Martes, 01 de Diciembre de 2020

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Madres imperfectas

El próximo domingo es el Día de la Madre, y va a ser uno de los eventos familiares más afectados por el confinamiento.

La maternidad -entendida como un mito de sacrificio, pureza y abnegación absoluta - ha sido uno de los arquetipos más presentes en nuestra cultura judeocristiana. Históricamente, este mito se representó como una mujer idealizada, tanto física como moralmente, seres perfectos casi fuera de este mundo: sin deseos, sin frustración, sin cansancio, sin necesidades personales. La razón básica fue por influencia de la perfección de la figura mariana y porque esta representación se hizo en cuadros o esculturas a través de una mirada masculina, ya que eran los únicos creadores del momento.

No fue hasta la llegada de las vanguardias del siglo XX cuando las mujeres se incorporaron con alguna ‘normalidad’ a la producción cultural. Algunas de ellas madres, por lo que –evidentemente- esta condición (esta vez como plenas protagonistas) no la representaron de una forma tan lírica, idealizada o poética. La maternidad es fascinante, pero también es muy dura, tanto el embarazo, el parto, como toda la vinculación, sagrada casi, que se establece con la nueva persona que has traído al mundo desde tu propio cuerpo, ese que viene a enseñarte lo que es el amor en otro nivel.

Una de las primeras autoras en autorepresentarse embarazada fue la pintora Paula Modersohn-Becker, en 1907, con el torso desnudo y mirando curiosamente su propio cuerpo. Esa mirada idealizada se volvería salvaje con la llegada del feminismo en los sesenta y setenta. Las mujeres que eran madres comenzaron a representar su cuerpo distorsionado, su dolor, su miedo. De manera que tenemos algunas de las representaciones más crudas en autoras como Helen Aller con la fotografía de la cicatriz de su cesárea y su bebé. Así, este tema se incorporó a la producción del discurso artístico. Tanto su presencia como su ausencia con artistas como Frida Kahlo o Paula Bonet en la actualidad, visibilizando también la pérdida.

Como decía Francesca Woodman “nadie me mira como me miro yo”. Feliz día el próximo domingo a todas las madres perfectas, imperfectas; a todas las que os seguís mirando, con o sin hijos.

 

 

 

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