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Domingo, 23 de Enero de 2022

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Pasar página

En principio, no tenía que entrevistar a Arturo Pérez-Reverte. Yo me dedico a los sucesos y no suelo tratar con celebridades, pero el redactor responsable de Cultura estaba ocupado y no había podido concertar una entrevista, así que se trataba de abordarlo sin más y, por otro lado, la compañera que debía acudir aquel día a la librería Arenas tampoco estaba por la labor. Objetó que nunca había leído ninguno de los libros de Reverte y que, además, el tipo le imponía un poco. Es comprensible, claro. No solo porque se trata de un famoso excorresponsal de guerra, novelista y académico de la lengua, sino porque tiene un carácter más bien seco. No parece murciano, sino de ahí arriba, de Aragón, de Navarra o del País Vasco, o de cualquiera de esos sitios de mucha renta per cápita y pocas palabras.

Había otro motivo por el que nadie en la redacción quería acercarse a Reverte: resulta que hace dos décadas, alguien había recogido unas declaraciones del escritor, que había dicho algo así como "Prefiero un terrorista honrado a un político corrupto". Una de esas frases que se sueltan sin más, solo para enfatizar la importancia de la honradez. A fin de cuentas, todo el mundo desprecia a los políticos hasta tal punto que se puede decir casi cualquier cosa de ellos sin que nadie salga en su defensa. En el espectro de la consideración pública ocupan el extremo opuesto a, digamos, los niños con cáncer. Pero el caso es que en el titular del periódico la frase se acortó y se leía que Reverte prefería "un terrorista a un político". La réplica que el autor hizo en su columna semanal llevaba por título "Me toca los cojones": En honor a la verdad, Reverte insinuaba que la culpa debía haber sido del redactor jefe (lo que demuestra su experiencia en esto del periodismo) pero el caso es que habíamos dejado mal cartel.

Me ofrecí voluntario para la redención, así que cuando llegó a la nueva librería Arenas en un día de llovizna, era yo el que estaba esperándolo en la acera. Salió del taxi enfundado en una gabardina, con un sombrero fedora y una bufanda, flaco y correoso. Parecía un detective salido de una de sus novelas de Falco y cuando sonreía, sus profundas patas de gallo parecían tragarse sus ojos. La gente que esperaba agolpada en la entrada se arremolinó en torno a él, rodeándole como una bandada de palomas. Es curioso cómo reacciona la gente cuando está presente una persona famosa que admira. Es verdad que también se hallaba allí el exalcalde, Paco Vázquez, con su panza y su traje, y su forma grandilocuente de hablar con la cara congestionada que le dan pinta de personaje de película de Marcello Mastroianni, (el propietario, Manuel Arenas, había tirado la casa por la ventana para convertir la inauguración en un acontecimiento). Y en cualquier otro momento, Vázquez habría sido el centro de la atención, pero no podía competir con la expectación que generaba Pérez-Reverte, que corría serio peligro de contraer mononucleosis por vía anal.

Cuando tomó la palabra, el gran novelista rompió a hablar sobre su enorme biblioteca de 8.000 volúmenes, sobre cómo disfrutaba pasando las páginas de los libros, sobre cómo le gustaba viajar en un barco pirata para volver cargado de tesoros, y de cómo un día no muy lejano (25 años, calculó), aquella librería recién inaugurada se convertiría en una lugar extraño, a donde solo acudirían los frikis, que serían los únicos que sabrían apreciar la palabra escrita. Tuve una visión de clientes con gabardina con los cuellos subidos entrando en un local polvoriento y sombrío, como si las librerías del futuro estuvieran abocadas a ser las sexshops del pasado con un pequeño Bastian que nunca había tocado el papel correteando en un busca de la Historia Interminable. Reverte hablaba en un tono que denotaba una tranquila seguridad en sí mismo, propia de un hombre que había navegado en alta mar y pisado campos de batalla. Sus palabras precisas, concisas, te retrotraían a una época dorada, llena de novelas de Julio Verne y Emilio Salgari, de anuncios de Malboro en la tele, de antes de que se descubriera que la masculinidad es tóxica.

Le abordé cuando bajaba de visitar el piso de arriba. Le faltaban dos escalones cuando le apunté con la grabadora. Me identifiqué y le sugerí que respondiera a algunas preguntas. Reverte me miró con desconfianza pero no pareció recordar aquel incidente de hacía ya 20 años. "¿Preguntas sobre qué?", quiso saber. Me hice el inocente y me encogí de hombros: "De literatura, de historia...". Cedió y me permitió entrevistarle durante cuatro minutos de reloj. Justo lo suficiente como para cubrir una página. No voy a decir que me sintiera como un pirata regresando de la Isla del Tesoro, pero es que no todos somos Pérez-Reverte. Yo había ido a pescar una entrevista y lo había conseguido. Y lo más importante: había conseguido pasar página.

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