L.J. Il consigliere
Rafael Benítez Toledano

Jerez de la Frontera
Yo no quiero ni pensar que mi amigo Luis Javier Díaz Orellana -L.J. para el mundo y el Colegio Cardenalicio- esté aprovechando el confinamiento para empaparse, aún más, de sabiduría entre libracos, legajos, actas y dispensas.
Tiendo a creer que se está tomando el cautiverio como unos ejercicios espirituales de Don Fermín el de La Regenta, con madre y todo. Preparando el asalto definitivo al obispado o a la cátedra de Derecho Canónico, entre citas en latín y epigramas picantes.
O quizás me equivoque, y esté maquinando otra de las mil piruetas legales que le han dado justa fama de desfacedor de entuertos empresariales y pacificador de accionistas. Pero lo que uno quisiera es que, rescatando su incierta experiencia como presidente del Casino, acometa por fin la tarea de constituir una sociedad secreta de boticarios, bodegueros y poetas viudos.
En fin, lo que quiera que sea, lo hará con ese aspecto engañoso de pánfilo desorientado, y esas cejas enarcadas tras las gafas, del sorprendido que jamás se sorprende de nada.
L.J. es ese tipo que, bajo su disfraz de sabelotodo, esconde al tipo que lo sabe todo. Que Richelieu nos coja confesados a sus amigos.




