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Miércoles, 01 de Abril de 2020

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El Estilita

Mal papel

Mientras me pongo una máscara de Halloween y busco en el cajón de la cocina un cuchillo para asaltar a mis vecinas de abajo y robarles todo su papel higiénico, recuerdo cómo he llegado a esta situación, como en un flashback. Eran las once y media del jueves cuando nos dijeron en el Ayuntamiento que no tendría lugar la rueda de prensa sobre alternativas de ocio nocturno para los jóvenes. Fue entonces cuando comprendí que la pandemia también me afectaba a mí. Hasta entonces, como pasa con todas las noticias que no tengo que cubrir, me había limitado a mirar de reojo la evolución del coronavirus. Había pasado a ser algo tan lejano como China, en la que admiraba la eficiencia orwelliana de un estado dictatorial para controlar a la gente y tomar medidas drásticas hasta algo tan cercano como Italia. Pero incluso cuando llegó a la ciudad, pensé que sería algo parecido a la gripe A, que tampoco había sido para tanto.

A fin de cuentas, había visto a Lorenzo Milá plantado en Milán, más chulo que un ocho sin mascarilla, diciendo aquello de que el miedo viaja más deprisa que los datos, y luego está aquel otro sujeto despeinado, el epidemiólogo Fernando Simón, que salió en rueda de prensa a decir que a lo mejor habría algún enfermo suelto, pero que no esperaban una propagación local. Nadie se había tomado en serio aquello: los de Podemos salían en tropel en el 8M, luchando contra el patriarcado a base de abrazos y besos, y los patriotas de Vox se dedicaban a celebrar un mitin con muchas palmaditas en la espada y mucho estrechar mano en plan machote. Se habían portado exactamente igual que el alcalde del pueblo en una película de desastre cuando decide ignorar el humo del volcán porque la evacuación arruinaría la feria de las sandías y espantaría a los turistas. Un compañero de trabajo aseguraba que había dicho que aquello era muy grave, un desastre y que había que cerrar fronteras o algo así. Es posible, porque siempre me ha dicho que es clarividente, pero, como suele repetir que todo es una mierda y que nadie sabe qué hacer excepto él, ninguno le hizo mucho caso. Además, en cualquier película de apocalipsis, hay siempre alguien que descubre lo que va a pasar y trata de advertir a todo el mundo, sin éxito.

Pero lo comprendo. ¿Quién hubiera podido pensar que ocurriría algo así? Un chino se tira un pangolín, o se come un murciélago, o lo que hiciera para que el coronavirus pasara de los animales a los seres humanos y unos meses después, aquí estoy, yo, aquí estamos todos, rezando para que nos apliquen una vacuna cuando lo más seguro es que nos apliquen un ERTE. Ríete tú del efecto mariposa. Ahora la mascarilla es el complemento de moda y el papel higiénico se ha vuelto más valioso que el papel moneda, como si esta pandemia la patrocinara Scotex o el Covid-19 fuera un virus intestinal. Y lo único que podemos hacer es compartir memes a través de las redes sociales sobre pirados que salen a la calle con un perrito de peluche para que la policía no les multe y salir a aplaudir en las ventanas de los balcones al personal sanitario y quedarnos en casa mientras los comerciantes de los bazares chinos reparten mascarillas como si fueran de una ONG.

Seguro que, a medida que pase el tiempo, la situación se volverá cada vez más delirante hasta hacer que tirarse a un pangolín parezca algo trivial. Escucharemos cada vez noticias más y más raras cuando el miedo del primer momento deje pasa al aburrimiento, uno de los peores males que hacen insoportable la existencia. Preveo un incremento de la violencia doméstica a medida que la gente encerrada junta empiece a gritar y a discutir en el más puro estilo de Gran Hermano pero peor, porque no habrá cámaras como testigos que les refrenen. O eso o una explosión demográfica sin precedentes. Durante las crisis, la gente pierde los papeles, por mucho que acapare el higiénico. Es como si estuvieran esperando una señal para enloquecer. No todo el mundo es tan sereno como yo.

Bajo las escaleras a oscuras, cuchillo en mano y ajustándome la máscara (aunque supongo que si toso, les asustaría más que si no la llevara) y escucho las voces de mis vecinas. Me pregunto cómo acabará esto. Como le encanta repetir a los políticos en tono exculpatorio: no hay precedentes para una crisis como esta. Ni siquiera existe una película sobre un virus tan poco mortal que sobre todo mata ancianos, como si lo hubiera diseñado un científico loco de la Seguridad Social para reducir el número de pensionistas. Los hay para pandemias que producen zombis, pero no parados. Pero no creo que eso importe. El Gobierno no va a salir de esta la con la conciencia limpia después del mal papel que han hecho. Y puede que yo tampoco, pienso mientras llamo a la puerta de las chicas. Pero por lo menos saldré de esta con el culo limpio.

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