Jueves, 04 de Junio de 2020

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EL ENFOQUE

Sobre la esquizofrenia política de Pablo Iglesias

La opinión de Francisco Pomares

Resulta que hay dos Pablos Iglesias. Y no me refiero al tipógrafo fundador del PSOE en 1879 y a este de ahora. Me refiero sólo a las dos personalidades del Iglesias actual, que son –además- una constante en su vida: si uno revisa los miles de archivos gráficos que ha ido dejando por ahí, Iglesias ha dicho una cosa y la contraria de casi todo lo que ha hablado, desde su desprecio por Julio Anguita, hasta sus sentimientos antimonárquicos, pasando por su admiración por los escraches como ‘jarabe democrático’ (siempre, claro, que no se los apliquen a él mismo). Si Pablo Iglesias fuera un personaje de derechas, sería probablemente el lerenda más parodiado y ridiculizado por los humoristas españoles, pero ya se sabe que en este país tomarse a guasa a un tipo de izquierdas es convertirse automáticamente en un facha. Reírse de las posturitas místicas de la Ayuso en plan Virgen del Rocío es sin embargo una cabal demostración de sentido del humor.

A pesar de eso, a mí, que quieren que les diga, cuando Iglesias no me produce el mismo miedo que antes le producía al presidente Sánchez (antes de necesitar sus votos), me provoca la risa: es un tipo bastante cómico, con su coleta, su camiseta y su canesú, su espíritu de revolucionario con tendencia al disfrute de los privilegios burgueses y su extraordinaria capacidad para el enredo. Si en este país no tuviéramos tanta afición a colgar de un pino al adversario después de sacarle las tripas, Iglesias sería aplaudido como nuestro Colouche o nuestro Beppe Grillo nacional: un cómico más o menos malencarado, una suerte de Eugenio con menos gracia que Eugenio, y puede que más mala leche.

Ayer se cabreó tanto Iglesias con lo de Bildu y la reforma laboral, el ‘coitus interruptus’ que Sánchez se montó a cambio de cinco votos no necesariamente imprescindibles, que no sólo remedó al presidente con sus latinajos, sino que reclamó el indulto para los presos del ‘prusés’. Eso hizo el tío después de la pataleta. Política masculina, lo llama él.

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