Martes, 21 de Septiembre de 2021

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Hoy, mientras palidecen los discursos solitarios, que creían que nuestras mejores y únicas virtudes vivían en la individualidad, deben saber que nadie, ni quienes viven solos, pasan solos esta cuarentena. Los balcones están con ellos; la masa, que en las tardes de aplausos ya no es silenciosa, está con ellos; la radio está con ellos

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La era en que los ascensores se convirtieron en ratoneras, los pomos en puñales, las toses en bombas, los estornudos en estallidos nucleares, los búnkeres en casas será también recordada como la de los balcones más abiertos que nunca, los taxis gratis para sanitarios, los músicos que regalaron sus conciertos.

Es esta, en verdad, no solo una batalla contra un virus, sino una lucha por la esencia misma de nuestra humanidad. Hay una pelea por atravesar con la mayor velocidad posible este trecho, a fuerza de hacer breve el paréntesis para aplacar la magnitud del colapso económico -que destruye a todos los miembros de la sociedad-; pero hay otra, centímetro a centímetro, que exige toda nuestra fiereza, librada para proteger al que supone un porcentaje menor –pequeño en comparación, por suerte- de la población. Esta 'falsa' minoría, el cuerpo de los más vulnerables, encierra en realidad el significado de todo lo que somos. Son mucho más que nuestro recuerdo o el legado que nos dejan tras años de sacrificio, son la base de nuestra humanidad civilizada, son, somos, nosotros.

No cabe hablar de seres civilizados (más allá del uso nefasto que dieron nuestros antepasados al término para justificar sus conquistas coloniales) de otro modo. Todo nuestro crecimiento ha ido indefectiblemente unido al de la empatía. Cuando el ser humano aprendió a amar, cuando fue capaz de adelgazar sus mecanismos de defensa por mirar al otro, no solo como una fuente de desconfianzas, sino como alguien con quien compartir, experimentó un salto capital. Abrió caminos de posibilidades hasta entonces cerrados, generó una revolución como la industrial, pero humana. No existe desde luego una fecha, es seguramente un producto de la evolución acompañada de avances técnicos. Es el altruismo ganando posiciones y abriendo el orden social a valores nuevos, que ya no son solo la seguridad y protección propias.

Juntos fue como logramos construir comunidades cada vez mayores y aparecieron intereses, sentimientos y deseos compartidos; juntos pudimos asumir proyectos de una trascendencia inalcanzable para el individuo aislado y alumbramos rutas comerciales imposibles e infraestructuras que las hicieron realidad. Pudo ser porque llevábamos escrito entender que no éramos personas solas en el mundo y que la historia del progreso iba unida a la de la expansión de la empatía.

No cabe duda de que toda esta fuerza puede ser venenosa mal orientada; pero hoy, mientras palidecen los discursos solitarios, que creían que nuestras mejores y únicas virtudes vivían en la individualidad, deben saber que nadie, ni quienes viven solos, pasan solos esta cuarentena. Los balcones están con ellos; la masa, que en las tardes de aplausos ya no es silenciosa, está con ellos; la radio está con ellos. Todos nosotros lo estamos y su soledad ya no es suya sino nuestra. Nunca podríamos ser quienes somos si no somos todos. Una máxima que se levanta ahora como una ley natural.

En esta discusión por nuestra alma nadie cuestiona el talento de un escritor enfrentado con su genio personal a una máquina con la que parirá una novela que inspire a millones de otros seres –ello es, sin duda, parte fundamental de nuestra composición interna-. Sin embargo, ahora vemos claro cómo se yergue en sostén de nuestras vidas una institución colectiva que nace y vive del valor de cuidar los unos de los otros: la sanidad y, en particular, la pública.

Así que no tema, ni se aflija, no decaiga. Los abrazos que le duelen como agujetas en los hombros, los besos que le queman como labios agrietados no son sino el mecanismo poderoso de la empatía, el mismo que nos permitirá sobrevivir a todo esto. Es la vida abriéndose paso entre la desgracia, incapaz de rendirse por difícil que sea la empresa. Eso que le pesa hasta el codo y más allá es el impulso mismo de la esperanza. Es nuestra esperanza, el motor de la humanidad, el corazón de la civilización.

P.D.: Como otros, yo también creí que la contención de la histeria era el ángulo más importante de este asunto. Por el afán de reducirla, me equivoqué quitando peso a una ola que no supe ver. Es evidente que estaba equivocado y, por ello, les pido disculpas. 

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