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Jueves, 02 de Julio de 2020

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Las preguntas sin responder de Madre

Contundente inauguración del Festival de Cine de Sevilla con lo nuevo de Rodrigo Sorogoyen

Marta Nieto y Rodrigo Sorogoyen, durante el rodaje de Madre

Marta Nieto y Rodrigo Sorogoyen, durante el rodaje de Madre / Manolo Pavón

Madre empieza y termina con una llamada telefónica. Y entre todo lo que pasa entre una llamada y otra hay muchas cosas que nunca sabremos. Rodrigo Sorogoyen habla en su largometraje, que primero fue un corto, de la angustia de la desaparición. La que lleva a no saber, a no cerrar, a no terminar nunca. ¿Por qué si una madre no sabe nada de su hijo el espectador sí tiene derecho a saberlo? Qué mejor manera hay de hacer entender la desesperación y el trauma que sufre la protagonista que dejando al espectador con más preguntas que respuestas. Ese es, sin duda, el gran acierto de Madre, la película que ha inaugurado el Festival de Cine de Sevilla.

Madre fue también el título del cortometraje con el que Sorogoyen fue nominado al Oscar. Y se contiene íntegramente en el largo. Elena regresa de unas compras con su madre al piso en el que vive sola con su hijo Iván, de seis años. Pero Iván no está. Ha ido con su padre, Ramón, el ex de Elena, a hacer un viaje por el País Vasco y el sur de Francia. Elena recibe una llamada. Es Iván. Está solo, su padre se ha ido a cogerle un juguete, no hay nadie más en la playa, pero, de pronto, ve un hombre acercándose. Elena, y con ella el espectador, asiste con impotencia al peligro acechante, a la batería que se acaba, al miedo del niño, al desconocido que se le aproxima... hasta que el teléfono se apaga. Así terminaba el corto y así empieza el largometraje.

En realidad, el largo empieza con la primera y más importante elipsis de la película. Elena está en una playa de Francia, pero han pasado diez años desde aquella primera llamada. Y todo lo que ha ocurrido en esta década se lo tiene que imaginar el espectador. Sorogoyen y la coguionista Isabel Peña, autores de ambas madres, la corta y la larga, querían continuar la historia, pero no hacerlo para aclarar el destino de ese niño, que hubiese dado a un posible potente thriller, género que ya habían probado en su anterior y exitosa película, El Reino.

"Queríamos recorrer otro camino", ha explicado en la rueda de prensa del festival Sorogoyen. Peña reconoce que le habría dado pereza escribir un thriller. Ambos estuvieron de acuerdo en el tono y el planteamiento. "Hablamos cientos de horas sobre lo que pudo haber pasado y ocurrió, pero después decidimos desmarcarnos del thriller, sumergirnos en un personaje, bucear en ella y buscar todas las emociones que vinieran desde ese trauma que es que te desaparezca un hijo", ha señalado Peña.

Marta Nieto, soberbia en los matices de un dificilísimo personaje, era consciente de que la Elena del corto y la Elena del largo exigían dos interpretaciones completamente distintas, porque esa mujer ya no era la misma persona diez años después. Y toda esa elipsis de una década está reflejada en su manera de hablar, de caminar y de mirar. No es fragilidad. Es la fortaleza de alguien que sigue en pie a pesar de estar gravemente herido.

El personaje de Elena, que habita ahora en el sur de Francia, el lugar donde pudo perderse su hijo, conoce un día en la playa a Jean, bien resuelto por el joven actor francés Jules Porier, un adolescente de la misma edad que podría tener Iván. Entre los dos, surge una intensa relación que marca la trayectoria de la película, sin escarbar en el morbo del encuentro entre una adulta y un menor, y que sirve para explosionar a una mujer que estaba totalmente a la deriva, que, hasta ese momento, dejándose arrastra por la resignación.

Elena está a punto de marcharse de la playa francesa y regresar a España con su nueva pareja, interpretado por Álex Brendemühl. "Él me ha ayudado mucho", le defiende Elena en algún momento de la película. Se nota que está agradecida, pero no enamorada. El personaje de Brendemühl debía ser positivo, pero resulta antipático. Es un hombre cariñoso, servicial y entregado a una mujer dañada, a la que desea salvar. Ese hombre quiere cuidarla. Pero ella no quiere que la cuiden. Ella quiere cuidar.

La trama avanza a ritmo lento, acompasado con las olas que van y vienen, con un mar que es también personaje, porque es testigo, cómplice y amenaza.  Hay más personajes, que quizá más que angustia, aportan confusión, como la familia de Jean. Y otros, inesperados, que inquietan, indignan y resultan fundamentales, como Ramón, ese padre que dejó solo a Iván. A medida que avanza, no se va el desasosiego, no se reduce la angustia. No hay búsqueda de camino fácil en esta película. Al contrario, el personaje de Elena incomoda porque no hay forma de ayudarla. Porque está perdido, como el espectador intentando encontrar respuestas.

"Para mí como actriz las elipsis de la película son como entrar en un lugar frondoso. Ha sido un reto enorme entender qué es la desaparición, qué supone una pérdida, que puede llegar a ser peor que una muerte. No cierras el duelo, te hace imaginar constantemente lo peor. También desear con esperanza lo mejor. Es un limbo, una tortura", describe gráficamente Nieto. "Es un papel en el que me ha costado mucho entrar y también del que me ha costado mucho salir", ha añadido.

Sorogoyen y Peña han construido una historia a base de tijeretazos. "Nos sentábamos a escribir escenas y nos dábamos cuenta de que lo mejor era quitar diálogos, trozos y escenas enteras porque era mejor que el espectador no supiera determinadas cosas", ha relatado Peña. Y en esos saltos, en esos diálogos que no resuelven, en esas frases que dicen cosas que no dicen nada, en ese coche donde hay besos pero no sabemos qué ocurre al final, en esas llamadas telefónicas que no aclaran sino que añaden misterio está la grandeza de Madre. Frente a la convencionalidad de un misterio resuelto, el espectador comprende aún mejor el drama de alguien que se lo pregunta todo, pero al que nadie responde.

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