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Sábado, 29 de Febrero de 2020

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Amor, dolor y hospitales

Es bonito pensar en el Hospital Materno Infantil coruñés como el verdadero 'First Dates' sobre la Tierra

Describió Ortega y Gasset el amor como una abeja "que sabe de miel y de punzada". Dulce y doloroso según el momento en que uno escriba, fue marginado por la ciencia, que trazó un muro inmenso para separarlo de la razón. Los sentimientos eran un despiste para la aspiración a la universalidad, a la comprensión, a la luz. Así fue durante mucho tiempo, una línea falsa entre el sentir y el pensar.

Investigadores del Hospital Gregorio Marañón han descubierto y expuesto esta semana los cambios que se producen en el cerebro de una mujer cuando se queda embarazada, movimientos internos que provocan que se enamore de su bebé. El área del cerebro que maneja el placer y la motivación cambia de tamaño y el bebé se convierte en la mayor, principal, casi única fuente de placer. Como en cualquier enamoramiento, basta con una foto para arrancarle una sonrisa. Es un ciclo de amor virtuoso por el que la madre ama y es feliz y el pequeño recibe como respuesta la atención y cuidados necesarios para crecer sano. El amor como razón del origen de la vida y de su viabilidad.

Es bonito pensar en el Hospital Materno Infantil coruñés como el verdadero 'First Dates' sobre la Tierra. Y es inevitable detenerse en la doble verdad del amor, capaz de la miel para alumbrar el maravilloso mecanismo madre-hijo, y de la punzada, el picotazo, amor oxidado y tortura.

Tiene gracia, en el fondo, que tras la labor pionera de algunos como Ortega, y de antropólogos y psicólogos que vinieron después, al fin la ciencia haya aceptado el estudio del amor y que este se lleve a cabo, precisamente, en hospitales. Como si hubieran creído necesario dejarnos cerca, a mano, los tratamientos para el dolor. Por si acaso.

Hace unos días, recordó Manuel Jabois en El País los versos de Miguel Ángel a Tomasso que acabaron persiguiendo a Stendhal hasta ser el título de lo último que escribió: "Si me has encadenado sin cadenas / y sin brazos ni manos me sujetas / ¿quién me defenderá de tu belleza?"

Nunca volveré a ver el Materno con los mismos ojos.

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