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Viernes, 24 de Enero de 2020

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Mi abuela Fefa

Comentario inicial de David Perdomo, en el 'Hoy por Hoy Canarias' del 1 de noviembre.

Las Palmas de Gran Canaria

No sé si soy tan influenciable o ha sido pura casualidad, pero estos días, con tantos carteles anunciando los Finaos o Halloween, mi mente ha viajado al pasado. Todo empezó el pasado lunes. Cuando estaba esperando a la guagua, en la parada estaba sentada una señora acompañando a su nieto que iba al colegio. El niño jugaba con una maquinita y ella lo miraba con esos ojos de enamorada hasta las trancas que tienen las abuelas y abuelos cuando miran a los hijos de sus hijos. Hizo un gesto con el que mi cerebro comenzó a viajar a mi infancia. Se mojó el dedo pulgar con un poco de saliva y le quitó alguna mancha que tendría su nieto en el cachete. '"Ay, quita abuela'", le dijo el niño. Ella lo ignoró y no paró con su particular limpieza hasta que se quedó contenta.

A su nieto le escachó el cachete con el pulgar pero a mí, sin saberlo, aquella señora me tocó el alma. Con ese gesto me hizo recordar a mi abuela Fefa, que casi a diario, para ir al cole, arreglaba cualquier desastre que me hubiera hecho en mi ropa o en mi cara y yo, por supuesto, me quejaba. Podríamos decir que mi abuela Fefa, o Fefita como la llamaban sus amigos, era la típica abuela canaria. Mujer grande, rubia y con algo de barriga. De ella heredé mi pasión por la comida. A ella también le encantaba comer, por eso, el miércoles, el bar al que fui a almorzar también me la trajo a la memoria. El pedazo puchero de papas que me sirvieron no estaba tan bueno como el que ella me hacía pero, eso sí, el plato estaba igual de lleno que los que me ponía en la mesa.

Ayer jueves fue la radio la me trajo de nuevo a mi abuela. Ella era superfan de Manolo Escobar. Nada más escucharlo se ponía a cantar como si no hubiera mañana. Fefita era una de esas mujeres que se agarraban a la mínima alegría para montar una fiesta. Le encantaba bailar, reir y cuidar de los suyos. No sé si en ese orden pero lo que tengo claro es que allá donde fuera Fefita la gente lo sabía. Por eso, cuando un cáncer nos la arrebató todos en mi familia lo notamos. La casa era más silenciosa de lo normal, los pucheros ya no sabían igual y hasta mis cachetes echaban en falta sus pulgares.

Hoy de camino a la radio me volví a acordar de ella. Un hombre con un ramo de flores iría de camino al cementerio. Mi abuela Fefa siempre decía que cuando muriera no quería flores, que los detalles se los diéramos en vida. Lo curioso es que ella me dio tanto que hasta los pequeños detalles me siguen recordando a ella pese al paso del tiempo. Es la grandeza de la memoria, que hace que los que ya no están sigan vivos en nuestros recuerdos.

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