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Sábado, 29 de Febrero de 2020

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La Columna

Pegamento

Me gustaría pensar que esa historia tan horrible del pegamento no ha existido. Me gustaría pensar que nunca a nadie se le ocurrió algo semejante. Me gustaría pensar que la fantasía escapa al horror que cosifica de ese modo tan espantoso a una mujer que dice que tenía miedo. Nunca me atrevería a imaginar los motivos hondos de todo esto, pero sean cuales sean, no alcanzo a comprender cómo a alguien se le ocurrió construir esta idea tan macabra que nos coloca, como tantas veces, en la imagen de que la mujer es solo una cosa, un fragmento roto que nadie sabe si se puede o no se puede volver a pegar.

El pegamento es un poco el olor de la infancia, de cuando pinchábamos el alfiler en el tubo azul de Imedio. Tengo en la memoria la visita a la fábrica que hicimos de pequeños, allí en Calzada de Calatrava, el pueblo de Almodóvar. Es una asociación inmediata en mis recuerdos: las vistas interminables de La Mancha desde el castillo, el olor de la fábrica, las películas de Almodóvar hablando de sí mismo y de su infancia, el alfiler tapando el agujero en el tubo antes de colocar el capuchón de plástico. La imaginación y la fantasía, como dos motores del deseo, habitaban las escaleras, las saeteras, los adarves y hacían crecer los álbumes con cromos que no traían como ahora ese carácter autoadhesivo. Recortábamos y pegábamos, hacíamos figuras geométricas con cartulina y en todo estaba presente el olor de aquel pegamento Imedio que en el recuerdo de la visita a la fábrica era también un bocadillo de salchichón o de mortadela entre los peñascos del castillo cercano. No sé de dónde se saca Almodóvar el río. Probablemente lo haya y yo no lo conozco, pero está en las imágenes de dolor y de gloria que se pegan a mi memoria como la imaginación y la fantasía. Paredes encaladas. Cuevas como las de Paterna en el Pozo de la Nieve. Vida de antes de la vida. Vida cierta, con el dolor y la gloria del tercermundismo, sin las mentiras absurdas de este universo fake en el que nos acolchan.

La sociedad en la que estamos nos empuja de tal manera que somos capaces de automutilarnos, aunque solo sea en el argumentario imaginario de una denuncia fingida. La idea que da sentido a esto que digo no es mía. Te la traigo como oro en paño para que la contemples:nos hemos convertido en nuestra sociedad en sujetos de rendimiento. Lo que verdaderamente importa es lo que somos capaces de producir y por eso terminamos ejerciendo violencia sobre nosotros mismos, en la medida que nos autoexigimos y auto explotamos hasta límites insospechados, lo que nos convierte en seres capaces de realizar las más deleznables fantasías, de invadir los territorios más íntimos de las personas, de llorar las mayores sinrazones de la imaginación. Y todo porque no estamos a la altura. Nunca estamos a la altura. Nunca podemos satisfacer lo que se espera de nosotros. El miedo no lo justifica todo.

Es más, me parece que el miedo no justifica nada. Miedo y vergüenza. Imaginación y fantasía. Dolor y gloria. Sinónimos puros.

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