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Espido Freire relata las aventuras de Rubén Darío en Madrid, en 'Últimas Páginas'

El poeta nicaragüense participó en tertulias y conversaciones con escritores y políticos, encontró el amor en el Campo del Moro y se convirtió en embajador de Nicaragua en Madrid

 

Abrimos hoy la página en el día de agosto de 1892 en el que Rubén Darío, que había llegado por mar a Santander, bajó del tren en Madrid; se instaló en el Hotel Las Cuatro Naciones,en la calle Arenal. Con sobrada experiencia en viajes y estancias diplomáticas en Centroamérica, Darío desembarcaba en España debido a las celebraciones del Cuarto Centenario del Descubrimiento de América. Aún era Cuba colonia española. Él mismo narra, con atónita fascinación, cómo el mozo del hotel, cuando supo que era poeta, se ofreció a enseñarle el cuarto que en el mismo hotel mantenía Menéndez y Pelayo.

Las sábanas estaban manchadas de tinta, recordó él, y los pliegos estaban llenos de cosas sabias.

Durante cuatro meses Rubén Darío disfrutó del brillo de los salones literarios y de la conversación con políticos como Castelar o Cánovas. La condesa de Pardo Bazán lo recibió en sus tertulias, Juan Valera o Campoamor le ofrecieron su amistad, conoció a un anciano y empobrecido Zorrilla, y el poeta regresó entusiasmado, con sus sueños más que cumplidos, y la firme intención de regresar, en cuando pudiera, a Madrid.

Tuvo que esperar siete años, pero volvió cuando acababa 1899. El país no era el que había conocido. A través de sus crónicas para La Nación, Darío narró el día a día de una vieja potencia que había claudicado ante Estados Unidos, y a la que ya no le quedaba nada.

Cánovas, muerto -escribió-, Zorrilla, muerto. Castelar, desilusionado y enfermo. Valera, ciego. Campoamor, mudo. Menéndez Pelayo… no está, por cierto, España para literaturas.

Aún así, para él fueron años felices. Los rebeldes poetas jóvenes, que defendían un Modernismo decadente y escandaloso lo acogieron como a un profeta. Entre ellos se encontraba un imberbe Juan Ramón Jiménez (ya saben, el Poetita que vivía en General Oráa), el prometedor Antonio Machado, y otros señores que ya tenían edad como para comportarse con mayor seriedad, como Jacinto Benavente, un gallego extravagante, un tal Valle Inclán o ese ser raro, es genial y no usa corbata, le dijeron, don Miguel de Unamuno. Lo mejorcito de la generación del 98.

Pero si algo resultó inolvidable para Rubén Darío fue el paseo por el Campo del Moro, en el que conoció a la joven que fue el amor de su vida: no podemos decir que a Darío le faltaran las mujeres: casado por dos veces, ser poeta despertaba, a principios del siglo XX, connotaciones similares a las que ahora adornan a las estrellas de la música. Ella se llamaba Francisca Sánchez, era una adolescente analfabeta de una pedanía de Ávila, hija de un guardián de los jardines. Rubén Darío la llamó su lazarillo; ya no se separaron; se convertiría en su tercera esposa, aunque durante algunos años fue bígamo, y en el enlace que le mantendría unido de manera regular a España.

Llegó a ser ministro residente y embajador de Nicaragua en Madrid. La sede se instaló en Serrano 27, y él vivió en Alfonso XII. Cuando Darío murió, después de una decadencia física entristecida por el alcoholismo, la obsesión con la muerte y los enemigos ocultos, fue Francisca quien le perdonó que la hubiera dejado atrás, con dos niños pequeños, en la miseria, quien se hizo cargo de su archivo y lo legó al Gobierno Español, que lo conserva en la Universidad Complutense. El poeta descansa en la catedral de León, en Nicaragua: pero su obra vive en Madrid hasta su última página.

Espido Freire

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