Miércoles, 03 de Junio de 2020

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Desengáñense: un virus no entiende el hecho diferencial

La disparidad de criterios con los que las Comunidades Autónomas han justificado su petición para progresar en la desescalada puede provocar una desconfianza ciudadana que debilite la adhesión a las normas de confinamiento hasta ahora comunes

Desconcierto. Y no poco. Es lo que me han producido las propuestas de cada Comunidad Autónoma para acceder a la siguiente fase de la mal llamada desescalada. Y no es tanto por la prisa de algunos territorios que han estado en el foco, nunca mejor dicho, de la pandemia. Ni por el aparente retraimiento de otros que parecían evolucionar favorablemente pero que apenas se atreven a asomar la nariz a la “nueva normalidad”. El desconcierto mayor se debe a que se puedan tomar decisiones tan delicadas y tan complejas atendiendo a criterios distintos. Más escandaloso aún, criterios a la carta, los que cada uno haya elegido para justificar su petición

Habrá quién diga que para eso se produjo la descentralización del Estado, para que las administraciones más cercanas, conocedoras de las peculiaridades del territorio pudieran aplicar medidas más atinadas y certeras, que se adapten como un guante a cada situación. Pero en este caso tenemos un pequeño problema. Pequeñísimo, tan minúsculo que se trata de un virus. Y a ver quién le explica a un virus que viene de China, que parece sentirse cómodo desde EEUU hasta Angola, de Italia a Chile, que en España tenemos 17 identidades distintas. Y que en cada una de ellas se tiene que adaptar a su hecho diferencial.

No tengo criterio para saber si Asturias puede directamente pasar la fase 2 saltándose una casilla, ni si el País Valenciano está tan bien avenido y es tan uniforme que no necesita hacer ninguna diferencia entre sus territorios. Tampoco me atrevo a cuestionar que Madrid no esté preparado para avanzar alegremente al siguiente escalón y ni siquiera sabría decir si Castilla y León somos la comunidad de España en la que peor estamos, como parece indicar el hecho de que somos las más restrictiva con mucha diferencia. Pero lo que parece evidente es que todo a la vez, no puede ser. Y aunque así sea, no importa en absoluto que yo no tenga criterio, porque es irrelevante la opinión de una ciudadana de a pie. Lo que es preocupante es que parecen no tener criterio quiénes van a tomar las decisiones definitivas. No hay ninguna claridad ni concreción en las directrices expuestas por el Ministerio de Sanidad por las que debe medirse la idoneidad de una zona para pasar de fase. Lo que ha hecho el gobierno es pedir a las Comunidades Autónomas que justifiquen su petición, de forma que cada una de ellas se ha convertido en juez y parte de su propio caso. Y, como en la vida, los hay más laxos y más rigurosos. El minúsculo problema es que el virus no entiende de fronteras. Y una línea divisoria invisible entre Madrid y Segovia, entre Burgos y Cantabria o Soria y La Rioja no cambia el comportamiento dle enemigo.

Es verdad que la decisión última la tomará el ministro de Sanidad en función del análisis de los expertos que van a supervisar las propuestas y emitirán su informe el sábado como muy tarde. Expertos sin nombres, sin rostros, sin currículos ni filiación conocida, porque se ha preservado su identidad, dice el Gobierno, para evitar presiones. Peligrosísimo. Porque, de paso, se evita también el control de su independencia, de su solvencia o del sesgo que puedan tener. Terreno abonado para la sospecha.

El desconcierto y las dudas no favorecen en absoluto la que debería ser una de las mayores herramientas para encarar esta nueva etapa: la confianza. Renunciar a ella es un lujo que no nos podemos permitir. Porque la falta de confianza es el mejor escenario para que la población deje de ser cómplice con sus autoridades, y lo que es más grave, deje de ser responsable con sus convecinos y abandone su compromiso cívico. Y lo estamos viendo, pero la derivada es lógica: si todo criterio vale, si cada uno puede regirse por la medida que elija voluntariamente, si nuestros dirigentes y más aún los expertos en los que dicen basarse, discrepan y sostienen cada cual su posición, entonces yo también podré aplicar mi propia norma. Ancha es Castilla.

De momento yo, personalmente, voy a atenerme a la prudencia. Me seguiré lavando las manos, continuaré manteniendo la distancia de seguridad (con la mascarilla y los guantes, sinceramente, no sé lo que haré ante tanta diversidad de opiniones “expertas”), me atendré a las franjas horarias y me quedaré en casa. Entre otras cosas porque es lo que está en mi mano. Mi grano de arena. Y no debo escudarme en el comportamiento de otros para eludir mi propia responsabilidad.

 

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