Viernes, 05 de Junio de 2020

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Julio Anguita, in memoriam

Conocí a Julio Anguita hace treinta años, cuando él era Secretario General del PCE, diputado en Cortes y un peso pesado de la política nacional.

Nos presentó Jaime Loring, al que Julio tenía en gran aprecio y con el que compartió algunas causas políticas en los setenta y ochenta, y, como Loring me presentara como un “economista muy prometedor”, lo primero que Anguita me preguntó es si había leído a Marx.

Se sorprendió de que hubiera leído El Capital (en la edición de Akal) y otras de sus obras, así como a otros teóricos de la economía marxista (Lerner, Mandel) a los que cité. Y, con esa voz pausada que tenía, me preguntó con una cierta sorna: ¿Y los has comprendido? Le respondí que creía que sí, pero que eso no significaba que tuvieran razón, ni que hicieran buena economía.

Yo a mi vez, siguiendo el método dialéctico que tanto le gustaba, le pregunté por sus lecturas de economistas liberales. Y he de confesar que también me sorprendió su conocimiento de Mill, coetáneo de Marx, que hubiera leído a Schumpeter con detalle y a Keynes y a otros sin demasiada atención, pero con buen conocimiento.

A partir de aquel encuentro tuvimos algunos diálogos, recuerdo seis o siete, sobre nuestras lecturas de filosofía, de religión, de política, de historia. Y, dentro de nuestra discrepancia, encontramos autores comunes que comentamos.

Julio Anguita fue un político culto, con sólidos conocimientos de lo que hablaba. Algo impensable en estos tiempos de políticos de tuits y televisión.

Hace quince años, allá por 2004, cuando la campaña de la Constitución Europea, volvimos a coincidir en tres mesas redondas en las que discrepamos en público, pues él hizo campaña en contra y yo a favor, y sobre las que me escribió una carta de la que extraigo dos frases: “me has hecho pensar”, y, “creo que estás equivocado”.

Y esa última también lo retrata, porque Julio Anguita fue un político de firmes convicciones, que no vendió, ni traicionó. Fue, como diría Jaime Loring, un comunista como “Dios manda”.

Pero más que el político culto y de firmes convicciones, yo quiero recordad y celebrar al hombre que se traslucía en esos diálogos y debates. Y eso es lo que admiré de él: al hombre sensible con el sufrimiento de los otros; al hombre que buscó la justicia; al hombre al que lo movió un sistema ético; al hombre coherente que fue. Y, eso, también, en estos tiempos se echa de menos.

Desde las antípodas ideológicas quiero rendir homenaje a Julio Anguita, no por haber sido alcalde o representante nuestro, sino por haber sido el hombre público que fue, pero sobre todo, por haber sido el hombre coherente y ejemplar que sigue siendo.

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