Lunes, 19 de Abril de 2021

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Se cumplen 40 años de la primera ascensión vasca al Everest

Martín Zabaleta y el sherpa Pasang Temba hicieron cima a las 15:35 de la tarde, circunstancia que les obligó luego a vivaquear a 8.700 mts.

Zabaleta con su madre, recientemente fallecida.

Zabaleta con su madre, recientemente fallecida. / Fundación EMMOA.

A las 15:35 h. del 14 de mayo de 1980, Martín Zabaleta (guipuzcoano de Hernani) y el sherpa Pasang Temba alcanzaban la cumbre del Everest (8.848 mts). Era la primera expedición vasca que llegaba al techo del mundo. Detrás quedaban las intentonas de Felipe Uriarte y Ángel Rosen (que llegaron a 8.550 mts. en 1974) y, en el mismo año 80, la del navarro Xabier Garaioa que rondó el pico Sur, a 8.750 mts. en un par de ocasiones: el primer día de ataque a cima desde el Collado Sur y, una jornada más tarde, desde el campo 5.

Doce montañeros vascos realizaron la primera subida de la historia con ayuda del oxígeno artificial pero en las condiciones de hace 40 años. Algunos alpinistas necesitaron cuatro meses entre el viaje de ida con los portes, la expedición en sí y el regreso a casa con todo el material. En 1980 se cargaron 13 toneladas, la mayoría comida, con desplazamientos que suponían auténticas aventuras. Hablando sólo de la ruta Sur-Sudoeste, el tramo de la Cascada de Hielo del Khumbu llevaba entre dos y tres semanas. Ahora hay sherpas que se encargan de tenerla abierta continuamente y se paga un peaje a los doctores del hielo.

No se puede entender este proyecto sin hablar de Juan Celaya, el empresario que impulsó todo y que se convirtió en el mecenas. En la primera intentona de 1974 (la Tximist) invirtió 10 millones de las antiguas pesetas. Rosen y Uriarte tuvieron que darse la vuelta a 8.550 mts y, nada más bajar a Katmandú, los expedicionarios gestionaron un nuevo permiso que, posteriormente, sería intercambiado con un grupo ruso que no tenía interés en intentar esa montaña en el mismo año de los Juegos Olímpicos de Moscú para no quitarles protagonismo, haciéndoles sombra. El proyecto volvía a cobrar fuerza. Algunos de ellos repetirían seis años después.

El grupo del 80 estuvo formado por Juan Ignacio Lorente, Ángel Rosen, Luis Mari Sáenz de Olazagoitia, Felipe Uriarte, Juan Ramón Arrue, José Urbieta, Kike de Pablos, Emilio Hernando, Ricardo Gallardo, Xabier Garaioa, Xabier Erro y Martín Zabaleta. Las instituciones vascas se implicaron y también hubo una inyección económica con las aportaciones de la Caja Municipal de Bilbao. En total, un presupuesto de 16 millones de pesetas.

Fue Zabaleta quien lanzó el ataque definitivo a la cumbre junto al sherpa Pasang Temba. Garaioa había pegado al larguero en dos ocasiones pero el fuerte viento le había frenado. En el tercer intento, Zabaleta y Temba llegaron al punto más alto. Era una hora bastante tardía para alcanzar la cima y, además, tuvieron que bajar a duras penas porque el nepalí se mostraba muy agotado a pesar de la ayuda del oxígeno artificial.

Si hasta la cumbre, el alpinista guipuzcoano había tenido que tirar de él, al descender ocurrió lo contrario: se vio obligado a sujetarlo para que no se despeñara. A pesar de ello, tuvo dos caídas que pusieron en peligro el retorno al último campamento de altura. Ya de noche, Zabaleta decidió vivaquear en una grieta cercana al Pico Sur con unos 35 grados bajo cero. Los dos salieron indemnes de esa experiencia y llegaron días después al Campo Base cerrando el círculo de esta gesta, enorme para la época. "Las fuerzas están en la cabeza". Era la frase que retumbaba en la cabeza de Martín despues de escucharlas en boca de Xabier Garaioa. Le sirvieron para escaparse del infierno.

Hasta hacía muy poco se pensaba que era imposible esta ascensión sin la ayuda del oxígeno artificial (la primera mundial fue de Messner y Habeler en 1978) o que las mujeres no podían subir a esta montaña por su morfología (en 1975 la japonesa Junko Tabei demostró que eso era una falacia). En esa época sólo se concedían dos permisos por año y había que trabajar en la montaña de principio a fin. La buena sintonía con los sherpas demostraba también la talla ética de aquellos expedicionarios vascos. No eran sirvientes, eran compañeros.

El regreso al aeropuerto de Sondika fue apoteósica y todo el pueblo vasco sintió la ascensión como algo propio. Martín Zabaleta se marchó a vivir a Estados Unidos, a Bozeman (Montana), y se mantuvo con su trabajo como carpintero y también ejerciendo de guía de montaña. Acompañaba a alpinistas en las Montañas Rocosas o en Alaska y organizaba expediciones a los Andes con clientes estadounidenses. Durante algunas temporadas también traía grupos de norteamericanos a los Pirineos.

Hace unos pocos años ascendió al Aconcagua (techo de América del Sur con 6.962 mts) por la vertiente Sur (perdió los dedos de los pies) y el pasado, ya con 70 de edad, alcanzó la cima del Fitz Roy, aguja patagónica argentina con mucho compromiso técnico. Además del Everest, Zabaleta tiene dos ochomiles más en su cuenta particular: el Kangchenjunga (8.586 mts) y el Cho Oyu (8.201 mts). Asimismo, expediciones meritorias al Ama Dablam, Denali, Alpamayo, Eiger, Dru e intentonas al K-2, Annapurna, Lhotse o Makalu.

El montañero guipuzcoano perdió a su madre el pasado mes de diciembre. Tenía 95 años y, meses antes, ella había realizado una donación a la Fundación EMMOA, entidad que desea crear un museo del alpinismo vasco y que recoge material histórico donado por los alpinistas. Txomin Uriarte es su presidente y Antxon Iturriza su secretario general. Están implicados en un proyecto que merece el esfuerzo de las instituciones y de todos los montañeros vascos.

La mujer entregó a esta iniciativa la chaqueta amarilla de cima de su hijo Martín y un rosario muy especial. Cuando Zabaleta estuvo en la cumbre del Everest, depositó una ikurriña en la parte más alta de la montaña y se llevó un tesoro que habían dejado previamente los polacos (invernal de Tichy y Wielicki) que le habían precedido en el transcurso de una expedición invernal: un rosario bendecido por el Papa Karol Wojtyla. Como parece lógico por devoción cristiana, éste acabó en las manos de Mónica Larburu, su madre. Hoy también merece la pena acordarse de ella. Esta reliquia está en las mejores manos posibles. Goian bego.

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