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Martes, 12 de Noviembre de 2019

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La despoblación, un reto para valientes

Atajar la emergencia en la que viva ya buena parte del medio rural necesita políticas responsables pero valientes, capaces de arriesgar soluciones imaginativas asumiendo que puede haber errores y ciudadanos que, sin dejar de vigilar y exigir el cumplimiento de derechos, permitan aplicar nuevas estrategias venciendo el miedo del cambio

Es demasiado el tiempo que llevamos escuchando y hablando sobre la forma de afrontar la despoblación sin que podamos anotar apenas avances, incluso con la frustración de que el fenómeno se extiende sin antídoto eficaz. Pero en los últimos tiempos están apareciendo algunas voces que abogan por cambiar de perspectiva y de estrategia. Eso sí, arriesgando y no sin polémica.

Pero es que los datos, en ocasiones, son llamativos: mientras que, por ejemplo, Diario de Burgos cuenta estos días que más de la cuarta parte de las plazas de guardería del medio rural están vacantes, el presidente de la Junta prometía mantener escuelas abiertas en el medio rural con solo tres alumnos. Seguimos pendientes de una reorganización de la atención primaria cuyos recursos dedicados al medio rural superan en efectivos los del medio urbano, incluso por encima de lo que marca una ley de los años ochenta del siglo pasado que no está puesta al día. Y cuando los actuales gestores, muy tímidamente se han atrevido a poner el asunto sobre la mesa, a lo que asistimos es a una avalancha de críticas que no aporta más alternativa que mantener lo de siempre. Percibimos, por el contrario que de esos mismos poderes, que no se atreven a cambiar estrategias que no funcionan, dedican escasos esfuerzos en la mejora del acceso a la tecnología de la comunicación, de la actualización digital, o de la incentivación del empleo rural quitando trabas y ofreciendo facilidades, simplemente.

¿Y no será que la cantidad de medios con los que se está intentando, inútilmente, a tenor de los resultados, contener una hemorragia que no cesa es un derroche que debería emplearse en renovar la estrategia, apostar por algo nuevo, no solo que mantenga, sino que atraiga? Ese cambio de perspectiva es arriesgada, tiene un coste y efectos secundarios. Y hay que cuidar con mimo a quienes pueden sentirse perjudicados para que no sean víctimas colaterales, pero sin olvidar que garantizar los mismos derechos a todos, a los mayores y a los jóvenes a quienes viven en el medio rural y quienes viven en el urbano, no significa tratar a todos igual, sino ofrecer a cada uno la solución que necesita a sus necesidades. Un trato idéntico no garantiza ni mucho menos la equidad, sino en ocasiones todo lo contrario. Para ello hay que racionalizar recursos, y apostar por la eficacia. Y eso exige cambios que al principio pueden parecer negativos. Porque cerrar consultorios, cerrar escuelas, no es positivo en sí mismo, por supuesto, pero el análisis debería llevarnos más allá y ponerlo en contexto haciendo balance entre perjuicio y ganancia: analizar si esas mismas personas, inicialmente perjudicadas, pueden encontrar mayor beneficio en las contrapartidas, y si la alternativa propuesta es mejor. Eso sí, sin una pizca de ingenuidad, con garantías razonables y sobre todo creíbles.

Claro que arriesgar soluciones nuevas puede implicar equivocaciones. Pero es que lo de siempre no ha funcionado, es que es necesario cambiar, con las máximas garantías, con el máximo compromiso con las personas. Porque la situación, si no lo es ya, está cerca de ser una emergencia.

Sin embargo la experiencia también demuestra que el poder suele tender más al populismo que a la eficacia. La sensación que da desde fuera es que la administración parece más interesada en aplicar cuidados paliativos que en mirar hacia el futuro, en que no le critiquen por modificar lo que hay, aunque ya no funcione, aunque sea solo mantener la nostalgia del pasado, que en apostar por medidas realmente eficaces que se adapten a un escenario nuevo, que probablemente exigirá medidas impopulares, pero en las que está comprometido el futuro. Porque los cambios siempre cuestan, especialmente cuestan votos. Y vivir en una constante campaña electoral no ayuda en absoluto.

Hacen falta políticos con coraje y ciudadanos generosos y que en ambos casos apuesten por el bien común y no por los intereses partidistas en un caso y particulares en el otro. Es difícil, pero no imposible.

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