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Viernes, 28 de Febrero de 2020

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Empatía

Comentario inicial de David Perdomo, en el 'Hoy por Hoy Las Palmas' del 30 de octubre.

Las Palmas de Gran Canaria

Esta mañana un pequeño sobrecito de azúcar me hizo reflexionar. Era el típico sobre con una cita famosa que suelen dar en la cafetería. En este caso la de un escritor que en su momento dijo: "La empatía es como dar a alguien un abrazo psicológico". Un pedazo de frase que me hizo reflexionar y que me despertó incluso más que el cortado. Me quedé mirando al horizonte y la casualidad quiso que en la tele de la churrería estuvieran hablando de una de esas noticias donde la empatía brilla por su ausencia. El rescate de un cayuco con 33 personas, de las que 4 murieron y una desapareció.

La frase del sobrecito de azúcar nos viene perfecta para los tiempos en los que vivimos, porque más que nunca nos cuesta ponermos en la piel del otro, sobre todo cuando esa piel es más oscura que la nuestra. Y por eso, con mi café en la mesa, intenté imaginarme cómo se sintieron esas personas que hace unas semanas se embarcaron en uno de los viajes más peligrosos que existen.

Intenten ahora hacer el mismo ejercicio que hice en la cafetería. Imagínense que hace unos días se subieron a un cayuco, una pequeña embarcación, preparada como mucho para pescar cerca de la costa, que navega completamente llena. Viajan con otras 30 personas más, a cada cual más asustada. Además del miedo tienen algo en común: todas huyen de algo. Del hambre, de la guerra, de la pobreza... Todas esas personas buscan una vida mejor en ese viaje en el que paradójicamente se juegan su vida.

Imagínense que ese sonido del motor que empuja el cayuco se queda mudo. No responde. No saben si se ha roto, se han quedado sin combustible... la única certeza que tienen es que ya no funciona. Hace tiempo que dejaron de ver tierra y si miran a su alrededor sólo ven el sol, el cielo y la inmensidad del mar. Ahí, en mitad de la nada, ahora el cayuco parece incluso más pequeño que antes. Ahora, aunque el océano está en calma, cualquier movimiento del agua parece una tormenta. Sin sombra, ahora el calor es asfixiante de día. y de noche la humedad del mar es insufrible. Imagínense esta agonía, sin saber cuánto va a durar. Imaginen que desde hace tiempo uno de sus compañeros de viaje no se mueve y otro ha desaparecido en el mar. A la vez que se acaba la comida y el agua, se van quedando también sin esperanza.

Imagínense que están así durante dos semanas. Hasta que un gigante del mar les socorre. Han tenido suerte, saben que el Atlántico ha engullido otros cayucos como el de ustedes sin que nadie lo supiera. Llegan a tierra, a duras penas, donde por fin son atendidos. Imaginen cómo se sentirían. Seguramente tendrían unas ganas inmensas de decirles a los suyos que están bien aunque ni siquiera saben si esto es verdad, ni siquiera saben dónde están. Han llegado a ese lugar donde creían que la vida les sería más fácil pero donde nada más pisar tierra les tratan como delicuentes. Imaginen cómo se sentirían, que les traten como un criminal por el simple hecho de buscar una vida mejor. Que nadie llame al familiar de los muertos, que ni siquiera vayan a buscar a ese compañero de viaje desaparecido. Imaginen cómo se sentirían si no les tratasen como a una persona.

Un anuncio de la tele me hizo volver a mi realidad. Se me había olvidado hasta el cortado imaginando tanto sufrimiento. Es curioso que al ponerme en la piel de esas personas la mía se me puso de gallina.

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