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Jueves, 02 de Abril de 2020

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Carnaval de Tenerife

Una Gala sin nada

La maestría de los presentadores y el nivel de las aspirantes a Reina sostienen un espectáculo que zozobró desde el comienzo

Un momento de la obertura de la Gala.

Un momento de la obertura de la Gala. / @SCEnCarnaval

Ni magia, ni emoción, ni suspense, ni Carnaval ni nada. La Gala del cambio fue también la del 'playback' y la del sopor. Una decepción mayúscula que incluso admite comparaciones con la de Rafael Amargo, recordada por el enorme desencanto y vacío que produjo entonces entre el público. Fue una noche aciaga que dejó una pobre impronta en el estreno en la dirección de Marco Marrero y María Díaz, pues fueron abismales las distancias entre las expectativas que había trazado la alcaldesa y el bodrio que desde el inicio se encontraron los espectadores. Solo la templanza de los maestros de ceremonias y el alto nivel de las candidatas permitió sostener un espectáculo que empezó mal y siguió peor. Un desastre de cabo a rabo. Demasiada música enlatada y pocas sorpresas (o ninguna) en una noche para olvidar.

La Gala fue todo tedio. Comenzó con un busto cantante (el de Soraya Arnelas), que interpretó  'Santa Cruz en Carnaval' antes de que aparecieran en escena todas las rondallas. A continuación, y en falso directo -una constante durante toda la noche- irrumpió la Reina del año pasado con banda sonora sinfónica.

Marco y María quisieron darle a la obertura forma de musical (pero sin lo esencial en este tipo de espectáculos: que la música fuera en directo). Tras las rondallas apareció también una representación de todas las murgas, metidas con calzador en un inicio soporífero. Había transcurrido el primer cuarto de hora y la Gala aún no había entrado en calor, lejos de las oberturas fastuosas de años pretéritos. Pese a la animosidad del público, que abarrotaba el Recinto, el resultado era descorazonador. Por momento pareció un programa enlatado de la Telecinco de los primeros noventa. Y para entonces M&M ya perdían cualquier comparación posible con su antecesor en la batuta, Enrique Camacho.

"¿No creen que deberíamos comenzar ya?", preguntó Soraya. Y su pregunta no pudo ser más conveniente, porque el espectáculo aún no despegaba y tampoco lo hizo con una actuación a lo años 50 que vino a renglón seguido. Hubiera estado bien que lo siguiente fuese la espectacular valla publicitaria que permitió a Zeta Zetas ganar el concurso de murgas, pero problemas logísticos obligaron a que cantasen su monumento a la mujer. Cambio de guion respecto a lo habitual, cuando la adulta vencedora actuaba en el segmento final. Se agradeció que -esto sí- fuese en riguroso directo.

El magisterio y temple de los presentadores (Pedro Rodríguez y Alexis Hernández) sostuvo un evento que empezó sin embrujo, encanto, magia ni Carnaval. La música que acompañaba la presentación del jurado era lúgubre, aunque entonces sí hubo un momento de nostalgia muy aplaudido con la presentación en el jurado de la Reina del Tajaraste, que nunca antes había estado en esta faceta.

El nuevo formato de Gala no trajo consigo demasiadas novedades a mejor, si acaso la posibilidad de comparar los trajes de las candidatas de cuatro en cuatro, pues todas ellas tuvieron una aparición individual y luego otra en conjunto. El caso es que esta manera de introducir a las aspirantes al cetro eternizó el espectáculo hasta hacerlo insufrible para el espectador. Tampoco ayudaban los cortes para la publicidad en televisión, que se rellenaban con actuaciones musicales sin demasiada gracia ni encanto.

Cuando la ceremonia quiso despegar y llenarse de Carnaval (con el sentido y muy efusivo homenaje a los Diablos Locos), posiblemente ya el espectador se había desconectado tras el enésimo 'playback', el del Cubanito de la Fufa. Pero sí valió la pena que Alexis Hernández, sensacional al rescate de la noche, tomase la palabra desde el patio de butacas para regalarle 50 rosas rojas a Masi Carvajal y brindar así al auditorio el momento más entrañable de la velada. Todo hubiera ido mejor con más actuaciones en directo como la de Soraya en los compases finales, cuando quiso brindar por un Carnaval cuya Gala ya había naufragado.

Tampoco resucitó la noche con Paulina Rubio, estrella invitada que la organización se pudo haber ahorrado. La presentaron como un huracán y decidió ajustarse a la temática de este año: ofreció canciones tan antiguas que parecieron de los coquetos 50. El enésimo despropósito. Restó más que sumó. Lo mejor de la Elección de la Reina fue que, como siempre, es preludio de la fiesta en la calle que la ciudad descorcha este viernes. Entonces sí, el Carnaval de Santa Cruz ofrecerá al mundo su mejor cara. Y no la de este miércoles anodino, que se hizo jueves entre bostezos y resoplidos.

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