Boulevard Porvera
Rafael Benítez Toledano

Jerez de la Frontera
Entre la puerta del Nacional y el escaparate de Arroyo se ha creado un microclima de naftalina y alcanfor protegido por el polvo y las telarañas de otro siglo. En este pequeño hábitat de sombra, de apenas 40 metros, conviven señoritos mollatosos, bohemios de medio pelo, conserjes de punta en blanco y chinos de Chamberí.
Ya casi no piso la que fue mi calle, la Porvera es ya una sucesión de pérdidas: el kiosko y La Cepa ya no existen, Paco y Benicio se fueron al cielo ese de los xerecistas irredentos; con ellos también marcharon Eugenio, Tomi, Rafa el Loqui y aquel Petit Cabrón de lengua viperina que regentó el tabanco de Escuelas donde gastaban tertulia Manuel Morao, el Chirri y el tratante Luis Chica, que también se fue a venderle a San Pedro una finca a la salida del Calvario. Y se negó tres veces.
Un poco más allá de la farmacia de Susana, a la altura de los ciegos y el colegio donde fui niño, cien años de cosquis en el cogote y mil kilos de ensaladilla del Loyola nos contemplan.




