Viernes, 14 de Agosto de 2020

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El Estilita

Poblado pasajero

Ella me confesó que sentía pena. Por todo lo que había vivido, por todos los recuerdos que se le agolpaban en la mente, o quizá en el corazón. A la hora de separarse, los momentos malos parecían borrosos y los días buenos, más brillantes. Había deseado que llegara el momento y ahora que tenía que abandonarlo, no le parecía tan horrible. Había despotricado tanto contra él y ahora le daba pena, repetía.

Yo asentía y tomaba nota en mi bloc, pero debió ver algo en mi expresión. "Es que son siete años"; me explicó con una sonrisa triste. También apunté aquello: "Ana, siete años allí. Siente un poco de pena". Era una madre joven y tierna, que esperaba al lado de su propia madre, una mujer con el inevitable moño y expresión indescifrable, que sostenía en sus brazos a un niño de pelo rizado y ojos redondos y enormes que me miraban sin parpadear, como si yo fuera lo más raro que había visto en su vida. Al lado estaban las maletas, junto a un montón de cascotes. Todo aquello era una pura ruina: su antigua chabola se había levantado entre los muros que eran todo lo que quedaba de las antiguas naves industriales que existían antes allí.

Pisé el barro con cuidado a pesar de que, como siempre que sé por anticipado que tengo que visitar el poblado de A Pasaxe, me había puesto botas. El núcleo chabolista de la Conservera Celta está siempre lleno de barro, incluso días después de haber llovido. Acumulaba grandes charcos por todas partes, que había que sortear, igual que los montones de chatarra y de desechos. Es un lugar horrible, deprimente, un cruce entre un campo de refugiados y la zona cero de un desastre industrial en el que malvivían desde hacía más de 30 años familias de etnia gitana, tanto españolas como portuguesas, entre restos de electrodomésticos, calderas, tuberías y demás chatarra variada. Ni Lorca habría conseguido sacar un poema de aquello.

Esa madrugada habían demolido varias chabolas más, así que había más montones de escombros asomando entre las paredes ruinosas de las antiguas naves industriales. A la madre y a su familia les habían realojado, así que por ese lado todo iba bien. Pero más allá, las cosas iban calentándose. Los chabolistas más jóvenes no se habían tomado a bien los derribos y se encaraban con los policías locales que estaban allí, muchos enfundados en equipo antidisturbios, que no les servía de mucho contra los gritos que los tachaban de hijos de puta. Oficialmente, se habían derribado cuatro chabolas, pero sé contar con los dedos, y allí había cinco escombros. Me guardé la calculadora en el bolsillo porque hacía algo de frío y traté de enterarme de lo que estaba pasando. Al parecer, el plan original sí que consistía en tirar cuatro chabolas pero había una quinta que estaba vacía, así que algún iluminado decidió que, ya que tenían la pala excavadora ahí, podían matar a un quinto pájaro de un tiro. Quizá influyó que ese galpón estuviera ocupado por una familia considerada como problemática. Y, como tenían un piso en Fonteculler, técnicamente la chabola estaba vacía.

Pero aquella familia no estaba para tecnicismos. Atraídos por los gritos, el fotógrafo y yo nos acercamos cada vez más, haciendo círculos como buitres. Uno de los chabolistas, un hombre joven, atezado y barbudo, le soltaba una bronca a uno de los agente a un palmo de su cara mientras el jefe de la Policía Local, Brandariz, con casco y chaleco, trataba de calmar los ánimos, sin mucho éxito. El broncas gritaba que no, que aquello no podía ser, y Brandariz le aseguraba que sí, que así estaban las cosas. A partir de ahí, el debate entró en un punto muerto. Y como ocurre cuando algo entra en punto muerto, para volver a ponerlo en marcha hizo falta un empujón.

No podría jurar quién empujó primero. Todo el mundo estaba mezclado y muy pegados los unos a los otros, y todo ocurrió muy rápido. Hubo muchos gritos de "¡Eh, eh, eh!" y cada uno se lanzó a apoyar a su bando. Por un momento hubo un barullo de chabolistas y policías con las porras en alto. Uno de los chabolistas se salió del grupo, ciego de rabia, para arrojar un par de bloques de madera que había recogido del suelo. Uno de los proyectiles acertó al mismísimo jefe de la Policía Local, que no pareció darse cuenta de nada. Y aquello fue todo: acabó tan rápido como había empezado, sin heridos ni detenidos.

El fotógrafo me dio una palmadita en la espalda y se largó, dejándome solo. Los demás periodistas tardarían aún un buen rato en llegar, así que maté el tiempo revisando las notas. Suelen ser ininteligibles, pero ahí estaba aquella frase. "Ana, siete años, un poco de pena". Me pareció un epitafio muy pobre para un lugar donde habían llegado a vivir docenas de familias, pero dudaba de que el poblado de A Pasaxe fuera a tener uno mejor. Aquellos galpones hechos de planchas de metal y listones de madera se levantaban sobre terreno público y Demarcación de Costas lo reclamaba. Todos tendrían que irse, aunque fuera a porrazos. Habían estado allí más de 30 años y parecía que iba a durar para siempre, pero había resultado ser pasajero.

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