no es cierto. Hay poco de racional en el suicidio. El 40% se debe a trastornos mentales. En el 60% restante, aparecen factores y sintomas mentales de estrés.

Intenté explicárselo a un tipo que conozco, un progre de manual, que había pasado una temporada en Guatemala con una ONG tratando de ayudar a los aimaras en su lucha contra el gobierno que trataba de expropiarles sus tierras para construir presas o algo así. Me imaginaba a los aimaras en taparrabos y con camisetas de Unicef y a los del gobierno con pantalones caquis y fusiles con bayonetas. Dios sabe cómo pretendía ayudarles. Quizá enseñándoles a empoderarse, o a pintar pancartas o a realizar sentadas en plan 15M. En un sorprendente giro de los acontecimientos que, en realidad, no fue muy sorprendente y ni siquiera un giro, los tipos de las bayonetas ganaron y el de la ONG regresó a España desolado. "Allí hay muchos suicidios", me confesó. Le miré con el recelo que siente un descreído hacia la gente que abraza una causa y le pregunté por qué. "La vida es muy dura, la gente no puede alimentar a su familia", me aclaró. Le desafié. "Se suicida más gente en España". Era un farol, pero la discusión acabó como acaban todas las discusiones en el siglo XXI: con un vistazo al móvil. Resultó que tenía razón. España estaba en el puesto 59 de la lista mundial de tasa de suicidios y Guatemala, en el 85.

Me lo imaginaba porque hace un par de meses había entrevistado al presidente del Asociación de Psiquiatría de Galicia, un tipo calvo con gafas que solo movía la mitad de la boca al hablar, como si hubiera sufrido un ictus. Me cayó bien enseguida, en cuanto cargó contra sus compañeros de profesión que se convertían en gurús. "Nosotros nos dedicamos a curar patologías, no a decirle a la gente cómo tiene que vivir su vida", protestó. Estábamos en su despacho del hospital psiquiátrico de Oza y no paraban de llamar a la puerta cerrada con llave y a hacer girar el pomo. En aquel lugar, aquello me pareció siniestro. "¿Qué son? ¿Locos?". El doctor tosió. "Aquí no usamos esa palabra". Dejé de imaginarme a Napoleón, Leatherface y a Carry haciendo cola en la puerta y me concentré en las preguntas pendientes. El psiquiatra me contó que toda enfermedad mental tiene un trasfondo genético. "Ahora sabemos que no tiene nada que ver con si les dieron cariño de niños o no". La sicopatía, la sociopatía, la paranoia, la depresión, la bulimia... Todo estaba en la sangre, como una alergia o la diabetes. Se desarrolla intolerancia a la vida igual que a la lactosa, y se es propenso a la angustia existencial igual que a engordar.

Ante esto no queda más que endurecerse, como al gordo le queda hacer dieta o al asmático habituarse al ejercicio para no ahogarse y sofocarse. Había desentrañado el misterio que maravilla a todos aquellos que viajan de vacaciones a un país tercermundista y descubren la alegría que demuestra gente tan pobre. Resulta que cuando el estómago no hace ruidos nunca es la cabeza la que empieza a murmurar, y es mucho más difícil acallarla. "Ahora la gente no soporta los reveses, no se hacen guerreros de la vida", diagnosticó el psiquiatra. Parece que hacer la existencia más fácil solo sirve para ablandar a la gente hasta tal punto que cualquier problema les deja huella, enseñar a los niños a jugar sin marcador solo les impide aprender a perder o a ganar, crear espacios seguros solo genera ansiedad ante la idea de salir al exterior. Puede que la vida sea dulce, pero por eso mismo la medicina debe ser amarga.

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