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Jueves, 21 de Noviembre de 2019

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La Torre de la Queda y el ensanche de la calle principal del casco antiguo de Cuenca

Su campana marcó el devenir de la ciudad desde el siglo XV hasta que, ya en ruinas, fue derruida junto a las casas aledañas en la gran obra de remodelación de la calle Alfonso VIII a principios del siglo XX

Subida al Carmen antes del derribo de las casas para la ampliación y ensanche de la calle Alfonso VIII. /

José Vicente Ávila recata para el espacio Páginas de mi Desván, que emitimos los jueves cada quince días en Hoy por Hoy Cuenca, la historia de la desaparecida Torre de la Queda de Cuenca junto a las casas derribadas en la antigua Correduría, para hacer más ancha la calle actualmente denominada de Alfonso VIII.

'Páginas de mi desván' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

“La torre es la nariz de un barrio, es campanera voz de parroquia, atalaya de ecos tintineantes que se fijan en el aire como clavos agudos de las inquietudes más humanas. Una y una, y dos y tres torres y más, con su nariz oteante dan la pincelada aquí y allá, de un ambiente panorámico, de fisonomía ancestral no derrumbada por el pasado fijo del tiempo, rompiendo su capota acerada y saliendo airosa la veleta de la solitaria torre soleada, secular, constante del paisaje ambiente, que conmueve la sensación atávica de visión removida, como el tiempo quieto de un bonito hondo pozo al quebrarlo un roce de voz opaca”. Así escribía, Eduardo Zomeño, a modo de prólogo su Ruta periodística por las torres de Cuenca, en 1953, a modo de homenaje de las torres decanas de la ciudad. Pero en esa ruta faltaba una torre esencial, que no sólo marcaba la vida de Cuenca con sus toques, sino con sus señales horarias, era la Torre de la Queda que estaba situada en la zona que hoy conocemos como subida del Carmen y el muro de la calle Alfonso VIII, antes conocida como la Correduría, junto a la que entonces se levantaban viviendas, como se puede apreciar en diversos documentos gráficos, que llegaban hasta la misma plazoleta de El Carmen.

En 1909 el archivero-bibliotecario Rogelio Sanchiz Catalán, que fue el primer director de la Biblioteca Pública de Cuenca, desde 1899 hasta 1939, miembro de la Real Academia de la Historia, publicó un opúsculo o folleto de 16 páginas, incluidas las portadas, sobre La Torre de la Queda, con el antetítulo Notas históricas de Cuenca, dado que la torre, o sus restos, se iban a derribar con el ensanche de la antigua Correduría. En esa publicación, el archivero Sanchiz Catalán quería dejar testimonio de ese trozo de historia que iba a desaparecer, insertando una foto de cómo estaba en 1909, si bien también aparece la silueta entre las torres que resaltaban en el Casco Antiguo, como se puede apreciar en los dibujos de Anton Van de Wyngaerde de 1563 o de Llanes y Mesa de 1773.

Restos de la Torre de la Queda, grabado del folleto de Rogelio Sanchiz. / Biblioteca Nacional

El nombre de la Torre de la Queda tendría su función como toque de queda o similar. El toque de queda, que aún se impone en estados de excepción o revueltas en muchos países, tenía su razón de ser en la Edad Media en distintas poblaciones y ciudades fortificadas o amuralladas como Cuenca que tenía varias puertas como las de Valencia, San Juan, Huete y los postigos de la Hoz del Huécar. El toque se hacía con una campana, dos horas después del ocaso y anochecer, como toque de recogida, silencio, cubre-fuego, queda o reposo, teniendo además en cuenta la falta de alumbrado en las calles. Apuntaba Rogelio Sanchiz que “en Cuenca también existió dicha costumbre, y para colocar la campana con que hacer el citado toque, se construyó una torre en la que juntamente se instaló un reloj público. La expresada torre fue conocida con los nombres De la Queda, por sus fines; De la Ciudad, porque a ella pertenecía, y Del Ángel, ya porque ejerció una como tutela que miraba al bienestar y sosiego de los conquenses, ora porque tenía la imagen de un ángel pintada en una de sus paredes”.

En ese folleto de 1909 refleja donde estaba situada: “Todavía pueden verse los restos de esta torre: es la construcción que existe en la calle de Alfonso VIII, entre las casas número 48 –hoy convertida en solar—y 50, junto a la subida de la Plazuela del Carmen; y estando acordado el derribo de aquélla, por hallarse comprendida en el ensanche que actualmente se está haciendo en la indicada calle, es de interés, para la Historia de Cuenca, publicar el grabado que precede –y que reproduce el estado actual de la Torre—así como los datos que poseo referentes a ésta, antes que desaparezca y no quede el menor vestigio de ella”.

Cuando Sanchiz Catalán cita los números 48 y 50 de la calle Alfonso VIII, donde estaba la Torre de la Queda, se debe tener en cuenta que los números pares empiezan a la derecha de la bajada desde la ante plaza, que ahora hasta la esquina de Zapaterías figura el número 32. Esa numeración seguía con las casas existentes entonces frente a la Casa del Corregidor que aparece en añejos documentos, pues las viviendas, con hermosas fachadas y balcones y airosas y artísticas chimeneas, seguían hasta la curva y la actual subida del Carmen.

Se aprecian otras viviendas, derribadas en esos comienzos del siglo XX, en la que ahora es balaustrada de Andrés de Cabrera, y en una de ella se ve claramente el número 6. Esta calle se denominaba Cordoneros hasta que el 25 de julio de 1881 el Ayuntamiento le dio el nombre de Andrés de Cabrera, y en la misma sesión municipal se cambió el de Correduría o Correría por el actual de Alfonso VIII, es decir, hace 138 años. Anotaba Sanchiz en sus datos históricos: “La construcción de la torre, que antes del hundimiento de la casa 48 de Alfonso VIII presentaba extraño aspecto y oculta finalidad, además de estar empotrada por tres de sus cuatro costados, completamente lisos, que carecen de puertas y ventanas, se comprende perfectamente, pues son los restos de una torre, cuya puerta de entrada, hoy tapiada, aparece a unos cuatro metros sobre el nivel actual de la calle, altura a que debió quedar por consecuencia de las grandes rozas efectuadas en las principales vías de la ciudad, durante los años 1771 a 1777.

Calle Alfonso VIII, hacia 1910. / Archivo José Vicente Ávila

Dicha puerta corresponde a la pared del costado izquierdo del grabado, cuyo muro era el único visible antes del hundimiento de la precitada casa. Los restos de la torre miden actualmente 14 metros de altura, 7,70 de ancho y 6,30 de fondo, y es una sólida construcción de cal y canto que, a pesar de estar abandonada, se conserva perfectamente y sin indicio alguno de ruina”.

La torre de la Queda, con su reloj, marcaba la vida de la ciudad, antes de que lo hiciese la de Mangana. Apunta el citado archivero que el rey Don Juan II instituyó la figura del Corregidor, cargo que en Cuenca se creó hacia el año 1480, es decir, un siglo antes de que otro corregidor, Don García Busto y Villegas, pronunciase el famoso Pregón de institución de la fiesta de San Mateo. Era obispo de Cuenca fray Alonso de Burgos, y en esa época de 1480 “data la implantación de toque de la queda y la construcción de la torre necesaria para instalar la campana”. También las campanas de la Torre del Giraldo de la Catedral, con su reloj, cumplían esa misión para imponer el silencio a la hora que se cerraban las puertas de la ciudad. Pasarían poco más de treinta años para que en la atalaya del barrio judío y árabe se levantase la Torre llamada de Mangana, de forma cuadrada en su remate, que iba a competir en avisos y toques de aviso con la cercana Torre de la Queda. Al efecto, Juan Giménez de Aguilar escribía en septiembre de 1915, en el artículo titulado Mangana, sobre los toques de la campana del reloj de la entonces vetusta torre de Mangana:

“Otra campana del mismo alcázar, emplazada en la “torre de la Queda”, estaba encargada de regular la vida de la ciudad iniciando con monótono ritmo los toques del alba, mediodía, de oración y cubre fuego, que repetían otras campanas”.

Procesión de comienzo del siglo XX por Zapaterias y Carmen, junto a la Torre de la Queda. / Facebook Descubriendo Cuenca

Eran campanas cercanas de torres como las de San Juan, San Andrés, El Salvador, Santo Domingo, San Vicente y San Esteban, situadas entre el dédalo de calles que van desde Alfonso VIII hasta Santa Lucía. La Cuenca Alta, como se puede contemplar en los dibujos de Wyngaerde o Llanes y Mesa, de los siglos XVI y XVIII, estaba plagada de torres de iglesias o conventos, o torres del reloj como la de la Queda o Mangana. A las que hemos citado hay que añadir la torre de la Catedral, San Pedro, San Gil, San Martín, Santa Cruz, San Francisco, San Antón y alguna otra ermitaña.

¿Hasta qué época mantuvo su función la Torre de la Queda? Resalta el archivero Rogelio Sanchiz en sus notas históricas respecto de la Torre de la Queda, escritas casi sobre la marcha ante el inminente derribo de los restos que quedaba, que “vino usándose el toque y funcionó el reloj hasta el año 1728, en que el Ayuntamiento, según actas de 26 de junio y 3 de julio, cedió en depósito la campana y reloj al convento de frailes de la observancia de San Francisco para que lo instalasen en la torre de su iglesia, con la obligación de tenerlo corriente y de tocar la campana en las funciones reales y siempre que lo hiciera la de Mangana”.

Casas en Andrés de Cabrera. / Arquitecturas de Cuenca

La campana y el reloj quedaron instalados en el convento de San Francisco, que treinta años después pasó a convertirse en parroquia de San Esteban, debido al deterioro de la iglesia del mismo nombre que existía junto al convento de las Bernardas, frente al Cristo del Amparo. El 22 de noviembre de 1852 se dijo la primera misa en la nueva parroquia de San Esteban, entre los muros de San Francisco, con el volteo de la campana de la Queda. En 1960 se derribó esta iglesia, cometiéndose por tanto uno de tantos errores urbanísticos que han hecho desaparecer de Cuenca históricos edificios.

Los restos de la Torre de la Queda desaparecieron en la primera quincena del siglo XX. En enero de 1910 la prensa de Cuenca celebraba que el Ayuntamiento ya tuviese presupuesto para las obras del ensanche de la calle de Alfonso VIII, que ya se había iniciado, pero se habían parado por falta de medios, pues “con los derribos ya realizados se ha convertido la calle en depósito de basuras, mezcladas con los escombros, y en todo el trayecto del ensanche, ni las casas que han de ser derruidas están en condiciones habitables, ni las próximas ganan nada con el actual estado de cosas”. Según cita José Luis Muñoz en su callejero conquense, la subasta para el derribo de la Torre de la Queda se anunció en noviembre de 1909.

Las obras del ensanche de Alfonso VIII, tanto por el derribo de viviendas como de construcción del muro de Andrés de Cabrera, y parte del muro de Alfonso VIII hasta la subida del Carmen, duraron seis años.

Torre de la Queda o de la Ciudad como también reflejaba Muñoz y Soliva en su Historia de Cuenca. Parece ser que algunas de las piedras y sillares de la Torre de la Queda sirvieron para realizar el muro de Alfonso VIII donde antes había casas. Apuntaba Miguel Ángel Troitiño en “Arquitecturas de Cuenca” que “las obras culminaron en 1916 con la construcción del muro de contención de Zapaterías; aquí se perdió un importante elemento arqueológico al cubrirse lo que fuera la Torre de la Queda”, si bien puede quedar como mal menor, añado, que algunos de esos sillares puedan estar en ese muro, si nos fijamos en sus formas y tamaños. ¡Ay si las piedras hablaran!

El ensanche de la calle Alfonso VIII

Como bien recoge Troitiño en la citada Arquitecturas de Cuenca. El Paisaje Urbano del Casco Antiguo, en 1860 la Ciudad Alta tenía un total de 710 edificios, 17 destinados al culto, sólo uno de carácter industrial, 15 de uso público administrativo y 677 residenciales, y añadía que la relación entre los 677 edificios residenciales, las 885 viviendas y las 840 familias demuestran el carácter unifamiliar de la mayor parte de los edificios. Incluso destacaba en la calle Zapaterías una gran casa o casona, que asomaba a la calle Alfonso VIII, como se aprecia en varios documentos, uno de ellos de 1905 cuando el rey Alfonso XIII visitó Cuenca y descendía en carroza por la antigua Correduría y la casa aparece con sus balcones engalanados. Sobre el nuevo muro y balaustrada de Andrés de Cabrera frente a San Felipe y Alfonso VIII se fueron plantando enredaderas para darle verdor al frío muro como se hizo con las rocas de los cerros de Cuenca plantando pinares. Incluso en 1957 aún hubo que derribar un cerrete en el final de Andrés de Cabrera para alinear el muro y la bajada de las escalinatas superiores con su barandilla o balaustrada.

La comitiva del rey Alfonso XIII descendiendo por la calle Alfonso VIII. Se aprecia casa en Zapaterias. / Archivo José Vicente Ávila

El muro de Andrés de Cabrera y Alfonso VIII sufrió desperfectos hace varios años y hubo de ser renovado con piedra amurallada y sin hiedra, a la altura del arco de entrada al aparcamiento subterráneo. El muro… y la muralla del Carmen que apareció cuando derribaron las casas allí existentes. Ya escribí en 2008 que “en aquellos años de acoso y derribo del Casco Antiguo, se taparon piedras, sillares y muralla, que ahora van apareciendo en las rehabilitaciones”. Pues bien, antes del hundimiento del referido muro, en 2012, publiqué este texto dos años antes en El Tin-Tan de Mangana, que era como un aviso:

“La ciudad, que ha soportado fríos, nieve y lluvia de este invierno puro y duro, ofrece en sus rocas y muros, en sus voladizas casas de la Hoz, esa imagen de fría sensación invernal que quiere despertar tempranamente a la primavera en cuanto aparecen los rayos de sol, tras acusar los rigores de la gélida estación.

Esa sensación se percibe en el descenso por la calle de Alfonso VIII, la antigua Correduría, cuando la calle se ensancha entre San Felipe y Andrés de Cabrera, y el viejo muro ofrece las heridas del tiempo, como una puñalada zigzagueante, que le ha abierto sus carnes pétreas.

La hermosa hiedra que cubre la balaustrada desde la década de los cuarenta, ha tenido que ser cortada, como cuando se rasura el vello del cuerpo para curar las heridas. Esta desnuda imagen que ofrece parte del muro de Alfonso VIII y Andrés de Cabrera viene a recordar un poco lo que empezó a ser la Correduría cuando las casas se apiñaban en dédalo de callejas, entre Alfonso VIII, El Carmen y Andrés de Cabrera”.

Pues bien, si decíamos que las obras del ensanche duraron seis años y pico, las del muro de Alfonso VIII se nos fueron casi a tres años y medio, con sus días, sus noches y sus desfiles de Semana Santa. Como dice la sabiduría popular en otro sentido, “torres más altas cayeron”, pero la Torre de la Catedral se hundió tras previos avisos y la torre de la Queda, que hemos querido hoy recordar, se derribó en esta Cuenca tanta veces reedificada en algunos de sus monumentos o edificios singulares.

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