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Sábado, 29 de Febrero de 2020

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Los serenos de Cuenca, un oficio nocturno poco reconocido y casi olvidado

Daban la hora, tenían llaves de los portales, acompañaban a las matronas, encendían las luces y tocaban el pito

Imagen nocturna de Carreteria desde la fuente de colores, finales de los 70.

Imagen nocturna de Carreteria desde la fuente de colores, finales de los 70. / Cofradía

En Páginas de mi Desván, el espacio que coordina José Vicente Ávila y que emitimos los martes en Hoy por Hoy Cuenca, rescatamos la figura de los serenos, esos personajes anónimos que pasaban la noche al raso para el mejor servicio a la vecindad, en colaboración con la guardia urbana. El oficio municipal de sereno, como de guarda de parques o lucero para iluminar las calles ha ido desapareciendo por mor de los tiempos, aunque en este caso, y pese a los porteros automáticos, aún se presta en algunas localidades como Gijón o Santa Coloma de Gramanet. Para la historia han quedado frases como ¡Las doce y sereno! o tomar a alguien como el pito del sereno.

'Páginas de mi desván' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

Los primeros serenos en España aparecen en el siglo XVIII y será en septiembre de 1834 cuando se regule su función en las distintas capitales. El historiador Trifón Muñoz y Soliva recoge en sus Noticias Episcopales de 1861 que en el año 1848 se estableció en Cuenca la compañía de serenos, compuesta por cuatro vigilantes nocturnos y un cabo, “pagados de fondos municipales”. Reseñaba el historiador que “tienen la ciudad distribuida en distritos y la vigilan todas las noches, avisando su paso y la hora para si algún vecino necesita de su auxilio. Cuidan también del alumbrado”. Hay que señalar, según el dato del citado Muñoz y Soliva, que en 1834, catorce años de que apareciesen los serenos en las calles semioscuras, se estableció en Cuenca el alumbrado público con algunos puntos de luz, y ya en 1861 se podían contar hasta 87 farolas.

Imagen nocturna del barrio conquense de San Miguel. / Heliotipia Artística Española

Relataba Trifón que su uniforme era un saco con capuchón, sus armas alabarda y pistola y llevan un farol encendido. Antiguamente sólo había un sereno, que se sostenía de cuestaciones populares. El pago de los actuales serenos –se refiere a 1861—asciende a 10,565 reales, recibiendo 2.000 reales cada uno, y el cabo un real más cada día”. El propio Trifón apuntaba al hilo de estas asignaciones económicas que la designación de su curato pasaba de los 8.000 reales, para así darnos idea de le que cobraba un sereno. Incluso hacían alguna función más como describe Diego Gómez en el libro La muerte edificada, ya que debido a la epidemia de 1885, el Ayuntamiento dispuso que los serenos ayudasen a llevar los cadáveres en camillas al cementerio, que estaba situado frente a La Fuensanta. Incluso algún sereno pasó a formar parte de la plantilla de enterrador.

En la Revista de Historia Regional y Local, Alberto González publica un trabajo sobre “La actividad de las matrona de la Beneficencia Municipal en Cuenca a comienzos del Siglo XX” y en él refleja cómo los serenos eran llamados para acompañar a las matronas y parteras a las distintas viviendas de la ciudad en ese horario nocturno. Y cambiando de tercio, pero no de oficio de sereno, en el año 1919 se observó que muchos de los nuevos árboles plantados en la ciudad eran objeto de destrozos y de llevarse las plantas, de ahí que en uno de los plenos municipales el Ayuntamiento conminaba a la Inspección de Policía y a los serenos a que tomasen las medidas pertinentes para anotar esas incidencias y evitar daños o crear un servicio de vigilancia forestal.

Los últimos serenos que ha tenido la ciudad de Cuenca han sido en el siglo XX. Ha habido altibajos, e incluso en el Presupuesto Municipal del Ayuntamiento de Cuenca, de 1944, no existe ninguna consignación para los serenos. En el año 1958 Cuenca tenía dos serenos, aunque uno de ellos se encontraba de baja por enfermedad, según relataba en Ofensiva Juan Vélez Antón, que por entonces contaba con 77 años, en una entrevista que le hacía José Luis Ortega. Empezó su labor de vigilante nocturno durante la guerra civil, en 1937, y estaba a punto de cumplir 22 años de servicio. Comentaba que durante esos años había pasado noches tranquilas, salvo en las fechas de la guerra, que tenía que estar ojo avizor. Así presentaba el redactor Ortega a Juan Vélez, en la charla mantenida a las cinco de la madrugada, de un día de enero de 1958, tras salir del periódico, bajo las farolas de Carretería: “Seguramente el nombre de Juan Vélez Antón no les suene a la mayoría de los lectores… Es ese señor que se “tira” trescientas y pico noches del año abriendo puertas, velando en parte por la tranquilidad de sus conciudadanos. Ahora ya para todos es popular. Es un sereno, el vigilante de la parte más céntrica de la ciudad. Su figura entre los transeúntes nocturnos es bien conocida. Con su palo de madera a manera de chuzo y los dos o tres manojos de llaves colgando bajo el hombro”.

Imagen de un sereno con su chuzo y vestimenta. / blog20minutos.es

Comentaba Ortega que Vélez pasea Carretería arriba y abajo, entra en algún bar para refugiarse del frío, hasta que cierren y se le ve abriendo o cerrando puertas de los trasnochadores. El veterano sereno comenta que además de su trayecto desde la Trinidad hasta la Ventilla tiene que hacer el itinerario de su compañero, que lleva tres meses enfermo. Realiza la ronda desde las once y media de la noche y se retira a las siete y media de la mañana. Se le pregunta quién le paga y cuánto cobra y sus derechos asistenciales. El vigilante pone cara de circunstancias y va desgranando sus cuitas: “Aproximadamente cobramos unas 400 pesetas mensuales, que no nos dan para mucho. Nos apañamos como podemos y vamos “tirando”… Los comerciantes nos dan una pequeña retribución mensual y las propinas que “nos caen”.

Aclara el sereno que como mucho les dan de propina dos o tres reales, pues los conquenses “son muy roñosos”. De tiempo en tiempo “nos dan una peseta” y eso sí, “un millón de gracias”. Apunta que con 700 pesetas al mes se podían arreglar muy bien su mujer y él, ya que no tiene otro trabajo por sus 77 años. Le preguntaba José Luis Ortega cómo conceptuaba la Cuenca nocturna y así se expresaba: “Lo mismo que por el día. Una ciudad noble y pacífica. Por regla general sus habitantes son de buen corazón. Lo que pasa es que el trabajo es muy duro, sobre todo en los días de invierno. Entonces…. ¡para qué las prisas! En el verano la noche es más tranquila y buena, aunque no falta algún problema, sobre todo con los que no saben beber”.

Concluía su relato Juan Vélez señalando que cuando se prendió fuego la Posada de Santa Luisa, en la Plaza de Cánovas, él fue el primero que llamó a la Policía y los bomberos, pues las llamas subían altas. La cosa no pasó a mayores, pero al sereno no le dieron ni las gracias.

El Servicio de Serenos tenía sus altibajos y faltaba regularlo, dependiendo de la Policía Municipal, y al hilo de esa malagueña de “¡sereno, que viene el día!”, lo que llegó fue el día 31 de marzo de 1959 en el que el alcalde accidental de Cuenca, Manuel Pando López emitió una Nota de la Alcaldía que decía así:

Postal de felicitación de Pascuas. / todocoleccion.com

“Se pone en conocimiento del vecindario que el servicio nocturno de serenos comenzará a funcionar hoy, 1 de abril. Con tal motivo, se ruega a los señores propietarios de inmuebles faciliten a dichos serenos una llave de las puertas de entrada, ya que ellos serán los encargados del cierre de los portales a las horas determinadas en las Ordenanzas de Policía Urbana (diez de la noche en los meses de noviembre a mayo, y once de la noche los meses restantes)”.

Ante la novedad del nuevo servicio nocturno, el periodista Eduardo Bort Carbó publicó en Ofensiva un reportajillo titulado “El primer servicio de un sereno”, entrevistando a Emiliano García Villalvino, guarda de la Plaza Mayor, que por cierto tenía que abrir la casa de este periodista valenciano cuando terminaba su trabajo en el diario local. Ya se aprecia, como suele suceder a veces, que cuando empieza un servicio municipal algo falla, si nos atenemos a la entradilla que hacía Bort Carbó en el periódico: “Ha comenzado el servicio nocturno de serenos. Hay quien estuvo esperando para ver el desfile nocturno camino de sus departamentos o destinos. Pero no hubo tal exhibición porque los serenos que el día 1 de abril comenzaron a prestar servicio todavía no disponían de gorra, chuzo, capa y tal, sino que iban con atuendo de calle y por tanto imposibles de determinar entre los demás ciudadanos”.

A pesar de no contar aún con la uniformidad requerida, el sereno Emiliano le contaba a Eduardo Bort que estaba contento con su trabajo y la zona que le habían asignado en el Casco Antiguo, ya que era muy tranquila “porque no hay apenas industrias ni comercios. Tres o cuatro en toda la plaza”. Hay que señalar que en 1959 en la Plaza Mayor sólo había dos colmados, como así se conocía entonces al Mangana y los Arcos. Manifestaba el flamante sereno que su labor era abrir las puertas y guardar los patios y colaborar a la tranquilidad de los vecinos siendo servicial. A modo de anécdota señalaba Emiliano que la primera vez que le llamaron no fue con la voz de ¡Sereno!, sino dando unas palmadas. Estaba deseoso de estrenar su vestimenta y llevar junto al manojo de llaves su palo o chuzo. A los vecinos les pedía su ayuda y colaboración.

Los serenos comenzaron su labor en Cuenca en 1848. / Wikipedia

Una vez cumplido el primer año de la puesta en marcha del servicio de serenos comenzó una especie de polémica sobre la función y derechos de los serenos. Así se refleja en otro reportaje en el periódico de Cuenca año y medio después de la reapertura del servicio nocturno, teniendo que salir a la palestra el jefe de la Guardia Municipal para aclarar algunos conceptos. Se entrevistaba a Donato Fernández Huerta, que era otro veterano sereno, que tenía a su cargo la Plaza Mayor y todas las calles y rondas hasta la Plaza del Trabuco y el barrio de San Martín. Era alto, fuerte y dejaba caer su chuzo sobre el empedrado para mostrar confianza y seguridad. Contaba que llevaba catorce llaves y que su única arma era el chuzo, aunque Cuenca era muy tranquila y sólo dan guerra los que no saben beber o “los jovenzuelos trasnochadores”. Precisamente contaba una anécdota que le había ocurrido: “Una vez acompañé a su casa a uno que no se encontraba muy bien. Había pasado la noche alegremente y mientras caminaba se le cayó una moneda de cinco duros, y creyendo que yo iba a recogerla se tiró al suelo como si fuera un portero de fútbol y atrapó el dinero con fuerza. Se fiaba poco el hombre. Me acompañaba un vecino que siempre que me veía me lo recordaba”.

Decía Donato que el sueldo que le daba el Ayuntamiento era de 400 pesetas, y aunque pasaba recibos a los vecinos recibía muy poco, y citaba el caso de haber recaudado 500 pesetas, pero tenía que repartirla entre el resto de compañeros en un fondo, pues sólo les asistía el Seguro de Beneficencia. Ni siquiera les daban propina cuando les llamaban para ir a la farmacia a por una medicina, aunque reconocía que para Navidad sacaba un buen aguinaldo repartiendo las tarjetas que rezaban: “El sereno les desea felices pascuas”. Él tenía su opinión sobre el mejor desarrollo de la labor de los vigilantes: “Para que funcione bien el servicio de serenos es necesaria la colaboración ciudadana. Nosotros acompañamos a los vecinos y les abrimos las puertas, avisamos a los sanatorios o al médico cuando pasa algo o a los familiares. En el Casco Antiguo hay más vida los sábados y domingos, pero en las barriadas obreras la gente no trasnocha. Incluso podemos poner denuncias, pero no nos prodigamos en estos rigores. Se gana más con buen trato y amabilidad”.

La Plaza Mayor de Cuenca de noche. Foto de 1966. / Cofradía

Incluso comentaba Donato Fernández que en verano cuando llegaban los turistas por la noche aparcaban el coche en la Plaza Mayor y él les acompañaba a ver las Casas Colgadas, el Puente de San Pablo y la Hoz del Huécar. Ese verano había tenido bastante trabajo y había ejercido de sereno-guía turístico, y ganado algunas perrillas.

Han sido mucho los serenos que han prestado servicio en la ciudad hasta que el Ayuntamiento decidió que esa figura del sereno desapareciese por mor de los nuevos tiempos, incluidos los porteros automáticos. Los últimos serenos fueron nueve, según un escrito de la Alcaldía, recogido en su muro de Facebook por Eduardo García, en el que se reflejaba el horario que tenían, de diez de la noche a seis de la mañana.

Cristino Carrascosa Grueso, que vivía por esa zona, tenía a sus servicios las calles de Avda. José Antonio, es decir, Carretería, hasta el cruce de Sánchez Vera, y la calle del mismo nombre; doctor Alonso Chirino y Cardenal Carrillo de Albornoz, desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana. Nada menos que ocho horas.

Urbano Gil Álvarez se encargaba de las viviendas de las calles de la actual Plaza de la Constitución, que en esa época se denominaba Plaza de Calvo Sotelo, la mitad de Carretería hasta el cruce de Sánchez Vera; la calle Colón, la de San Ignacio de Loyola y Carrero Blanco (actual Fernando Zóbel) y López Fontana.

Patrocinio Sánchez Berlanga, residente en la calle San Rafael, se ocupaba de atender las calles de Calderón de la Barca, Doctor Galíndez (entonces no existían los locales de copas nocturnos que animan la calle, y aquí tendría trabajo), además del Cerrillo de Santiago, que son las calles que van al Hospital.

Desiderio Benita Mena, que vivía en las Quinientas, tenía que acudir al tramo de calles comprendido entre la República Argentina, Astrana Marín, el barrio de Antón Martín, o sea los Moralejos y la calle Antonio Maura. Este sereno bien podía decir aquello de se hace camino al andar.

Teófilo García Serrano, con domicilio en la calle de la Moneda, también tenía buen recorrido, pues estaba encargado de las calles que van desde la Plaza de la Trinidad hasta la Plaza Mayor y las calles de Pilares, Obispo Valero y el barrio de San Martín. Cuesta arriba y cuesta abajo con su chuzo y manojo de llaves que por el Casco Antiguo eran de mayo peso.

Lope Alcocer Martínez, que vivía en Antonio Maura, tenía asignadas las calles de Ramón y Cajal, Camino Cañete y Ángel del Alcázar (ahora denominada Santiago López) y todas esas calles adyacentes al Cerrillo de San Roque.

José Cardo Galdrán, que residía en el recién creado barrio “Obispo Laplana” tenía un recorrido más llano, pues se encargaba de la Avda. Reyes Católicos, actual Avda, de y bajo el puente de la vía solía descansar en uno de los pasadizos, además de los edificios de las Doscientas. El cercano Vivero permanecía cerrado y por el día contaba con sus guardas debidamente uniformados, con varilla y sombrero.

Ramón Zarzuela Caballero, que vivía en el Paseo de San Antonio, tenía a cargo su barrio, donde aún no se habían construido las setecientas cincuenta viviendas, la calle Álvaro de Luna y la barriada de Casablanca, que en realidad debía denominarse la Casa Blanca, por la finca agrícola con ese nombre que hubo en ese lugar.

Faustino Herraiz Valencia tenía su residencia en Reyes Católicos y su paseo nocturno lo tenía designado en el denominado Poblado de Absorción “Obispo Laplana”, que todos conocemos como las “Quinientas”.

La ciudad fue creciendo con nuevas barriadas como San Fernando, Fuente del Oro, el amplio conjunto de Villa Román y el Cerro de la Horca, pero los serenos se fueron jubilando y el servicio desapareció, y en este listado del callejero no hemos visto que en barrios como Tiradores o San Antón hubiese serenos.

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