Sábado, 31 de Octubre de 2020

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El exilio mexicano de Luisa Carnés

Espido Freire nos acerca, cada semana, al Madrid de algún escritor. En esta ocasión, hasta la autora de 'Tea rooms' y 'Natacha'

Abrimos hoy la página en 1920, en la calle Lope de Vega, donde una quinceañera llamada Luisa Carnés inicia su segundo trabajo: ha sido sombrerera y ha encontrado empleo en un obrador. Procede de un entorno muy humilde, es autodidacta y, no puede permitirse comprar libros, que toma prestados o intercambia en librerías de segunda mano. Novelitas, cuentos de revistas y folletines.

No parece un inicio prometedor para una autora: pero tres años más tarde comienza a escribir y en 1926 publica su primer relato: son tiempos en los que todo parece posible, en los que su militancia comunista le permite una voz, libertad de movimientos, conocer al padre de su primer hijo, Ramón Puyol; las hijas de obreros escribían en periódicos y firmaban novelas.

Todo eso se lo llevará la guerra: Luisa huirá a México, en el trasatlántico Veendam, tendrá más hijos, continuará publicando. Murió muy joven, en 1964, en un accidente: fue de los pocos autores exiliados que se preocupó genuinamente por la causa indígena y no se encerró en su propio dolor, en su propia realidad: esa muerte temprana, su lealtad al partido, esa decidida originalidad, su muerte fuera de España hicieron que fuera olvidada casi por completo. A diferencia de otros autores de su generación, carecía de contactos, no mantuvo relación con poetas o con escritores, nadie reivindicó su obra ni su ausencia. Que ahora, en un goteo persistente, podamos leer sus obras, se debe a diversos empeños individuales.

Dejó una docena de novelas, y más de cincuenta cuentos: algunos arrastran defectos de la época, la grandilocuencia, la ampulosidad: en otros puede más la ideología que la calidad literaria. Pero muchos de ellos, además de bien escritos, rebosan interés testimonial, y hablan claro y sin tapujos de la realidad escondida en los talleres y en las calles; Natacha, que apareció en 1930 y ha sido ahora reeditada por Espuela de plata, sigue los pasos de una obrera textil en Madrid, y estremece por la manera en la que nos habla en pasado de aquello que vivimos hoy. Y Tea Rooms, mujeres obreras, en Hoja de Lata, merece la pena y la indignación que genera cuando se lee. Como Nelly Bly, introducía en su obra el reportaje testimonial, y sabía dónde clavar la mirada.

Quizás mi predilecta sea la biografía que le dedicó a Rosalía de Castro. Hay más en ella de pasión que de veracidad: es su mirada lo interesante, el homenaje al sufrimiento y a la literatura. ¿Por qué las mujeres se odian entre sí tan terriblemente? Pregunta- Dice más de Luisa que de Rosalía, pero eso es, precisamente, lo que genera la poesía. El 7 de marzo de 2019 se inauguró un parque en su honor en el distrito de Moncloa, sin demasiado alboroto. Creo que le hubiera gustado más que una calle. Pero quizás eso diga más de mí que de ella, mientras cierro estas últimas páginas.

Espido Freire

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