¿Todo va a salir bien? Abramos los ojos
La esperanza en salir reforzados de esta crisis sanitaria y económica solo se hará realidad si asumimos que antes tenemos que pasar por una etapa colectiva de sacrificio y de duelo

Elena Lastra / CADENA SER
Aranda de Duero
Desde el comienzo de esta crisis han sido numerosísimas las voces que han buscado ánimos y ha tratado de transmitirnos optimismo de futuro, asegurándonos que todo va a ir bien, que juntos lo lograremos, o que vamos a salir más reforzados. Creo que hasta yo misma he podido decir algo parecido en estos días. Lo sigo pensando. O más bien, lo sigo deseando. Y es importante hacer esa primera distinción: el deseo es un arma poderosa, porque nos conduce a lograr nuestras metas. Pero el deseo no siempre garantiza el éxito de nuestros propósitos. En una situación como esta conviene extremar la lucidez. Y no cerrar los ojos a una realidad incierta y hasta inquietante. Aunque nos cueste, porque aferrarnos a una quimera es una fuerte tentación que puede aliviarnos momentáneamente, pero que va a impedirnos buscar soluciones realistas.
Por lo tanto, en lugar de repetir frases bonitas, como si fueran mantras, sería más eficaz mirar a la cara lo que está sucediendo, sin ahorrarnos la crudeza de algunos escenarios o la incertidumbre de otros, para poder sacar todo el potencial que tenemos y que aún no estamos aprovechando.
Decir que todo va a salir bien sin hacer nada para que sea cierto es engañarnos y restar posibilidades al futuro que vamos a tener que encarar, porque la realidad siempre se impone. Y se convierte en una maestra cruel si nos empeñamos en no aprender sus lecciones. Así que asumamos ya, si no lo hemos hecho todavía, que a día de hoy nadie sabe con certeza cómo va a salir todo: cómo y cuando se derrotará a la enfermedad, si es que esto es posible, y con qué secuelas para la salud particular y para el sistema sanitario; qué consecuencias económicas se derivarán del drástico frenazo productivo que estamos viviendo a nivel mundial; qué impacto tendrá en las democracias las nuevas estrategias de vigilancia social que se están imponiendo al calor de la crisis o cómo afectará a nuestra cohesión social (tanto en el ámbito local como en el de la globalización) las desigualdades que ya está poniendo de manifiesto la propia expansión de la enfermedad y que serán mucho más evidentes con la crisis económica que se avecina. Por mencionar solo algunos ejemplos de incertidumbres y de los riesgos que se avistan.
Podemos decir que todo va a salir bien si por ello entendemos que esta situación pasará. Sin duda la ciudadanía encontrará formas de adaptarse a la realidad y se impondrá una nueva normalidad. El género humano es resiliente por naturaleza y tampoco podemos obviar que tenemos muchas fortalezas y recursos desaprovechados hasta ahora que están aflorando con esta crisis: la solidaridad, la empatía, la fortaleza personal, se han multiplicado exponencialmente durante esta dura etapa.
Pero antes de llegar a esa nueva normalidad por el camino vamos a tener que asumir mucho sufrimiento, muchas heridas de todo tipo y mucho sacrificio: por las víctimas mortales, y lo duelos sin elaborar, por los sanitarios agotados y a veces acosados por la culpa, por las víctimas económicas, por los retrocesos en procesos comunitarios, por el parón en los proyectos de futuro, tanto personales como colectivos. Y no podemos negar estas realidades. Porque si queremos que verdaderamente todo salga bien, tenemos que aceptar que lo vamos a pasar mal. Sin paños calientes.
Nuestra tradición cristiana nos lo recuerda especialmente en estos días de Semana Santa: antes de que llegue la Pascua de Resurrección hay que pasar por la cruz. Y por la pasión. Porque si no, habrá una victoria descafeinada, un cierre en falso de las heridas, un éxito que solo lo será en los discursos políticos. Sólo hay resurrección si antes se ha pasado por la tumba, eso nos enseñan estos días. Y de la misma manera, solo habrá recuperación si somos valientes y reconocemos que van a ser muchos los escenarios que van a quedar arrasados y tendrán que ser reconstruidos: desde el punto de vista sanitario, que aún no conoce cuáles serán las secuelas o las recaídas, por no hablar de cómo recuperará la normalidad de su funcionamiento. Pero también habrá que asumir que desde el punto de vista económico vamos a vivir muchos dramas y que probablemente todos tengamos que aprender a vivir con menos. Sin olvidarnos, por lo tanto, de que va a ser necesaria una nueva cohesión social, porque la vulnerabilidad de no pocos colectivos se va a agudizar y tendremos que decidir si preferimos el ‘sálvese quien pueda’ o, si estamos dispuestos a salir juntos de esta aprovechando la ola de solidaridad que parece haber aflorado con mayor intensidad. Cediendo todos parte de nuestro bienestar, pero juntos.
Tenemos que estar preparados. Y para ello, lo primero es abrir los ojos, no negar la realidad por dura que sea, y apretar los dientes. Así sí, seguro que saldremos de esta. Con heridas, pero vivos. Resucitados.




