Viernes, 30 de Octubre de 2020

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Espido Freire nos habla de Carmen Martín Gaite, primera mujer en recibir el Premio Nacional de Literatura

La escritora salmantina sigue viva dos décadas después de su muerte, a través de su obra. Espido Freire nos habla de sus libros y de la huella que dejó en Madrid

Espido Freire nos habla de Carmen Martín Gaite, primera mujer en recibir el Premio Nacional de Literatura

Enrique Parellada

No hay página de Carmen Martín Gaite que no resulta interesante: a los veinte años de su muerte, resulta aún increíble que no continúe viva, que no la encontremos en un paseo por el Retiro, inconfundible, mirada despierta, sonrisa irónica, una boina ladeada sobre el cabello blanco. Había nacido en Salamanca en 1925, pero encajaba en Madrid como si fuera una gata de varias generaciones. Quizás porque parte de su obra hable de cómo encaja un individuo tan singular como ella en una colectividad gris y completa como la ciudad. Quizás, sencillamente, porque así lo queramos.

En 1974, Carmen Martín Gaite se convertía en la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Literatura; lo obtuvo por El cuarto de atrás. Yo nací ese año: mi generación creció sabiendo que aquello era posible, como lo era cambiar de idea y de rumbo. Demostró, sin querer demostrar nada, que podía saltar del teatro a la novela y de ella al ensayo. Existía una cierta tradición de considerar una condición masculina el ser un erudito completo, un intelectual capaz de dedicarse a la creación, y a la enseñanza, y a la educación. Se asumía que las escritoras eran poetas o novelistas, o bien profesoras, ensayistas especializadas. Musas, por supuesto. Con esa generación, con Carmen Martín Gaite y un puñado de ellas más esa visión varió.

Muchos querrán ahora leer Entre visillos, o Caperucita en Manhattan: harán bien, las reediciones de este año son preciosas, y no han envejecido un día. Pero hay dos ensayos en particular que deseo recomendar a quien ahora nos oye: Los dos tratan los Usos Amorosos españoles, uno en el siglo XVIII y el otro en la postguerra. El primero describe el Chischiveo, una forma de cortejo entre damas casadas y petimetres rondadores, que en España se entrelazó con el majismo y el afrancesamiento. El segundo nos permite atisbar, desde este tiempo que olvida los detalles, que significa amar, ennoviarse, acostarse con alguien o no ser heterosexual hace unos años, muy pocos.

Martín Gaite vinculaba de manera estrecha la literatura a la interpretación de la vida: explicaba aquello que le inquietaba en ficción y no ficción, casi a la manera francesa de un Proust, aligerado, menos egocéntrico, más ligado a la realidad. El cuento de nunca acabar, el tercer ensayo que recomiendo, es una deliciosa muestra de ello, de cómo durante casi una década tomó notas sobre la vida y la fabulación, sobre cómo crear y cómo continuar existiendo: creo que lo logró. Por eso a veces la busco en Junio, entre las casetas del Retiro. Como si viviera: porque vive. En los libros y en los autores que de ella hemos aprendido. Celebraremos a lo largo de este año muchas de sus obras. Escritores como ella no escriben nunca de manera definitiva sus últimas páginas.

Espido Freire

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