Jueves, 06 de Agosto de 2020

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Espido Freire nos acerca en sus 'Últimas Páginas' a "Platero y yo"

Repasamos la obra de Juan Ramón Jiménez con Espido Freire

 

Abrimos hoy la página no por un libro, sino por una de las anécdotas de Galdós, que sé por un texto de la periodista Carmen Ibarlucea: el momento en el que el canario, reconocido amante de los animales, rescató una corderita de la finca toledana La Alberquilla, que pertenecía a su amigo Sergio Novales. La corderita era negra, con lo que su destino como oveja lanera se presentaba igualmente oscuro, y Galdós se la trajo a su casa de Alberto Aguilera, número 70, la llamó Mariucha, la crió a biberón, y cuando se convenció de que el barrio de Argüelles no era el mejor sitio para una ovejita, la devolvió a La Alberquilla con los gastos ya pagados de por vida, y el compromiso de recibir noticias de ellas a menudo.

Desconocemos si Galdós, que adoraba a los perros, a los gatos, y que salía a la calle con migas en los bolsillos para alimentar a los pájaros, visitó a San Antón con Mariucha, el 17 de enero de ese año para pedirle la bendición sobre la ovejita negra. Lo imagino con su aspecto de buen hombre, en la cola ante el santo, como si formara parte de un aspirante a salvarse en el Arca de Noé.

Pero quizás sea Juan Ramón Jiménez el autor español que asociamos más estrechamente con los animales, con permiso de Samaniego. Su Platero, ese burrito pequeño, peludo y suave, parece trotar eternamente por Moguer, por esas calles blancas en las que la perspectiva engaña y parece la iglesia, mirada de cerca, la Giralda vista de lejos.

Desconozco si los oyentes saben que Juan Ramón vivió largo tiempo en Madrid: llegó a los diecinueve años, con su Ninfeas bajo el brazo. Alternó en esos primeros tiempos desgracias y los primeros ingresos psiquiátricos con momentos con alegrías, romances, la publicación de sus versos y la amistad con la escritora María de Lejárraga. Echen una ojeada a las fotografías del Juan Ramón de entonces, y quizás se lleven una sorpresa: guapísimo, con un bigotito a la moda, y una arrebatadora languidez, nada tiene que ver con el aspecto demacrado y quijotesco que presentó en su edad madura.

En esos años, 1902, 1903, Juan Ramón vivió en el domicilio del doctor Simarro, en la calle General Oráa, que era entonces un descampado con un bosquecillo de chopos cercano al Palacio de Lázaro Galdiano. El doctor, neurólogo destacado, había construido una casa que, a decir de los contemporáneos, contaba con una riquísima biblioteca, campo de tenis, calefacción por vapor y y cuantas coqueterías y refinamientos son aquí corrientes. No hay mayor sueño para un hipocondríaco que vivir en casa del médico: y el culto doctor, que mimaba y atendía al Poetita, disfrutó sin duda de la exquisita sensibilidad del joven, tan irritante y aterrado, tan vulnerable y genial.

Mas adelante, entre 1929 y el inicio de la guerra, Juan Ramón, casado con Zenobia, vivió no muy lejos de aquella mansión, en el número 39 de la calle Padilla, una casa palacio firmada por Bernardo Giner de los Ríos. Una placa recuerda que allí vivieron. Al estallar la guerra, el matrimonio, con se exilió: cuando Madrid cayó en 1939 recibieron en Miami la noticia de que su piso había sido asaltado, sus libros, robados y los manuscritos de ambos destruidos. Es un feo recuerdo, y seguro que, como yo, prefieren quedarse, en esta ultima página, con el dulce Platero.

Espido Freire

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