Domingo, 29 de Noviembre de 2020

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'Una vez limpios como una patena, pasamos al corte de pelo', por Pepe Belmonte

Escucha el 'micromentario' del catedrático de Literatura de la Universidad de Murcia

Pepe Belmonte durante su primer corte de pelo en plena desescalada

Pepe Belmonte durante su primer corte de pelo en plena desescalada / Cadena SER

INSTRUCCIONES PARA IR A LA PELUQUERÍA

Resulta obvio que mi peluquero, Paco, que es natural de Puente Tocinos y que tiene su negocio a dos pasos de la Catedral, no tiene ni un pelo de tonto.

El lunes pasado, levantó nuevamente la persiana e inició la vuelta al trabajo no de cualquier manera, sino extremando las medidas de seguridad.

El protocolo no tenía nada de sencillo, y de haberlo sabido un servidor, se hubiera instruido previamente cursando un Máster, de los que se consiguen en un fin de semana.

De entrada, al llegar al recinto, un par de sillas, una apilada sobre la otra, impiden el paso. Allí, Paco, con su mascarilla, diligente como siempre, sin cortarse un pelo, transmitiendo la tranquilidad necesaria al desorientado cliente, que vuelve al redil dos meses después con aspecto de hombre lobo, procede a la lectura del pliego de condiciones, como si tuviera ante sí el Código de Hammurabi o las Tablas de la Ley.

En primer lugar, desinfección general, comenzando por las suelas de los zapatos, las manos, sobre las que deposita un gel, y me pide que guarde la mochila en una bolsa de basura, de un único uso, habilitada para el caso.

Realizado el primer trámite, de inmediato, lavado de cabello, invirtiendo los términos habituales. Una vez limpios como una patena, pasamos al acto mismo del corte de pelo.

Pero, antes, se aleja unos metros, y, desde la distancia, nos advierte que nada de palique mientras se trabaja. Silencio absoluto, cosa que llama la atención en un lugar en donde, por regla general, aprovechamos la ocasión para que, al mismo tiempo, el barbero nos sirva de psicólogo o, al menos, de confesor, escuche nuestras cuitas y volvamos a casa con la terapia bien hecha, libres de pecado.

El instrumental es desinfectado con esmero, ante el propio cliente, para que no haya trampa ni cartón, y se inicia el trabajo, tras ponernos un amplio babero de plástico, también de uso único.

El silencio nos permite, por primera vez, que se oiga, con absoluta nitidez, el chasquido metálico de las tijeras, amortiguado, en tiempos pasados, por el ruido ambiente y la distendida conversación.

Quince minutos después, con la punta de los dedos, Paco nos retira el babero, parecido al que se ponen los catalanes cuando comen calçots, y saltamos del potro de tortura que nos ha tenido presos y acogotados durante unos minutos, procediéndose al pago.

De haber vivido esta situación el inolvidable Julio Cortázar, es seguro que la hubiera escrito e incorporado, con su habitual maestría, a su libro Historias de cronopios y de famas, donde se recogen sus “Instrucciones para darle cuerda a un reloj”, “Instrucciones para subir una escalera” o “Instrucciones para llorar”, texto que concluye del curioso modo que sigue:

“Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia dentro. Los niños llorarán con la manga de la chaqueta contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos”. Poco menos que este artículo.

Pepe Belmonte

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