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Lunes, 25 de Mayo de 2020

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la onda incendiada

Kike

Tiene una sonrisa de pillastre y unas gafas de rompetechos que son incapaces de tapar el brillo diamantino en sus ojos siempre nuevos. Lo llamaré Kike, pero podía ser Fátima o Raúl.

Allí está cada día este año, como tantos otros, cuando vuelvo a abrir la puerta de un primero de la ESO y a encontrarlo con otros alumnos de esos que metemos en la etiqueta de especiales y a los que la semántica burocrática bautiza como ANCES o ACNEES. En esta nómina entran desde alumnos con discapacidades físicas o psíquicas severas hasta inmigrantes con dificultades en el idioma o simplemente excluidos con estampas familiares que sangran cada día. Es decir, un cajón de sastre donde cabe todo y no se cuida nada.

Digo esto porque muchos días vuelvo para casa, como muchos compañeros de la tiza, dándole vueltas a la perola y pensando qué puedo hacer, qué más y mejor puedo hacer, para atender a la educación de estos Pedros, Kikes y Fátimas. Y también renegando, para qué les voy a engañar, de esta administración que recorta medios para atenderlos, que les niega refuerzos y especialistas suficientes, que les regatea horas de apoyo, que no da ninguna formación a los que cada día hacemos malabares en el aula, con ellos y con el resto de la tribu, que maquilla los registros oficiales para no bajar las ratios.

De las muchas tropelías que se cometen con la escuela es esta una de las más lacerantes porque se ceba con los más débiles, con los más indefensos, con los que más precisan el apoyo constante. Y porque eso es la esencia de la escuela pública, esa que siempre está, la que nunca cierra las puertas a nadie y menos a Pedro, a Fátima y a Kike, que hoy no me ha traído los deberes y le voy a tener que cortar las orejas, aunque luego a ver qué hacemos con esas gafas tan molonas.

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