Viernes, 27 de Noviembre de 2020

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Coronavirus Covid-19

Mámoles: el aislamiento es para la ciudad

Vecinos de la población sayaguesa se quejan de las restricciones "donde somos cuatro gatos" y afirman que la prohibición de los huertos genera el mayor malestar rural

Vecinos de Mámoles de Sayago comprando el pan

Vecinos de Mámoles de Sayago comprando el pan / CADENA SER

Seguimos por Sayago y sin salir del municipio de Fariza. Si la llegada a Cozcurrita se hace en subida, a Mámoles de Sayago (34 habitantes según el INE) se llega en cuesta abajo. La iglesia, con cierto encanto, es el primer edificio que se significa ante el visitante.

Llegamos justo en el momento en que el vecindario esperaba la llegada del panadero. El panadero de Bermillo. Eso facilitó las cosas, porque no tuvimos que ir buscando gente por las calles: ya estaban en la calle y juntos. Abel, que da la impresión de no tener pelos en la lengua, acaba de abandonar un huerto al lado de su casa, que es el lugar donde para la furgoneta del panadero. Lleva plantas de fresa para trasplantar.

Como en otros pueblos, Abel cuenta que viven bien y sin problemas, aunque estarían mejor si pudieran hacer el huerto sin temores. Entiende las medidas de confinamiento en lugares con una gran concentración de población, pero no entiende que haya problemas en los pueblos “donde somos cuatro gatos” y menos que haya restricciones a la labor hortícola, que son su despensa.

Al hablar de la España Vacía, que solemos preguntar en casi todos estos pequeños pueblos semiperdidos de nuestra geografía, esboza un prolongado “buffff…” y razona que ese es otro problema. Un problema que pone en relación con el éxodo de casi todo su pueblo hace medio siglo, para buscar mejores horizontes laborales en la España Industrial, él incluido. Pero él, como otros, añade, han acabado volviendo.

Junto a Abel, sentada al lado de su puerta está Carmen. También jubilada y enamorada del pueblo aunque no nació aquí (sí su marido), no siente el aislamiento del pueblo, al contrario. Y, al igual que Abel, reclama la calidad de vida rural. De hecho, Carmen reflexiona que el aislamiento real se produce en el entorno urbano.

Abel añade que las normas del confinamiento están bien frente al coronavirus, pero entiende que se refiere a las aglomeraciones urbanas y no a la dispersión rural. Y como epílogo, Abel deja una frase de esas que reivindican el orgullo rural: “tenemos todo lo que tienen en la ciudad, pero la ciudad no tiene lo que tenemos nosotros”.

Al grupo de paisanos esperando al panadero se ha unido Elisa, 93 años, que introduce un término nuevo para definir lo que está pasando con el coronavirus: le parece raro... y malo. Y, obviamente, con la experiencia que le da su larga vida, le preguntamos si ha vivido algo parecido a esto. Su respuesta es “yo viví la guerra”, pero no recuerda algo como lo de hoy. Y reitera que esto es “raro, muy raro”.

Mientras el panadero de Bermillo despacha al vecindario, Loli, una de las “jóvenes” del pueblo, a sus 52 años, nos dice que entiende las medidas del confinamiento, pero apela a la consideración de las circunstancias especiales de los pueblos. Y especialmente en el asunto de las restricciones a la labor de los huertos. Es lo que más molesta en los pueblos, dice.

El panadero acaba de despachar al último vecino y cada cual se dispersa a su casa, mientras nos alejamos hablando por la calle con una vecina que nos cuenta que ante el temor de la prohibición de los huertos, este año da por hecho que se va a quedar sin sembrar sus patatas. Y, como los demás, no lo entiende.

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